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MONZA, Italia.- Ver llorar a un hombre no es fácil. Y menos cuando el individuo en cuestión se destaca por su parquedad, por su frialdad. Por los escasos gestos en una cara que pocas veces dice algo por sí sola. En un rostro en el que pocos músculos se contraen cuando el logro o la desazón son profundos.
Mika Hakkinen, el campeón mundial que sólo levanta una mano y apenas ensaya una mueca cuando sube al podio, provocó la gran sorpresa. No sólo por un despiste que pareciera ser muy burdo desde fuera del McLaren, sino por su sanguínea reacción después de abandonar en el Gran Premio de Italia, cuando manejaba la competencia a placer.
Hakkinen lloró. El hombre, tan frío como el hielo de su Finlandia, expresó su bronca, tan genuina como entendible... El McLaren se cruzó en la primera chicana y quedó estacionado al borde de la pista. El campeón mundial arrojó el volante, se bajó violentamente, se sacó un auxiliar de encima, arrojó los guantes con fastidio y corrió sin conocer el rumbo. Cuando su mente repasó la posibilidad que desperdició de alejarse diez puntos más en el campeonato, se sentó, derrotado, y se largó a llorar como un chico. Sin consuelo...
Más de 110.000 personas gritaron de alegría. Festejaron la desgracia ajena. El infortunio de un hombre que sufría como nunca. El contraste del llanto y de la risa. La hiriente reacción del público que socarronamente le refregaba en la cara el error en su trabajo. La dolorosa exposición a la que el hombre (no el deportista) debe someterse permanentemente.
Italia toda empuja a la Ferrari. Siempre. Si hasta en las tribunas hay banderas de Finlandia, las de Brasil están presente, Irlanda suma las suyas y las insignias francesas se agitan con Alesi y el equipo Prost. Pero las banderas italianas no se juntan. Casi no aparecen. Los emblemas rojos con el cavallino rampante negro sobre el escudo amarillo bastan por sí solos para alentar. E identificarse con una pasión única. Sorprendente. Arrolladora.
En realidad, no había mucho para festejar. Las máquinas rojas estaban lejos del ritmo de punta que impuso Hakkinen y luego Heinz-Harald Frentzen, el vencedor con el Jordan. Pero el único punto que sumaba Eddie Irvine le servía para alcanzar al finlandés en la cima del certamen. Y el tercer lugar de Mika Salo, la satisfacción de tener un motivo para sumarse sobre el asfalto de la recta principal para festejar. Aunque sea el último escalón del podio.
Ver llorar a un hombre no es fácil. Aunque si las lágrimas denotan alegría, la emoción contagia. Otra vez un finlandés fue el protagonista de una vivencia única, pero en lugar de sufrimiento, el corazón se agitó de satisfacción. Después de una carrera prolija, Salo, el reemplazante del lesionado Michael Schumacher, alcanzó el tercer puesto con la Ferrari.
Italia lo celebró. "Mika, Mika", cantaba la multitud, que burló el alambrado para sumarse en el festejo delante del podio, llenando la inmensa recta principal del templo automovilístico italiano.
Los dos pilotos de Fórmula 1 se mostraron, como siempre, para todo el mundo. La novedad, esta vez, fue que los hombres que se visten de buzo antiflama y casco también dejaron traslucir sus emociones. Distintas, opuestas. Pero vivencias profundas. La respuesta inmediata de la multitud es festiva o hiriente. Cómplice o malvada. Son las reglas del juego, dicen...



