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“¡Ja, ja, ja, ja...!”. La propuesta le llegaba con cierta regularidad y la carcajada era la única respuesta posible. “Presidente, ¿por qué no prohíbe el revés a dos manos? Le haría mucho bien al tenis”.
Francesco Ricci Bitti, por entonces presidente de la Federación Internacional de Tenis (ITF) escuchaba divertido a su interlocutor, consciente de que la cosa iba por otro lado, de que la nostálgica añoranza de un tenis clásico y elegante era eso: nostalgia. Bastaba con escuchar a Martina Navratilova, dueña de un gran revés a una mano, para que a cualquier amante de aquellos años en los que el golpe a dos manos era marginal se le cayera el alma al piso.
“El revés a dos manos es algo hermoso que está pasado de moda”, dijo la zurda estadounidense seis años atrás durante una charla en Wimbledon.
¡Horror! Pero la cosa podía ser aún peor.
“Hoy, yo le enseñaría a un niño el revés a dos manos y el slice a una mano. Hay, sencillamente, demasiada potencia en el juego. Los que pegan a una mano están en desventaja”.
Si ya era difícil de digerir que la dueña de uno de los reveses a una mano más exitosos de la historia del tenis femenino hablara así, lo que dijo a continuación fue un puñetazo en el estómago: “Si Roger Federer tuviera un revés a dos manos habría ganado más veces Roland Garros. Un revés a dos manos promedio es mejor que uno extraordinario a una mano”.
Buena parte de los grandes del tenis argentino brillaron a una mano: Vilas, Clerc, Sabatini, Gaudio, Mancini, Jaite... La contracara son Del Potro, Nalbandian o Coria, cultores de un golpe que llegó al país hace décadas con Carlitos Lynch, ex presidente del Tenis Club Argentino, recientemente fallecido.
“El tenis no es béisbol”, criticaban los puristas cuando el golpe a dos manos comenzó a crecer en el circuito. “En el tour femenino todas juegan igual”, critican hoy otros. Y ambos tienen razón: no hay éxtasis mayor en el tenis para jugadores y espectadores que un revés a una mano bien pegado, en especial el paralelo. Son gente como Gaudio, Federer, Wawrinka, Dimitrov, Gasquet o Almagro los que saben lo que se siente y se hace sentir con ese golpe.
Un golpe que puede pegarse también como lo hacía Jim Courier, claro, aunque entonces vuelve la idea: “¿Y si lo prohibieran?”

