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Marcelo Bielsa clava una primera estaca y cuenta siete pasos. Clava la segunda. La mira. Se rasca la cabeza. Cree que la ubicó mal. La desentierra y la reubica apenas a unos centímetros de distancia. La saca otra vez y la devuelve a su lugar original. Así, hasta que encuentra el lugar correcto. El entrenamiento ya puede comenzar. La escena dura casi un minuto. Bielsa en su más pura esencia. Cálculo y obsesión. Es un hallazgo de Ojos rojos, el documental sobre la clasificación chilena al Mundial de Sudáfrica que se ha convertido en el más visto en la historia del cine chileno, y que, según me cuenta Guillermo Rossi, director de la productora Plano Latino, podrá verse en Buenos Aires y también en otras ciudades argentinas, a partir del 9 de junio. En su primera semana en cartelera, en Chile, Ojos r ojos compitió de igual a igual con Iron Man 2. Ochenta mil espectadores en los primeros diez días. Un estadio nacional completo. La historia comienza con los festejos populares en Plaza Italia. Chile clasificado a un Mundial después de doce años. "El triunfo -se escucha de fondo a Bielsa- es sólo un accidente, un momento pasajero, una decepción. El ser humano a lo largo de la vida lucha y cae una y otra vez, pero esos momentos son los que permiten alcanzar más adelante la victoria." Ojos rojos tiene la épica del triunfo, pero nos habla de la derrota.
Juan Ignacio Sabatini, Juan Pablo Sallato e Ismael Larraín tenían apenas 23 años, mucho amor por el cine y por el fútbol y nada de dinero, cuando en 2003 fueron con su idea a la Asociación Nacional de Fútbol Profesional (ANFP) de Chile. Se la trasmitieron luego a Nelson Acosta, por entonces técnico de la selección. Y luego a los caciques del equipo, Marcelo Salas y Nelson Tapia. Una cámara acompañando el camino de la selección al Mundial. Como Les Yeux dans les Bleus (Los ojos dentro de los azules), el documental que siguió la intimidad de la selección francesa campeona mundial de 1998. El trío se ganó la confianza del grupo recién sobre el final de la eliminatoria. "¡Dolaaape!", le cantan a Acosta los jugadores en el micro. "Ojo los primeros minutos". "Que no nos queme la pelota", pide el entrenador antes del juego decisivo. Chile queda afuera del Mundial. Acosta es insultado por todo el estadio. La cámara entra en el vestuario. Jugadores que miran al suelo. Silencio atroz. Puro dolor. Para los jóvenes cineastas, son tres años de trabajo y noventa horas de grabación a la basura. Pero redoblan la apuesta. Convencen al nuevo presidente de la ANFP, Harold Mayne-Nichols. Y Canal 13, dueña de derechos, no pone objeciones. Ojos rojos confía en que habrá revancha.
Los jóvenes cineastas ya habían visto Zidane, premiado en Cannes, en 2006. "El mejor film de fútbol jamás visto", según el inglés The Observer. Diecisiete cámaras que se meten dentro de Zinedine Zidane en pleno partido contra el Villarreal de Riquelme, en el Bernabéu. Escuchamos respirar a Zidane, los latidos del corazón, sus insultos al árbitro. Mientras todos miran la pelota, las cámaras miran donde ya todos dejaron de mirar. La joya cinematográfica influye al trío chileno. Ojos rojos escucha la respiración del "Chupete" Humberto Suazo. Las pulsaciones de Matías Fernández. El movimiento de la pelota. Hay forma, pero también hay fondo. Hay estética, pero también hay ética. Sabatini-Sallato-Larraín eligen hablar de la ética de la derrota. "Es en la derrota y no en el triunfo -se escucha otra vez la voz de Bielsa- cuando el jugador se pregunta si quiere o no al conductor."
El nuevo entrenador de Chile no concede facilidades como Acosta. Pero su personalidad y su discurso fortalecen el proyecto. Ojos rojos escucha en Buenos Aires a un taxista argentino y en La Paz a Evo Morales ("soy presidente gracias al fútbol"). En Montevideo están Eduardo Galeano ("el fútbol es una fiesta y también un cochino negocio") y un padre que entrena a su hijo en un potrero ("para jugar al fútbol basta con una chapita y dos piedras para el arco"). También hablan Juan Villoro y Jorge Valdano. Ojos rojos busca otras voces para que cuenten qué es el fútbol. Ojos rojos habla de "ser chileno, futbolero y no morir en el intento". Un "ejercicio de resistencia", como escribe Sebastián Kohan-Esquenazi, uno de sus productores. Pero el Chile de Bielsa deja de resistir. Elige atacar. A lo Bielsa. "Cuando comenzábamos a buscarle el gusto a la derrota, nos encontramos con la victoria", dice Kohan, mientras vemos el documental.
