Mundial femenino. Los secretos de Estados Unidos para ser líder y buscar más gloria ante Holanda

Rapinoe y Morgan, enfrentadas con la Casa Blanca
Rapinoe y Morgan, enfrentadas con la Casa Blanca Fuente: AFP
Ayelén Pujol
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6 de julio de 2019  • 20:00

LYON.- La ciudad de Lyon, situada en el noroeste de Francia, con vista hacia los Alpes y en un punto estratégico entre París y Marsella, está saturada de estadounidenses. Ya no hay lugar en los hoteles ni Airbnb ni ningún Couchsurfing puede recibir a nadie porque la definición de esta Copa del Mundo colmó la capital. La plaza Bellecour, que está entre los dos ríos que atraviesan este lugar bellísimo, el Ródano y el Saona, es el epicentro de reunión: en el Fan Experience que colocó allí la FIFA las y los hinchas toman cerveza, usan las camisetas de sus jugadoras favoritas, juegan al fútbol y se preparan para salir -disfrazados, pintados y embriagados- a cada partido de su selección.

En las calles, algunos bares colgaron banderines de Estados Unidos, como si a Lyon, cuna de la gastronomía en este país, le hiciera falta marketing. Aquí, igualmente, esta vez nadie vino por el tablier de sapeur -una carne cocinada en caldo y luego marinada en vino blanco, empanada y frita- o los quenelles -una masa mezclada con manteca, huevos y leche con carne desmenuzada, bañada con salsa-. Todos están para mirar la final del Mundial femenino Francia 2019.

Las mujeres futbolistas de Estados Unidos han dominado el fútbol en el último cuarto de siglo. Desde que la FIFA organiza el Mundial, en 1991, nunca han bajado del podio. Fueron campeonas de este torneo en 1991, 1999 y 2015, y van por su cuarta corona. Además, tienen ya cuatro medallas en los Juegos Olímpicos, que desde Atlanta 1996 incluyó a esta disciplina.

Por qué las mujeres eligen el fútbol

Ahora bien, ¿por qué el fútbol femenino goza de tanta popularidad en Estados Unidos? ¿Por qué allá viven este deporte como en la Argentina, por ejemplo, se vibra con el fútbol de varones?

Las respuestas son varias, pero la principal está en el origen. En 1972 la aprobación de la Ley Title IX modificó la estructura del deporte en ese país: equiparó las posibilidades en la práctica para varones como para mujeres, lo que generó una apertura en cuanto a derechos y posibilidades. Desde entonces, muchas mujeres eligen el fútbol, por ejemplo, como deporte para desarrollar en su carrera universitaria porque las disciplinas para mujeres cuentan con el mismo presupuesto y las mismas condiciones que las que tienen los varones.

Hay una anécdota que describe el fenómeno. En la década del '70 hubo una fuerte inversión para que el fútbol de varones lograra meterse en la cultura estadounidense. Ahí la Warner creó el New York Cosmos donde jugó Pelé. Cuando el brasileño se retiró, la compañía Pepsi tuvo una idea: armar academias de fútbol encabezadas por O Rei. Aunque era para niños, a Pelé la escuelita se le llenó de mujeres.

El Mundial de 1999 que se jugó en Estados Unidos terminó de darle forma al fenómeno. Fue una Copa muy vista y generó que las niñas desearan ser como esas futbolistas que observaban. La arquera de la selección argentina Gabriela Garton nació en aquel país. Tenía 9 años por entonces y cuenta que coleccionaba fotos de aquellas jugadoras. En ese momento decidió que quería ser futbolista. Así como ella, tantísimas otras.

Brandi Chastain convierte el último penal en el Mundial 1999 y lo festeja en top
Brandi Chastain convierte el último penal en el Mundial 1999 y lo festeja en top

Brandi Chastain hizo el gol del triunfo en la final de 1999 (el quinto penal para ganarle 5 a 4 a China) y lo festejó quitándose la camiseta y quedándose en top. En aquel momento eso generó una polémica enorme que al mismo tiempo fomentó la difusión de la actividad: eran tiempos de mayores prejuicios.

