Maradona: la felicidad de estar mejor y en una cancha de fútbol

El ex capitán del seleccionado jugó 44 minutos en el homenaje a Lothar Matthaeus; después, se fue ovacionado.
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27 de mayo de 2000  

MUNICH.- Son casi las ocho y media de la noche, el reloj de la pantalla gigante del Estadio Olímpico marca que se han jugado ya casi 45 minutos del partido despedida en homenaje a Lothar Matthaeus, y Guillermo Cóppola se pasea nerviosamente por el borde de la cancha, sobre la pista de atletismo. Falta un minuto para que termine el primer tiempo, se ven señas desde el banco de suplentes del Bayern, suena un silbato, se detiene el match, y un Diego Armando Maradona con los ojos llenos de lágrimas, agotado, con el corazón en la boca y la camiseta número diez empapada de sudor, levanta los brazos. La imagen lo dice todo: sí, está agradeciendo a las más de 50.000 personas que lo ovacionan, pero sobre todo está festejando, quizá, la victoria más importante de toda su carrera: estar vivo.

La emoción invade el Estadio Olímpico de Munich, y un Maradona triunfante camina con pasos cortos pero decididos hacia el banquillo. Así como la gente, que es consciente de estar viendo irse de la cancha al ex mejor futbolista del mundo, que hace unos meses estuvo al borde de la muerte por su adicción a las drogas y que ha salido por primera vez de su "reclusión" y tratamiento en Cuba para participar en la despedida de su amigo alemán, Maradona también está muy emocionado.

Casi llorando, agradece a las tribunas que lo vitorean con una sonrisa y los brazos en alto y, en un gesto rápido, pero más que significativo, besa su mano, y enseguida toca el césped de la cancha, como despidiéndose de lo que más quiere en su vida.

Saluda al entrenador del Bayern, Otmmar Hitzfeld, y va corriendo hacia la pista de atletismo, donde está su hija menor, Gianinna, con quien se funde en un abrazo que estremece y conmueve al estadio. Maradona está abrazando a una de las personas que más fuerza le dieron para seguir luchando en favor de la vida.

Pese a las dudas sobre su estado de salud, a las especulaciones sobre si jugaría ninguno, uno, diez o veinte minutos después de cuatro meses de duros tratamientos de desintoxicación en Cuba, un Maradona feliz es el que deja la cancha: ha demostrado al mundo que, bien o mal, aún puede jugar. Ha demostrado al mundo que, bien o mal, él puede salir de ese oscuro túnel.

La fiesta, un baño de multitud que desde hace tiempo no gozaba, comienza pasadas las siete y media de la tarde (dos y media de la tarde en la Argentina) cuando Maradona ingresa en la cancha del Estadio Olímpico de Munich, el de los Juegos Olímpicos de 1972. La recaudación del encuentro en homenaje a Matthaeus y otros ingresos por derechos televisivos serán destinados totalmente a fines benéficos, entre ellos a un programa llamado "No a las drogas".

El público está compuesto por fanáticos del Bayern, parejas, familias enteras con chicos que no hacen otra cosa que alentar a Lothar, y muchos argentinos que visten la camiseta albiceleste, agitan banderas argentinas y ostentan un cartel que dice: "Diego, vinimos por vos". Entre ellos hay decenas de admiradores de varias nacionalidades, que hacen de todo por un autógrafo, una foto o aunque sea una sonrisa, como por ejemplo Mohamed Lalam, un argelino que pide por favor a La Nación que le haga contactos con los fanáticos de Diego en la Argentina "para intercambiar revistas y fotografías".

Diego Armando Maradona, con la tradicional número 10, pero del Bayern, ingresa en la cancha y una primera ovación hace retumbar el estadio. Los parlantes suenan a todo volumen la canción "Volare, oh, oh", y enseguida estallan los aplausos. Finalmente, Maradona empieza a hacer sus famosos jueguitos y demuestra que su habilidad es la de siempre. Maradona parece tan feliz como un chico con su mejor juguete.

Empieza el partido y, aunque aún se lo ve con kilos de más, corre lentamente, intenta meterse en el juego y, cada vez que hace un pase o un taquito, la hinchada lo alienta con aplausos y gritos.

Al costado de la cancha, sobre la pista de atletismo, Guillermo Cóppola sigue con atención cada paso que da su amigo, mientras tiene de la mano a Gianinna, que viajó desde Buenos Aires para estar con su padre en este momento tan importante.

Gianinna y Diego no se despegaron desde que se reencontraron, anteayer, después de más de un mes sin verse. Ambos con los horarios cambiados, según Cóppola, anteanoche se quedaron comiendo y charlando hasta las seis de la mañana. No extrañó entonces que, pasadas las dos de la tarde, siguieran durmiendo. "Hace un ratito entré en el cuarto y estaban dormidos como si fueran una pareja, abrazados, algo muy saludable", cuenta Cóppola, que es el único que da señales de vida en el lobby del hotel Sheraton, donde se hospeda todo el grupo.

Corren rumores de que Maradona saldrá para ver a un médico del Bayern, amigo de Matthaeus, pero nada de eso ocurre. En el lobby aparece su cuñado, Gabriel Espósito, que aprovecha la tarde para salir a comprar ropa junto con otros miembros del séquito. Ahora, de la suite de Maradona, la 1232 y 1234 del lujoso hotel, no sale nadie. Quizás el médico fue a verlo de incógnito a su habitación, donde reinan el misterio y el silencio.

Pasadas las seis bajaDon Diego, el papá de Maradona, que trata de ocultar su emoción por la vuelta a la cancha de su hijo. Y sobre el partido sólo se limita a decir "vamos a ver", mientras conversa con su consuegro, Coco Villafañe.

Hay nerviosismo, algunos comienzan a temer que Diego llegue tarde al partido, que debe comenzar a las siete y media, o que ya se haya ido hacia el estadio pasando por otro lado, para sortear las cámaras.

A las siete menos cuarto, finalmente, aparece Diego en el hall, de la mano de Gianinna, como siempre. De traje gris claro y remera negra, se lo ve serio, muy tenso y concentrado. Una nube de periodistas lo rodea, pero él no quiere saber nada y, rápidamente, enfila hacia el auto que espera para llevarlo al estadio.

Nadie sabe qué está pasando por su cabeza, pero seguramente su corazón late muy fuerte: está por volver a pisar una cancha después de meses de inactividad. Está por volver a pisar una cancha después de haber estado al borde de la muerte.

Por esto es que el de ayer es quizá uno de los partidos más importantes de su vida, como dice Cóppola, que lo define algo así como "el comienzo de una luz al final de ese túnel en el que se encontraba metido".

"Para mí también es importante -subraya el manager/amigo-, porque después de haber vivido estos cuatro meses en los que estuvo al borde de la muerte, poder verlo de nuevo en una cancha de fútbol, con más o menos kilos, más o menos dinámica..., el hecho es que está vivo. Y dentro de una cancha de fútbol, que es su pasión."

Son casi las ocho y media de la noche, Maradona ha jugado ya 44 minutos y levanta los brazos, triunfante. No ha metido ningún gol, pero está feliz. Está festejando, en medio de la gente que lo quiere, la victoria más importante de su carrera: estar vivo.

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