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Necesario orgullo, pobre consuelo

Daniel Arcucci
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7 de julio de 2006  

BERLIN, Alemania.- "¡Que no estéis vosotros en la final es de no creer, amigo!", es la frase saludo en la sala de prensa de Munich del vasco Borja Bilbao, un oficial de la FIFA con varios Mundiales compartidos encima. Sus palabras sirven para sintetizar un hábito de comunicación que se da desde siempre en estos acontecimientos y un sentimiento que sobrevuela puntualmente en Alemania 2006.

El primero tiene que ver con la costumbre de identificar al periodista con el seleccionado de su país, al punto de hacerlo sentir parte, para felicitarlo en caso de victoria y para darle el pésame en caso de derrota. El segundo está relacionado con la consideración que sigue manifestándose sobre la Argentina y que se profundizó todavía más después de los dos partidos por las semifinales.

Pero como en el fútbol no hay merecimientos, sino resultados, hoy por hoy Italia y Francia, los "azzurri" y los "blues", que poco se parecen entre sí a pesar del color de sus camisetas y su carácter para llegar adonde llegaron, son los dos mejores equipos del mundo. Mientras la Argentina y los argentinos, una vez más, seguimos el Mundial de lejos, como una cosa ajena y dolorosa, finalizada antes de la final.

Tan ajena y tan dolorosa es la sensación que da, por ejemplo, para que se griten los goles ¡de Italia! contra Alemania. Es decir, se gritan los goles del que ayer nomás era un archienemigo y hoy, simplemente por haber vencido al verdugo, es un aliado. Como aliada del ánimo es la certeza de que tampoco pelearán por el título los adversarios realmente históricos, esos con los que se juegan los clásicos más calientes, como Brasil e Inglaterra.

Curioso y fascinante es el sentimiento que provoca un Mundial: sentirse protagonista es una necesidad tan fuerte que puede volvernos grandes o pequeños; como si se diera, en cada una de esas sensaciones, una interna competencia entre el orgullo y el consuelo.

Allí están, por ejemplo, los casos de Horacio Elizondo, de Mauro Camoranesi y de David Trezeguet, la presencia argentina en la final. Están los que dicen que es "chiquitaje" aferrarse a sus aportes para sentirse parte de la fiesta y también están los que dicen que cierto valor tiene contar con un referente en cada una de las tres partes que hacen al gran partido.

En realidad, es un foco sobre el cual situar un punto más de atracción, mientras por dentro carcomen la bronca y la tristeza por no estar como protagonistas verdaderos. En ese juego interior se corre el riesgo, seguro, de menospreciar el enorme mérito de Horacio Elizondo, que dirigió, y muy bien, el partido inaugural y lo mismo hará con la final. Y se corre el riesgo, también, de no detenerse en el valor histórico de Camoranesi, repitiendo la hazaña de aquellos Monti, Guaita, Demaría y Orsi que hicieron lo suyo cuando todo esto comenzaba, allá por los años 30.

Pero así es como se vive el fútbol en la Argentina, y por eso el fútbol argentino es grande. Ya llegará otra vez el momento en el que algún amigo, en una sala de prensa mundial, nos salude por el título conseguido, como hace 20 años y como si fuéramos parte de la historia.

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