La eliminatoria hacia Sudáfrica incorpora también a Sergio Riquelme, cronista humilde de El Lago de Futrono, una radio modesta del sur de Chile. Trasmite partidos a través de imágenes de TV con lluvia, no lo dejan entrar en algunas conferencias de prensa. "Lo elegimos nuestro álter ego. Como nosotros, hacía grandes esfuerzos para seguir a la selección, y se le cerraban muchas puertas en las narices", me dice Sabatini desde Santiago. Riquelme es la contracara del circo mediático. La revelación de Ojos rojos. Otros eligen al "profe" Luis Bonini, el preparador físico que trabaja con Bielsa. Su arenga a Humberto "Chupete" Suazo en el túnel antes de jugar contra Uruguay ya es un clásico en YouTube ( "¡Chupete y la conchatuhermana, te quiero ver, te quiero ver papá!"). A Bonini le gustó el proyecto independiente de los jóvenes directores, pero le da cierta vergüenza su rol protagónico. Los jóvenes comienzan a recibir apoyos económicos después de que Chile logra su histórico triunfo frente a la Argentina de Alfio Basile, cuando Sudáfrica deja de ser una quimera y se avizora el negocio. Las imágenes ganan en calidad. Las cámaras muestran algunas prácticas (aparece Bielsa con las estacas). Y también un vestuario ahora feliz, con la clasificación asegurada. Los jugadores bailan y cantan. Un plantel de 24 años de edad promedio. Puro reggaeton . Una selección lejos de incidentes de indisciplina de ciclos anteriores. Y del escándalo del arquero Roberto Rojas, cuando en plena eliminatoria del 94 simuló que lo había impactado una bomba de estruendo en el Maracaná. En Brasil, "un país primitivo", como dice en el documental un ministro pinochetista. ¿Bielsa? Camina silencioso en ese vestuario feliz.
En su última charla en la Universidad de Viña del Mar, Bielsa advirtió sobre el excesivo triunfalismo premundial, el "envenamiento" que significa decir que "Chile es un punto menos que Brasil", porque se clasificó segundo en la eliminatoria. Como "cuando el actual presidente" -siguió Bielsa aludiendo a una frase del empresario Sebastián Piñera tras su triunfo electoral- dijo que "Chile era el mejor país del mundo". "Semejante mentira", la calificó. Bielsa pidió en esa misma charla no justificar, pero tampoco "satanizar" a los pillajes y saqueos que se registraron tras el terremoto en Chile. Cuestionó a una sociedad que impone el plasma y se lo vende en cien cuotas, incluso a quien no puede pagarlo. Pidió ponerse en la situación de los echados del sistema. Pidió "autocrítica" para ayudar a un cambio. Y afirmó: "Si hubiera podido, me robaba el plasma". Políticamente incorrecto. En más de un blog , el Bielsa al que hasta un día antes le ofrecían la ciudadanía chilena, pasó a ser otra vez argentino. Dejó de ser un modelo. Le pidieron que volviera a hablar "sólo de fútbol".
A Bielsa lo había emocionado el gesto de la entonces presidenta Michelle Bachelet de ir ella hasta la concentración de Pinto Durán a felicitar al plantel por la clasificación. Piñera hizo campaña en las elecciones diciendo que quería "trabajar como Bielsa para cambiarle el rostro al país". Pero Bielsa contó a la prensa que les dice a sus jugadores que él quiere ser para ellos lo que "Bachelet fue para Chile". Ya presidente, Piñera fue al amistoso contra Venezuela, el 31 de marzo en Temuco. Dos fuentes distintas me contaron que Piñera quiso ir a saludar al vestuario, con prensa incluida. No tuvo suerte. Sí, habrá foto conjunta, tal vez, dentro de unos días si la selección, como se cree, pasa a saludar por La Moneda antes de ir a Sudáfrica. Ya ocurrió dos veces con Pinochet (1974 y 82) y una con Eduardo Frei (1998), como recuerda Antonio Martínez en su blog en El Mercurio, en un sugestivo artículo. Chile lleva 48 años sin ganar un partido mundialista. El último fue en la Copa del 62, que se jugó en su país.
Bielsa podría quebrar la maldición. "No me quieran porque gané -dice su voz de fondo en Ojos Rojos. Necesito que me quieran para ganar".

