Río 2016. Muchos soldados, pocos carteles y largas filas: los Juegos que no te muestran las cámaras de televisión

David Segal
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18 de agosto de 2016  • 07:01

En la final de salto ornamental sincronizado femenino desde 3 metros de los Juegos Olímpicos de Río 2016 , que tuvo lugar el domingo pasado, la sensación era que había dos eventos distintos ocurriendo a la vez. Por un lado, lo que se veía en la enorme pantalla del natatorio descubierto, y por el otro, la escena en vivo que se desarrollaba frente a los ojos de los presentes. Ambos eventos eran idénticos salvo por un pequeño detalle: en la pantalla, parecía que brillaba el sol, pero no así en la vida real.

En carne propia, los Juegos Olímpicos no son lo mismo. La televisión no sólo sabe encuadrar y editar lo que sucede, sino que también agrega brillo y esplendor. Los deslumbrantes e inmaculados cuadros que nos sirve la NBC y otras emisoras son como rostros prolijamente embadurnados con maquillaje: se ven divinos, pero pierden toda su originalidad, toda su textura.

¿Qué se siente realmente estando ahí? Lo cierto es que es raro, a veces enloquecedor, potencialmente peligroso y con frecuencia muy divertido.

Primero, el tema seguridad. A medida que se acercaba la fecha de los Juegos, hubo mucha ansiedad por posibles hechos delictivos, y desde la llegada de las delegaciones, se reportaron varios robos y arrebatos. A esta altura, lo que queda claro es que Río es el lugar peligroso donde uno más seguro se siente en el mundo. Se puede caminar por las calles sin el menor resquemor ni sensación de amenaza, hasta que uno sale a caminar con un verdadero carioca.

Entonces uno se entera de que está rodeado de una aterradora variedad de peligros, incluidos arrebatadores de cuchillo en mano. Las playas de Copacabana parecen un paraíso de trajes de baño minimalistas, pero entonces a uno le dicen que hay delincuentes mezclados entre la gente que se roban todo lo encuentran a su paso.

¿Y esos taxistas tan amables que te llevan desde hace días a dónde tenés que ir? Algunos de ellos recibirán tu billete de 50 reales y luego jurará que era un billete de 5, así que habrá que ponerse con el resto de la tarifa. Y hasta algunas máquinas son ladronas: los cariocas dicen que hay cajeros automáticos que marcan estar soltando dinero cuando de la ranura no sale nada.

Para disfrutar a pleno de Río, mejor no escuchar mucho a los cariocas. El Estadio de Lagoa, donde se llevan a cabo los eventos de remo, está cerca de la playa de Leblón, uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, rodeado de exóticas montañas que parecen alzarse hasta el cielo. Parece una imagen de película, hasta que a algún carioca se le ocurre señalar un inmenso edificio blanco un poco descuidado y explica que se trata de un proyecto inmobiliario donde las bandas narcos rivales suelen dirimir sus diferencias arrojándose granadas caseras.

¿Ese edificio de ahí?

“Sí, ese”, dice un carioca. “A veces se tirotean en la calle, a la hora en que salen los chicos de la escuela”.

Esa sensación de desprotección y amenaza generalizada parece haber llegado a oídos de los fans antes de subirse al avión. Al salir del Lagoa con su esposa y unos amigos, un hombre de unos 50 años admite haber dejado el anillo de casado en su casa, antes de viajar. “No lo llevo puesto por primera vez en 27 años”, dice mostrando la mano izquierda. Y todos sus acompañantes decidieron llevar el dinero en serio adentro de las medias y un par de billetes sueltos en el bolsillo.

Hay unos 85.000 soldados desplegados en toda la ciudad, la mayoría en las distintas sedes olímpicas. Algunos llevan ametralladoras y no despegan el dedo del gatillo, listos para actuar como si custodiaran un traslado de caudales. Algunos de los soldados se trasladan en transportes de tropas color verde que uno más bien asocia con un campo de batalla.

