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Un dolorosísimo episodio, como el deceso de Miguel Rodríguez, herido de gravedad con una bengala durante un recital de La Renga, generó el efecto cascada. A muchos les sorprende la falta de sensibilidad del grupo de hinchas de Vélez que, casi al unísono con una pérdida humana, se pavoneaba en la tribuna encendiendo elementos similares el lunes pasado, mientras celebraba el éxito ante Banfield. Particularmente, no me sorprendió la actitud, lo que no quiere decir que la avale. La sensibilidad hace rato que se perdió en muchos sectores de la sociedad. Y sin salir del ámbito de Liniers, cabe recordar que desde otro sector –la platea que está sobre los bancos de suplentes–, mucho más pudiente, no hace mucho se entretenían gritándole "asesino" a Buonanotte. Si quisiéramos ir más lejos aún, recuerdo cuando, en 1981, seguidores de Vélez recibieron a los de San Lorenzo con mofas por la desaparición de Hugo Tomate Pena, víctima de una descarga eléctrica. Todo vergonzoso.
A quienes hoy se muestran contrariados ante las sanciones habría que mostrarles las imágenes y los archivos de, por ejemplo, aquel Boca-Racing de agosto de 1983, cuando Roberto Basile, que disfrutaba de un clásico luego de un día de trabajo, murió por el impacto de una bengala. O las del fotógrafo chileno Manuel Gutiérrez, que perdió un ojo en la cobertura de Argentinos-River del Apertura 1997, precisamente en Vélez. ¿Qué pasó? Se le incrustaron esquirlas de una bomba de estruendo, arrojada desde la tribuna.
Bengalas, bombas de estruendo –ni hablemos de armas de fuego, blancas, estiletes– son una constante en los estadios. ¿O acaso alguien puede sorprenderse de que el Mago David Ramírez convirtiera el segundo gol de Vélez bajo una intensa humareda, y no precisamente de chorizos a la pomarola? Pasa en la mayoría de las canchas. Están las bengalas. O las entran. Nadie puede mirar al costado. Si no hubo más consecuencias no fue porque debamos tildar de expertos a quienes manipulan estos elementos capaces de arrebatar una vida. Simplemente ha sido cuestión del destino.
Ir a la cancha, a pesar de ser un escenario abierto, también implica un riesgo enorme mientras haya insensatos que no piensan en nadie. Toda medida que recorte los índices de riesgo nunca estará de más, moleste quien se moleste. Sí es absurdo que se especule con despojar de puntos a un equipo que juega, que lo hace muy bien, y es motivo de orgullo y de admiración generales.
Vélez es sólo una pata de la historia, que involucra la necesidad imperiosa de combatir el circuito de responsabilidades y complicidades. Pero no es el único. El cerco tiene que cerrarse sobre todos y con sanciones lógicas. Y también, con el compromiso de quienes deben dejar de ser testigos pasivos de una supuesta gracia que está lejos de serlo.
Que a nadie se le ocurra la estupidez de imaginar o suponer que las bengalas forman parte del folklore. El folklore es otra cosa.
ccervino@lanacion.com.ar



