Ocupar espacios

Ezequiel Fernández Moores
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9 de julio de 2014  • 23:16

Primero fue el turno de Xherdan Shaqiri, "el Messi suizo" que casi no tocó la pelota. Después el de Eden Hazard, "el Messi belga". Y ayer el del holandés Arjen Robben . También él, que era la figura del Mundial , fue anulado. Alejandro Sabella cumplió como nunca su objetivo de armar un equipo que, como lo dijo desde que llegó a Brasil, supiera ocupar los espacios.

Había que hacerlo ayer mejor nunca porque los holandeses son maestros en ese tema. Johan Cruyff, padre de la criatura, me contó hace unos meses que ocupar espacios "está en los genes" de su pueblo. Holanda ocupó siglos atrás hasta la ciudad brasileña de Recife. Precisaba azúcar. Cruyff me contó que él a los diez años, ya sin padre y con una madre que limpiaba los vestuarios del Ajax, estudiaba cuatro idiomas, holandés, inglés, alemán y francés. "Y entonces, dentro de un país pequeño, dentro de un pueblo pequeño, ya estabas en el mundo. No podías tener la fuerza de tus vecinos, debías ser más inteligente". Fue la revolución de la Naranja Mecánica, el fútbol holandés que asombró al mundo en los ’70.

El espacio más codiciado era el del centro del ring. El ejemplo más claro fue el saque de salida en la final del Mundial 74. Dieciséis pases seguidos en 56 segundos, penal y gol. Para eso, Holanda se diferenció de su maestro inglés y decidió mejorar la técnica. La demora para controlar la pelota daba tiempo al rival para ocupar los espacios. Holanda decidió tratar bien a la pelota. Tenerla para que el rival se desgastara corriendo detrás de ella y para agredirlo apenas apareciera el espacio.

¿Por qué perdió Holanda aquella final del 74 si era mejor que Alemania y se había puesto 1-0 al minuto de juego? "Porque una cosa –me contestó Cruyff- es dominar y otra querer enseñar. Y está un poco también en nuestro carácter. Querer ser modelo. Pero las finales no se juegan para enseñar lo bueno que eres. Se juegan para ganar".

Alemania ocupó espacios hasta en el área chica rival en la semifinal del martes contra Avenida Brasil. Argentina y Holanda, en cambio, jugaron ayer en San Pablo una semifinal de ajedrez defensivo, ocupando espacios en territorio propio para impedir que el rival dañara. Repertorio táctico, dicen algunos. Amontonarse cerca del arco, cuestionan otros. Robben quedó ayer sin espacio. A Holanda le quedó el territorio corto, cuando su fuerte es el territorio largo.

Algo parecido hizo Holanda con Messi, mucho más austero en sus desplazamientos que Robben y ayer más apagado. Louis Van Gaal admitió haber modificado convicciones por conveniencias. El, así lo dijo, vino a Brasil para ganar, no para enseñar. Así como atacó a Costa Rica, ante otros, como Argentina, defendió con cinco o más si era necesario. Si la Holanda de los ’70 jamás ganó un Mundial, él sí quería hacerlo. Para callar a Cruyff.

Así salió el partido. Los dos ocupando espacios en territorio propio. Mezcla de ajedrez y lucha. Casi sin chances de gol en 120 minutos. Apasionante para los amantes de la táctica. Infartante para los propios. Aburrido para los neutrales. Porque Argentina y Holanda, finalmente, se arriesgaron a que su batalla sin riesgos llegara a los penales. Fue casi su único riesgo. Y allí definió quien ocupó mejor el espacio más reducido del arco: Sergio Romero.

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