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Los diarios tienen sus códigos. Uno, que nos atormenta: el espacio
.Y antes de que me lo reprochen, me anticipo:
el lector no tiene que sufrirlo
. Hable del espacio, por lo tanto, ahorraré palabras: hace unas horas, exactamente
el 12 de diciembre se cumplieron treinta años de la consagración como campeón mundial de los semimedianos juniors de Nicolino Locche,
en Tokio, frente a Paul Fuji. A aquellos que nos gusta el boxeo, recordamos la pelea de memoria:
Fuji, atormentado durante nueve asaltos, se sentó en el banquillo y no salió en el décimo;
y su rostro, una máscara, era el reflejo de sus padecimientos; por los golpes y porque cuando iba para adelante, Locche iba para el costado; porque cuando insinuaba un golpe y, además lo tiraba, lo erraba. No les voy a contar toda la pelea. Creo que no hace falta.
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Hace unos años -no treinta, naturalmente-,
me crucé con Paul Fuji en Tokio. Respetuoso como buen oriental, pronunció dos palabras en español: Nicolino Locche
. Para él, El Intocable representa -más allá del dolor deportivo por la derrota-, la sublimación del arte de los puños en un hombre. Y como Fuji, el boxeo japonés lo recuerda a Locche.
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Hablé de Japón. No debo olvidarme de nuestro país. Algunos lo vivieron; a otros les recuerdo:
cada vez que Locche peleaba en el Luna Park, el legendario escenario porteño, no cabía un alfiler
. No importaba el adversario; Locche -que hoy tiene 59 años y vive en Mendoza- era la estrella. ¡Y vaya paradoja! No era un noqueador. Acaso valga su apodo: El Intocable, que lo sintetiza todo.
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Dije que el espacio nos atormenta en los diarios. Seré breve: antes de la pelea con Fuji,
Juan Carlos Tito Lectoure se acercó a la camilla y encontró a Locche, que supuestamente descansaba. Y de qué manera: estaba dormido.
Un rato después, Locche divirtió a todos y se trajo la corona mundial. Me gustaría seguir. Por lo tanto asumo un compromiso: la mejor utilización del espacio. Aunque sea poco.


