Diego Maradona. Las lágrimas no se manchan

El dolor de los admiradores de Diego Maradona, en la zona del Obelisco
El dolor de los admiradores de Diego Maradona, en la zona del Obelisco Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo
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25 de noviembre de 2020  • 19:09

Desde hace por lo menos 30 años, todo lo que concernía a Maradona me causaba rechazo, indignación, bronca; en el mejor de los casos, tristeza. El desorden de su vida personal y familiar, sus actitudes de caprichoso y pendenciero, su glorificación del régimen cubano y su amistad con Fidel, las barbaridades que decía sobre el Papa de turno, su adhesión al kirchnerismo. Toda la "cultura maradoniana", ese reino de los excesos, me caía indefectiblemente mal; él y sus circunstancias, él y sus desbordes, él y ese planeta de bribones y vivillos que lo acompañaban. Con el tiempo me fui dando cuenta de que el problema era yo, no Maradona.

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Creo que lo aprendí de mi compañero de tantos años en el diario, Daniel Arcucci, biógrafo y amigo de Diego, el periodista que más lo conocía, que más lo trató, que más convivió con él, y seguramente el que más lo quería y aceptaba. Dani no me hizo quererlo, sino entenderlo. Recuerdo algo que dijo cierto jueves, comiendo con el grupo de secretarios de Redacción después de un cierre: "No se pueden imaginar lo difícil que es ser Maradona".

Esa es la clave. La primera clave. A Diego todo le llegó muy temprano, cuando tenía 16 años, y en una catarata infernal que ya no se detendría jamás: habilidades superlativas, fama, su pase de Argentinos Juniors a Boca, el seleccionado, éxitos, contratos supermillonarios, la gloria de títulos mundiales, el mejor gol de la historia, la fractura en Barcelona, su epopeya en Napoli, la paternidad, un casamiento convertido en acontecimiento universal, legiones de mujeres rendidas a sus pies, la droga, el alcohol, vínculos con la camorra napolitana, sus atormentados días de DT, sus muertes y sus resurrecciones.

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Esa corona de laureles y de espinas cayó sobre la cabeza de un chico surgido de Villa Fiorito, que un día chapaleaba en el barro y al día siguiente se le abrían las puertas del mundo, para no cerrarse nunca más. Ante Diego se inclinaban presidentes, reyes, magnates, celebridades. A Diego lo querían recibir en la Casa Blanca, en el Parlamento británico, en Palacio Imperial de Tokio, en el Kremlin. Diego no era un ídolo, un líder, un superdotado, el mejor de todos los tiempos: era tratado con la veneración que se les tributa a las deidades; hasta le rinden culto los feligreses de la "Iglesia Maradoniana". "La muerte de un Dios", tituló hoy el diario deportivo francés L'Equipe.

A Diego le regalaron uno de los autos más exclusivos de Ferrari, le prestaban barcos y aviones, lo albergaban en palacios, lo sentaban a su mesa jeques y sultanes, Fidel le dedicaba horas. Para poder verlo aunque sea unos segundos, la gente estaba dispuesta a dormir horas a la intemperie, a viajar miles de kilómetros, a contratar un helicóptero. A Diego lo homenajearon en monumentos, calles, cuadros, murales, canciones, exposiciones, documentales, películas. Esa consideración no fue cosa de sus tiempos de futbolista activo: lo acompañó hasta el final. ¿Es posible asimilar todo eso? ¿Era fácil ser Maradona? Vista su vida en perspectiva y sin apasionamientos, ¿podría haber tenido otro derrotero?

La segunda clave la dio ayer el presidente Alberto Fernández, prácticamente con las mismas palabras que leí en un WhatsApp de otra colega del diario, Alicia de Arteaga, y en muchas declaraciones: "Diego nos hizo felices"; claro que sí, la memoria puede ser selectiva y hoy elegimos volver a emocionarnos con su magia infinita, sus goles a los ingleses, su entrega sin medidas a nuestro seleccionado ya desde el juvenil que salió campeón mundial en Japón, su aporte decisivo para la obtención de la Copa del Mundo en México; nos hace felices haber comprobado que aun de un rincón pobre y postergado de nuestra Argentina puede salir un prócer de la pelota, uno de los mayores deportistas de todos los tiempos. Suele decirse de muchos políticos que "no resisten un archivo"; a Diego, en cambio, hay que buscarlo en los archivos de sus partidos: ahí es cuestión de admirarlo y rendirse, de aplaudir y gozar.

La tercera clave se tiene corriendo el velo de voluptuosidad irreverente que lo acompañó siempre. Detrás de esa pátina nos aparece un Diego inteligente, ingenioso, creativo, capaz de pergeñar frases de tremenda sonoridad y fuerza retórica: "La pelota no se mancha", "Me cortaron las piernas", "Yo crecí en un barrio privado de Buenos Aires: privado de luz, de agua, de teléfono". Aparece un Diego que incluso podía ser estético, con un rostro de expresividad artística.

Tres décadas oponiéndome a Maradona, con motivos que creía muy fundados, hasta que comprobé, acaso tarde, que la mirada debía ampliarse y ser más comprensiva.

Hoy, lo confieso, su muerte me conmovió hasta las lágrimas. Y las lágrimas tampoco se manchan.

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