Masacre irrepetible

Juan Pablo Varsky
Juan Pablo Varsky PARA LA NACION
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9 de julio de 2014  • 08:15

Bastian Schweinsteiger estaba feliz. Aún no había comenzado el partido y ya sonreía. Disfrutaba del escenario, del contexto y de enfrentar a su admirado Brasil, dispuesto a jugar con el corazón y su gente. Alemania confiaba en su cabeza y su funcionamiento. El local arrancó con enjundia, como ante Colombia. Ganaba las divididas, buscaba a Hulk a la espalda de Lahm, soltaba a Marcelo por ese mismo lado, intentaba el desborde con Bernard en la derecha. El estadio aullaba. Duró cinco minutos.

El Flamengo europeo comenzó a tocar y moverse con sus líneas juntas, no tan adelantadas como en juegos anteriores. Tenía un plan: imponer supremacía en la mitad de la cancha, coparle la zona a Luiz Gustavo y a Fernandinho. Schweinsteiger se paró como libero delante de los cuatro del fondo. Vértice retrasado, armó un triángulo con los autores materiales de la masacre futbolística: Sami Khedira y Toni Kroos. Brasil, presión y contraataque. Alemania agrupada al balón a ras del piso con transiciones integrales, únicas en el fútbol actual. Atacan y defienden los 11.

Marcelo perdió la bola en una proyección. Khedira hizo su primer daño en ataque. Córner. Un desmarque colectivo distrajo a David Luiz. Ese animal competitivo llamado Thomas Müller aprovechó la soledad. 0-1, cuarto gol alemán de pelota parada en esta Copa. Toni Kroos, ese crack todoterreno con nombre de skater, empezó a dictar el tempo. Tic, tac. Una corta, una pared, un cambio de frente y más. Khedira se sumó a la fiesta del movimiento con apariciones por todos lados. Boateng salía limpio con pases por abajo de diez metros para adelante, siempre a un compañero. Sin la pelota, el equipo mostraba esos retrocesos tremendos con todos involucrados. Müller con Marcelo, Ozil con Maicon. Un 4-1-4-1 de foto, de punto de partida.

La táctica de Alemania es moverse todo el tiempo. La desorganización organizada, compartiendo la pelota y peinando el pasto con su juego al ras. Müller metió una puñalada desde la derecha. Kroos atacó por el centro y sirvió a Klose. 0-2. Historia. En su cuarta semifinal consecutiva, dejó atrás a Ronaldo, comentarista de O Globo. Lahm nos recordó que sigue siendo el mejor lateral derecho del mundo. Desbordó y metió el centro atrás. Toni Kroos cumplió otra vez con el concepto de que llegar es mejor que estar. 0-3. Un minuto más tarde, presionó a Fernandinho. Se la robó en tres cuartos y combinó con su socio Khedira. El del Madrid lo dejó solo para otro pase a la red. 0-4. Segundos después, Hummels anticipó y salió con prepotencia desde el fondo. Khedira y Ozil armaron la jugada. Baby Kirchner sirvió el gol con otro pase adicional alla San Antonio Spurs. Sami, el crack con cara de actor porno, tuvo su propio final feliz.

Esa media hora entera fue un largo orgasmo futbolero. La mejor de la historia. Disculpen, nostálgicos. Respeto y admiración por Brasil del 70 o la Holanda del 74. Ningún equipo había jugado como Alemania en el Mineirao. Aún no es campeón y eso cuenta. Tanto como que su actuación colectiva de anoche será irrepetible. En el segundo tiempo jugó Neuer con seis atajadas. Entró Schuurle y decoró la peor derrota de Brasil en su vida. 1-7. Chocaron los planetas. El público cantó olé, gritó el gol de Óscar y silbó al final. Scolari saludó a todos. Felicitó especialmente a uno. Mientras lo escuchaba, un respetuoso Bastian Schweinsteiger sonreía y seguía disfrutando de todo, aun más feliz.

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