En la cancha, hoy Estados Unidos eleva el fútbol femenino a un nivel de juego superlativo. Es un equipo que se acerca bastante a la perfección: un planteo táctico que se respeta a rajatabla, una defensa -casi- infranqueable, un mediocampo prolijo, delanteras potentes y, sobre todo, la certeza de que el poder está de su lado pase lo que pase con la pelota. Es decir, esta selección puede elegir a veces entregar el balón. No importa: el control del partido está bajo su dominio igual. Es sólida, no se desespera, tiene un plantel de 23 estrellas (y otras tantas atrás listas para jugar a este nivel). Puede relegar el protagonismo, mostrarse agazapada, y decidir cuándo lastimar. El plan le sale bien la enorme mayoría de las veces.

Estados Unidos es irrespetuoso: reduce a sus rivales, las relativiza. Las ningunea con elegancia. Además, el fútbol de este plantel está acompañado de transformaciones sociales porque las jugadoras decidieron también reivindicar derechos. La igualdad salarial es el principal: iniciaron una demanda judicial contra su propia federación reclamando ganar lo mismo que el combinado de varones. La irracionalidad está a la vista: ellas ganan casi todo lo que disputan, llenan estadios y movilizan a miles de estadounidenses por todo el mundo, pero perciben un salario inferior al que cobran ellos -que nunca han ganado nada-.

Rapinoe, arrodillada durante el himno
Rapinoe, arrodillada durante el himno Fuente: Reuters

Esta vez, Donald Trump las mirará por TV. Dos de las estrellas de este equipo, las delanteras Alex Morgan y Megan Rapinoe manifestaron que no irían a la Casa Blanca en caso de consagrarse campeonas porque tienen una postura opuesta a la del presidente de su país. Criticaron su política sobre los inmigrantes, las disidencias de género y los sectores más vulnerados de la población.

Rapinoe, comprometida con el movimiento LGBT, fue categórica: "No iré a la maldita Casa Blanca", dijo. Y Trump le respondió por Twitter. Sin tapujos, le escribió que jugara antes de hablar. Después de eso, en los cuartos de final ante Francia, Rapinoe se despachó con dos goles.

¿Cómo impactará que una futbolista observada por 11.7 millones de personas por televisión en la semifinal (sólo en Inglaterra, según datos de la BBC) exprese sus ideales y convicciones? ¿Cuántas y cuántos deportistas tienen las agallas de jugársela por sus convicciones? A la proeza deportiva estas futbolistas le inyectan la motivación de inclinar la cancha para el lado de la justicia social.

Las mujeres que aman el fútbol pero reprueban a Estados Unidos por los privilegios de la hegemonía -en todos los aspectos- viven con contradicción: es difícil no gozar de este grupo de jugadoras.

La sensación que genera este equipo va acompañada además de un éxito en el mercado: la selección de Estados Unidos es también una marca. Nike informó que las actuaciones de Morgan y Rapinoe tuvieron tanta influencia en este Mundial que la camiseta estadounidense -de varón o mujer- se convirtió en la más vendida de todos los tiempos en una temporada.

Holanda, el rival de la final
Holanda, el rival de la final Fuente: Reuters

La mayoría de estas futbolistas surge del sistema universitario, que actúa como una usina de talentos -incluso mayor que los clubes-. Natalie Juncos, la defensora de la Argentina que también nació en Estados Unidos contó que hay 10 millones de mujeres menores de 18 años que juegan al fútbol allá.

La liga, la National Women's Soccer League (NWSL), es una de las mejores del planeta y reúne a figuras de todo el mundo.

Toda esta maquinaria da sus frutos. En Lyon, en un subte repleto que vuelve del estadio de Lyon donde Estados Unidos acaba de ganarle a Inglaterra para pasar a semifinales, los hinchas estadounidenses de ambos sexos tienen camisetas con los nombres de las jugadoras. Eso sí, no comen tablier de sapeur ni quenelles: por su manos pasan sólo hamburguesas y panchos.

Las mujeres que dominan el mundo del fútbol buscarán su cuarta Copa del Mundo ante Holanda este domingo, desde las 12 de la Argentina. Mostrarán en la cancha que este deporte puede tener éxito con apoyo y que ganar no debería demostrar eso.

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