Rebelión en la granja de Viamonte

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
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2 de septiembre de 2014  • 23:13

Por acción u omisión, Julio Grondona no se podía desprender de nada de lo que ocurría en el fútbol argentino. Le correspondía lo bueno y lo malo. Tras su muerte no faltaron los que ya avizoran un irremediable paso atrás en el contexto internacional. Porque con él, juran, Nacho Piatti sí hubiese jugado la segunda final de la Copa Libertadores para San Lorenzo. Y porque la derrota de su hijo Julito frente al uruguayo Eugenio Figueredo para ocupar el cargo de don Julio en la FIFA ha sido otro cachetazo for export. Es cierto, el vacío que dejó Grondona es inmenso. Pero lejos de encerrar un elogio a su interminable gestión, retrata el descrédito que arropa a la tropa dirigencial. Culpa del personalismo de un hombre que llevó el fútbol en su puño por más de tres décadas, y a la comodidad de los sucesivos acólitos.

Sin Grondona, auscultar la salud del fútbol argentino permite redescubrir sus histerias y miserias. Muerto el rey... La transición promete sofocones y grotescos. Cuestiones irracionales y resortes absurdos. Justo cuando sobran temas sustanciales que merecen ser atendidos con urgencia, desde la construcción de un campeonato serio en lugar de los arrebatos payasescos que están en danza, hasta una supervisión sana y auténtica de raquíticas tesorerías muy mal gestionadas. Siempre subvencionadas por una cabeza extorsiva.

Los herederos, ayer serviles y ahora envalentonados, se atolondran para apropiarse de una porción de poder. Tendrían que entender que el prestigio, el consentimiento y las lealtades se ganan desde la creatividad, las propuestas renovadoras, el sentido común y la discreción. Sería una muy innovadora manera de hacer política, pero la AFA huele a rancio y no hay voluntad de abrir los ventanales.

Grondona todavía no había sido sepultado cuando River y Boca inauguraban su cruzada para recibir más dinero por la televisación de sus partidos. Casi nunca se habían animado a alzar la voz. Ahora el formato de torneo de 30 equipos para 2015 -advertencia: alguna vez los descabellados 10 ascensos volverán a un cauce sensato y eso será una carnicería- ingresó en una zona gris y turbulenta. A Carlos Bilardo ya nadie le tendió una mano. La paulatina postergación de Humberto Grondona de los seleccionados juveniles parece inexorable... El comité ejecutivo no se atrevía a rebatirle una decisión, aunque en los diálogos en off no compartiesen las determinaciones del Jefe eterno. Claro, el miedo de caer en desgracia les impedía impulsar ese disenso que, generalmente, precede a la superación. Cómplices perfectos. Hoy se intuye una creciente rebelión en Viamonte. Revisar huellas frescas podría imaginarse como un saludable mecanismo de autocrítica, pero a no confundirse: no lo promueve la refundación, sino gallináceos apetitos individuales. Otros personalismos.

Las idas y vueltas que la semana pasada tuvo la programación de la fecha dejaron a la intemperie incapacidades y ruindad por igual. Julio Grondona alineaba, adoctrinaba. Sí, compraba también desde su feroz clientelismo. Pero el grondonismo ya es un ciclo acabado. Sólo él lo podía articular y ejecutar con una red de cómplices adhesiones. El fútbol argentino se debe un debate profundo que alumbre una nueva era. Con una AFA colegiada, previsible y transparente. Pero después de tantas postraciones, no aparecen síntomas ni hombres para ilusionarse. Seguirán administrando ruinas con espíritu rastrero.

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