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Las imágenes del horror quedan grabadas en la memoria y regresan con su poder desgarrador cada vez que las recuerdan algunos inadaptados. El 26 de febrero de 2000, Atlanta ingresó en la cancha de Defensores de Belgrano para jugar un partido de la B y desde la hinchada local atronaron los cantos antisemitas y lanzaron una lluvia de jabones, un símbolo de los actos más aberrantes del nazismo, durante la Segunda Guerra Mundial. "Ahí viene Defe/por el callejón/matando judíos/para hacer jabón", se escuchó por el Bajo Belgrano. Sólo indignación ante una provocación así. La conducta de la hinchada de Independiente, con su despliegue de banderas de Bolivia y Paraguay fue igual de detestable.
A comienzos de 2000, a través de una carta, la DAIA contaba el contenido de un encuentro que había mantenido por aquellos días con Julio Grondona. El presidente de la AFA se comprometía a adoptar medidas para castigar las expresiones racistas en los estadios. Entre otros puntos, quedaba claro que en caso de producirse agravios racistas, exhibición de símbolos nazis u otras manifestaciones de ese tipo, el árbitro suspendería momentáneamente el partido. Incluso, luego, se podrían aplicar sanciones a los clubes involucrados. Se aunaban criterios para reaccionar con determinación y compromiso. En la carta de la DAIA se daba cuenta de que Grondona "coincidió en que es inaceptable que en un acontecimiento deportivo se toleren impunemente incitaciones al odio y a la persecución por motivos raciales, religiosos, étnicos o nacionales".
Pero, ¿hasta dónde estaría dispuesto a llegar el compromiso que asumía Grondona? En el Congreso Extraordinario de la FIFA, justamente en Buenos Aires, en julio de 2002, la entidad presidida por Joseph Blatter anunciaba una resolución con varias proclamas relacionadas con el racismo en el fútbol. Exigía a los organizadores de los partidos imponer una reglamentación que negase el acceso a personas indulgentes o sospechosas de actuar en actos racistas; le exigía al personal de los estadios coperar con la policia y actuar pronta y decisivamente a la hora de detener y expulsar inmediatamente a culquier persona que violase dicha reglamentación y, entre otros puntos, exigía que se adopten medidas para prohibir que esos infractores volviesen a concurrir a un estadio.
El mundo del fútbol decidió combatir tantas expresiones que emergen de un contexto de prejuicios e intolerancia. En algunos casos con mayor determinación que en otros. Alguna vez al defensor Sol Campbell lo insultaron por su conción de negro y a esos hinchas de Tottenham se les prohibió por tres años ir a ver su equipo. Hace poco a Roma se la multó con 8000 euros por los cánticos racistas que su hinchada le dirigió a Mario Balotelli, el delantero de Inter. Y en otra oportunidad el arquero bieloruso Roman Widenfeller, del Dortmund se burló de Gerald Asamoah –ghanés de nacimiento, pero nacionalizado alemán- y fue suspendido por tres fechas. Con decisión, hay gestos. Aquí, sólo se recuerda aquel 3 de junio de 2000, cuando el árbitro Ricardo Sugliani suspendió durante 10 minutos el encuentro que Atlanta le ganó 1 a 0 a Talleres, en Remedios de Escalada, por cánticos antisemitas de hinchas locales. A las conductas xenófobas y discriminatorias las impulsan venenosas dosis de virulencia que sólo buscan causar el mayor daño posible. La detestable ocurrencia de la hinchada de Independiente no admite distracciones. De nadie.