El efecto tranquilizador de tal demostración de fuerza es sólo intermitente. El sábado pasado, esa abundancia de armas generó un momento tenso cuando una bala de gran calibre aterrizó en stand de prensa del Centro Ecuestre, poco después de que los periodistas escucharan un fuerte disparo. Al parecer, la bala llegó de una favela cercana e iba dirigido a un globo inflable de seguridad utilizado por la policía.

En una conferencia de prensa, un vocero de los Juegos describió el episodio como “un hecho desafortunado”, y subrayó que “todas las vidas sin importantes: caballos, perros y personas”.

Un desafío logístico

Aunque por televisión parece una serie de contiendas deportivas, vistos en primera persona los Juegos Olímpicos son un desafío logístico titánico. Cuánto más tiempo pasa uno aquí en los Juegos, más disparatado le parece que alguien se ofrezca voluntariamente a ocuparse de organizarlos. Sacar los Juegos adelante implica construir una ciudad pequeña superpuesta sobre una ciudad existente, un reino de tres semanas de vida con desesperantes necesidades de alimentos, agua, electricidad, así como de medios de transporte, remoción de residuos, boleterías, y el manejo de incontables empleados y voluntarios. Y la lista sigue.

Es como el rompecabezas más endiablado que un planificador de eventos puede enfrentar, y el modo en que cada país los resuelve es un reflejo de su idiosincrasia nacional. Los Juegos de Invierno de Sochi, Rusia, fueron una extraña mezcla de incompetencia (alojamientos sin terminar, por ejemplo) y de puntualidad (el transporte circulaba a horario), exactamente lo que uno espera de un régimen autocrático plagado de corrupción.

En la lista de corrupción por países de la organización World Democracy Audit, Brasil está más arriba que Rusia (ocupa el puesto 65, y Rusia el 105), pero no tiene un patotero fornido al estilo Vladimir Putin que pueda imbuir en el pueblo esa especie de miedo que obliga a lucirse. En Brasil hay una democracia, por más que el 60 por ciento de los actuales parlamentarios brasileros enfrentar cargos por corrupción.

Lo que motiva a los empleados olímpicos en Brasil no es el miedo. Acá el clima es como relajado. Un periodista británico que tenía que ir a su hotel desde una sede olímpica en la zona oeste de la ciudad le preguntó a una voluntaria acreditada si faltaba mucho para que llegara el transporte.

“Diez minutos”, dijo la muchacha.

“¡Pero si hace una hora que me decís los mismo!”, retrucó el inglés sin dar crédito a lo que oía.

Por momentos, estos Juegos Olímpicos son como una receta de cocina muy compleja en la que faltó algún ingrediente esencial. Hablemos un poco de la señalética, sin tomar en cuenta las por momentos hilarantes traducciones al inglés de algunas indicaciones. Lo extraño es la ausencia de carteles tipo “Diríjase a este lugar”, lo que complica innecesariamente cualquier desplazamiento.

Por ejemplo, los colectivos un medio de transporte esencial para moverse en Río: durante los primeros días, las paradas en la calle apenas estaban señaladas con un poste verde.

Después está la falta de carteles que simplemente celebren la realización de los Juegos. Típicamente, la ciudad anfitriona es una jungla de carteles y pasacalles que no permiten olvidar ni un instante que los atletas olímpicos están en la ciudad. En Río, apenas un 15 por ciento de los carteles promocionales habían sido entregados a tiempo para la ceremonia inaugural, según los propios organizadores, que debieron convocar de emergencia a los proveedores.

Además, hay un montón de lugares donde hay una absurda falta de personal. De hecho, hasta que se produzca algún milagro deportivo, la placa de bronce que conmemore los Juegos de Río bien podría mostrar a un puñado de gente haciendo fila. Se han registrado filas de espera de 90 minutos para ingresar a algunos estadios y filas para comprar comida tan largas que los organizadores anunciaron que aumentarían diez veces la cantidad de personal, y después sacaron del menú un par de ítems que al parecer demoraban las cosas.

