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BERLIN.- ¿Por qué será que corremos día tras día detrás de una pelota o por qué será que, sin necesidad de correr, permanecemos con la mirada absorta, pendientes de lo que corren otros, estáticos ante la posibilidad de que esos otros tomen contacto o no con la pelota, ansiando que la depositen dentro del arco rival o que la alejen lo más rápido posible del propio?
¿Por qué será que un niño de pocos años y, todavía más, por qué será que un bebe de pocos meses que todavía no sabe decir "hola" se queda fascinado al ver rodar una pelota y procura sincronizar al máximo sus movimientos todavía azarosos para impulsarla, sentir su forma entre sus manos o hacerla rebotar en el suelo?
¿Por qué los viejos comentaristas de fútbol llaman a la pelota "el esférico", dando de esa manera más importancia a la forma del objeto que al propio objeto, y por qué Maradona dice que la pelota no se mancha, poniéndola por encima de las circunstancias a veces grotescas y a veces ruines que muchas veces van echando sombras sobre lo que hemos dado en llamar nuestra vida?
Todas estas preguntas disparatadas se justifican a esta altura del Mundial, después de haber visto un promedio de 54 horas por día de fútbol, de haber comentado los partidos incluso dormidos, con los muchachos del tablón creados en el sueño, y de haber salido por fortuna con una facilidad asombrosa y vivos de las fauces del Grupo de la Muerte.
¡Un poco de cultura, de reflexión, vamos, no vendrá mal antes de meternos de cabeza en los octavos, y servirá para estar dialécticamente preparados cuando nos interpelen los amargados de siempre con el argumento de que sólo tenemos en la cabeza una pelota!
¡Sí, es eso, una pelota, amigos, lo que tenemos, y hasta tal punto eso no prueba nuestra incapacidad de pensar sino, antes bien, todo lo opuesto que uno de los museos más importantes de esta ciudad y, por ende, del redondo mundo, el Museo de Pérgamo, le está dedicando durante buena parte de este año muchas de sus salas a la "globa", al balón, a la esfera, en su condición de protagonista de ese juego llamado fútbol, pero también en su condición de símbolo y figuración del universo!
El Museo de Pérgamo está en la Isla de los Museos, en el río Spree, muy cerca de la famosa avenida Unter der Linden, en lo que en otros tiempos era Berlín oriental, la capital de la Deutsche Demokratische Republik, la DDR de los comunistas. Alberga desde que fue creado, en 1910, restos de la arquitectura monumental griega, ante los cuales queda el espectador mudo y sin aliento, y también la exposición intitulada "La pelota es redonda", cuya profundidad y poesía llevan a admirar la inteligencia de quienes de verdad saben cómo aprovechar un campeonato mundial en beneficio de la información y el interés del público.
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Una frase del célebre entrenador de la selección alemana Sepp Herberger (1897-1977) preside la muestra: "La pelota es redonda y el partido dura noventa minutos". Posiblemente Sepp no haya llegado a controlar las múltiples acepciones de lo que dijo, pero ayudan a aclararlo expresiones de otros personajes reproducidas en grandes caracteres en las paredes del museo. Por ejemplo, ésta de Alejandro Magno: "La pelota es la Tierra y yo soy el palo que la impulsa", ésta de Nietzsche: "Mejor que a todos os veo, mis amigos, los que echan a rodar la pelota", o ésta de Desmond Morris: "El fútbol es caza ritual, lucha estilizada e historia simbólica".
Lo que se ve sorprende muchas veces por su poesía, por su magia, por su arte o simplemente por su carga de milenios. A la entrada nomás se instaló una pantalla que muestra, repetida una y otra vez sin solución de continuidad, cómo un delantero gambetea a un defensor, y también una escultura de bronce hecha en 1985 por el cotizado artista Jeff Koons, que representa sencillamente a una pelota tal como es o como era en esos días, con la publicidad comercial incluida.
Después, los distintos salones se dedican a examinar los significados que le ha ido dando el hombre a la forma esférica. Hay antiquísimas pelotas talladas en piedra que se abrían en dos y se usaban para llevar mensajes secretos. Hay pelotitas con marcas que se usaban como monedas hace siete mil años en Asia. Hay ojos para ver y esferas de relojes para contar el paso de los días y meses. Hay imágenes de dioses de todos las religiones que se vinculan con lo esférico, así en la iconografía budista como en Shiva Nataraya, la diosa hindú creadora del mundo que es representada dentro de una esfera; en el niño Jesús de Praga, del siglo XVI, que lleva un globo terráqueo en la mano, y en la diosa Isis de los egipcios, en una imagen del siglo octavo antes de Cristo, que transporta en la cabeza una esfera solar que la dota de enormes poderes y con la que protege a su hermano y marido Osiris y a su hijo Horus de todos los males contra los que se enfrentan.
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Una escultura de marfil del siglo XVII representa a Atlas como si fuera el portador de la Copa del Mundo. Hay un cuadro de 1594, de Hendrick Goltzius, con una idea lúdico-filosófica que muchos artistas plásticos de su tiempo recogieron: la del niño que juega haciendo pompas de jabón, por cierto circulares y esféricas, apoyado en una calavera, para subrayar el lado efímero de las ilusiones y de los placeres.
Algunas perlas de la colección directamente vinculadas con el fútbol pese a que pertenecen a edades anteriores a la invención de este deporte devuelven al que va paseando de maravilla en maravilla a un presente signado por preguntas tan urgentes y excluyentes como ésta: "Mamita querida, ¿ganaremos?"
Mencionaremos sólo éstas: los grabados de principios del siglo XVII que exhiben con lujo de detalles la corte de los Medici cuando se realizaban los encuentros de "fútbol florentino", por lo que se ve en las imágenes un abuelo legítimo del nuestro. Uno de los grabados, salvando las distancias en el tiempo, parece el estadio de Munich en la ceremonia inaugural, con la gente observando una gran fiesta de disfraces realizada en un campo rectangular antes del comienzo del juego.
Literalmente increíble es una estatuilla de un niño negro del siglo III antes de Cristo, proveniente de colonias helénicas en el norte de Africa. El pequeño está haciendo jueguito con dos pelotas, una en la rodilla derecha y otra en la cabeza. Finalmente, una diosa Fortuna del año 1520 se ofrece, desnuda, al triunfador sobre lo que a todas luces parece una pelota de fútbol. Otro motivo más para que repitamos la hazaña de 1986 en México.


