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Extinguiéndose paulatinamente los fastos mundialistas, para el rugby argentino no hay licencias ni vacaciones, porque se avecina una época de menos jolgorio y de un forzoso aterrizaje sobre los arduos aspectos cotidianos.
De hecho, algunos jugadores de los Pumas ya están cumpliendo con las obligaciones diarias en sus respectivos clubes europeos, otros compañeros están aquí, ansiosos y pegaditos al teléfono, a la espera de una llamada transoceánica que les anuncie buenas nuevas sobre futuras transferencias a equipos del Viejo Continente, y el resto ya habrá retomado sus compromisos personales con el trabajo, el estudio y con aquellas cuestiones dejadas de lado durante los últimos meses de exclusividad con el rugby. ¿Y ahora qué?, se preguntará más de uno...
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No es, de todos modos, el único interrogante que sobrevuela un deporte que, en nuestro país y desde hace rato, vive atrapado en un estado deliberativo sobre la disyuntiva profesionalismo versus amateurismo y todo lo que sucede -tenga que ver o no- es llevado al terreno de las conveniencias ideológicas, a veces de manera tan burda que causa gracia...
En ese sentido, no parece muy sensato interpretar la actuación de los Pumas en el Mundial como el éxito del rugby amateur. La rápida asunción de esta especie de paternidad por el suceso de los Pumas de los sectores tradicionalistas no parece razonable, simplemente por el hecho de que la mayoría de los integrantes del seleccionado tuvo una dedicación y una preparación que superan largamente los parámetros del jugador tipo del medio social y amateur en el cual se desenvuelven.
Porque, en definitiva, los Pumas se entrenaron mucho más tiempo en términos de acondicionamiento físico, porque cada uno siguió un plan específico para llegar en plenitud a Gales 99, porque tuvieron que someterse a permanentes exámenes clínicos y atléticos y porque dispusieron de algunas facilidades otorgadas por la Unión Argentina de Rugby -medicina prepaga, becas de estudios en universidades, personal trainers y gimnasios, provisión de suplementos vitamínicos y telefonía celular (este último punto trivial, si se quiere)- que el común de sus colegas no disfruta por el simple hecho de actuar en sus clubes.
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Es cierto que los jugadores del seleccionado no percibieron durante el Mundial otras retribuciones en efectivo que el tradicional viático -100 dólares diarios per cápita- que se les paga cuando están fuera de la Argentina, pero fueron excelentes profesionales no remunerados en cuanto al esfuerzo, la responsabilidad y el tiempo empleados en su desarrollo deportivo.
Por supuesto que, además de esta elogiable actitud profesional puesta al servicio del objetivo Mundial, los Pumas también representaron excepcionalmente a sus clubes de origen, en una clara demostración de la calidad del rugbier autóctono y un reflejo de lo que, con amor y generalmente a pulmón, les enseñaron en sus clubes. Pero una calidad que, seguramente, no hubiese podido apreciarse de no haber contado el plantel con ese mencionado respaldo institucional de la UAR -a veces inorgánico, para algunos mínimo-, que excede la media del rugby nacional y orgullosamente amateur.



