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New England Patriots, el equipo amado por Donald Trump y candidato a ganar este domingo el Superbowl, era en 1960 los Boston Patriots. Se llamó así en honor a “los patriotas” de Boston que en 1773 lideraron el “Motín del Té”, 45 toneladas de té arrojadas en el puerto de Boston, precedente de la guerra de Independencia. Los Boston Patriots cambiaron en 1971 al nombre más regional de New England Patriots, por Nueva Inglaterra, donde se alojaron los primeros colonos británicos. El primer cambio de nombre había sido Bay State Patriots, por el apelativo oficial del estado de Massachusetts. Pero duró semanas. Los nuevos ejecutivos temían que las iniciales de B.S fueran usadas por hinchas rivales como “bull shit”. La burla amenazaba con ensuciar la gesta de “los patriotas de 1773”, ésa que hoy también inspira el nombre del ultraconservador Tea Party. Si no hubiesen cambiado a tiempo, el equipo de Trump correría riesgo de ser llamado hoy “Los Patriotas de Mierda”.
Bill Belichick, entrenador mítico que ganó cuatro Superbowls con los New England Patriots, fue uno de los pocos nombres poderosos de la National Football League (NFL) que apoyó públicamente la campaña de Trump. Robert Kraft, patrón de los Patriots, 75 años, rico número 102 de Forbes, con 5.200 millones de dólares, fue a la asunción de Trump. En 2005, en una visita al Kremlin, Vladimir Putin le sacó su anillo de Superbowl de 25.000 dólares y nunca más se lo dio. Kraft, un demócrata de Massachusetts, contó también que se hizo amigo íntimo de Trump porque el hoy presidente lo llamó durante un año todas las semanas para saber cómo estaba tras la muerte de su esposa. Hoy es uno de los patrones más poderosos de la NFL, una industria deportiva récord de 13.000 millones de dólares, más dinero que las Ligas de fútbol de Inglaterra, Alemania, España, Italia y Francia juntas.
En la gala de la noche previa a su asunción, Trump contó a Kraft que había recibido una llamada de felicitación del quarterback estrella Tom Brady, el tercer responsable de que los Patriots jueguen el domingo en Houston su séptimo Superbowl en quince años. Brady, una marca en sí mismo, siempre cuidadoso de su imagen, permitió en plena campaña que se viera en su vestuario de los Patriots una gorra con el slogan de Trump (“Make America Great Again”). Lo conoció hace quince años cuando el magnate lo invitó como jurado de sus concursos de belleza. Luego jugaron al golf. Brady lo definió como “un hombre increíble”, que solía llamarlo antes de momentos importantes para darle “discursos motivacionales”. Brady y Belichik se niegan a responder ahora sobre Trump. Ya no hay campaña, sino protestas masivas. Y el domingo es la final contra Atlanta Falcons. Brady fue el único jugador de los Patriots campeones del último Superbowl que no fue a la tradicional visita a la Casa Blanca. Estaba Barack Obama. Sí lo había hecho en 2001, 2003 y 2004 cuando estaba George W. Bush. Seguramente volverá si gana el domingo.
Obama era presentado hace ocho años como un “outsider bueno del sistema”. Apenas asumido, le dieron el Premio Nobel de la Paz. Se retiró, sin embargo, como el presidente que más tiempo mantuvo a Estados Unidos en guerra. Y, pese a sus políticas de inclusión, dejó mayor cantidad de pobres y más víctimas de brutalidad policial. Trump, que hablará con la Fox en la tradicional entrevista de la previa del Superbowl, es presentado en cambio como un “outsider negativo”, según lo describió el sociólogo argentino Pablo Gentili en un artículo reciente en El País. Pero, por más odioso que pueda ser, sigue Gentili, Trump “no es una anomalía monstruosa”, sino, quizás, “quien mejor expresa el fracaso de una democracia que ha elegido sobrevivir construyendo muros”. No es la causa, sino la consecuencia. Representa, afirma Gentili, una “nueva era, no de un presidente norteamericano que se ha vuelto antisistema, sino la de un sistema que, finalmente, ha decidido tener un presidente a la altura de su mandato de exclusión, opresión, muerte y dolor”.
Su muro final para separar a México comenzará a construirse en pocos meses en una zona pobre de Tijuana. Es la ciudad fronteriza más visitada del mundo. “Welcome to Tijuana”, canta Manu Chao. “Sin el coyote no hay aduana”. No precisan “coyotes” para cruzar la frontera de modo clandestino los miles de estadounidenses que viajan desde hace semanas a Tijuana para alentar los Xolos, líder inesperado de la Liga Mexicana. Equipo que, dicen locales, da cierto sentido de unión e identidad a una ciudad que se siente de tránsito. Xolos atiende en inglés y en español a su afición de uno y otro lado de la frontera. Tiene jugadores y patrocinador (Bud Light no Corona) estadounidenses. “Gracias a que perdimos la mitad del territorio –escribió el mexicano Juan Villoro-, la frontera bajó hasta Tijuana”, donde el coyote es “una figura omnipresente. El problema –afirmó- es que se trata de una persona corrompida en bestia”. Y no hablaba de Trump. O sí.