El domingo a la noche, la fila para ingresar al Mega Store donde se vende el merchandising olímpico oficial era tan larga que se perdía de vista a la distancia.

Desparramados

Cada edición de los Juegos Olímpicos tiene un carácter distintivo, pero identificar ese rasgo en los Río 2016 será difícil, ya que los eventos deportivos se llevan a cabo en lugares drásticamente diferentes. El vóley playa se juega en Copacabana, un barrio densamente poblado y epicentro de la fiesta y la vida playera desde hace décadas. Las disciplinas de atletismo, uno de los grandes atractivos de los Juegos de Verano, se desarrollan en el Estadio Olímpico del barrio de Engenho de Dentro, unos 20 kilómetros al noroeste del centro de la ciudad.

Lejos de esas dos sedes, se encuentra el supuesto corazón de los Juegos, el Parque Olímpico, ubicado en la Barra de Tijuca, un barrio nuevo y exclusivo, salpicado de decenas y decenas de edificios de departamentos idénticos, una monotonía sólo interrumpida por algunos shoppings. También hay concesionarios de autos de todos los modelos imaginables, incluso algunos modelos totalmente olvidados. Todo muy apropiado, ya que la zona no está pensada para andar a pie.

El Parque Olímpico en sí es una inmensa extensión de asfalto, por cierto que bastante rala. Las ciudades anfitrionas de Juegos anteriores solían enriquecer sus sedes con lugares de esparcimiento, entretenimiento, y bancos para sentarse. Acá no. El Parque Olímpico de Río 2016 es un lugar que permite ir del punto A al punto B sin ningún peligro de toparse en el camino con un punto C. Hay puestos de comida, algunas mesas, un McDonald’s que vende helados y el Mega Store. En el centro, está el estudio del gigante multimedio brasilero, la Rede Globo. Y pará de contar.

En contrapartida, cuando se camina por la arena de vóley playa de Copacabana, uno está en medio de la vida urbana, con toda su alegría y variedad: vendedores de caipirinha, la bebida nacional, mimos que inflan globos y un hombre que levanta apuestas de quienes quieren intentar derribar unas botellas con una pelota de fútbol (botellas que como los involcables, se tambalean pero nunca caen). También hay proselitistas repartiendo la Biblia.

El Hotel Copacabana, casi enfrente de la sede de vóley playa, ofrece un espectáculo de luz y sonido con mariposas digitales que parecen aletear sobre su fachada con las alas pintadas de las banderas de los distintos países, mientras suena Vivaldi en versión tecno por unos enormes altoparlantes. El espectáculo logra que el interminable desfile de gente se pare a mirar con la boca abierta y aplaudir.

Río no es la primera sede de los Juegos donde los eventos se desarrollan en distintos lugares de la ciudad. Pero es la primera que tiene sedes con carisma para repartir y otras totalmente desangeladas. Y a menos que resuelvan el tema del transporte, también serán los Juegos Olímpicos en los que habrá sido imposible llegar de un punto a otro en un lapso razonable de tiempo. Hoy mismo, la aplicación móvil de transporte de los Juegos les informa a los usuarios que si quieren llegar desde Copacabana al Centro Ecuestre, a unos 40 kilómetros, deben calcular dos horas de viaje.

Pero los Juegos Olímpicos son como un organismo vivo, vale decir, que aprende. Dentro de unos días, ese mismo trayecto podrá cubrirse en la mitad del tiempo.

En cuanto a las distintas sedes de las disciplinas, ninguna es deslumbrante. No hay ninguna joya arquitectónica, como lo fue el Nido del Pájaro en los Juegos de Pequín. Pero los Juegos de Río son los juegos de lo imprescindible. Hay muchos andamios por todas partes, incluida la entrada del Parque Olímpico. Es como si los organizadores no hubiesen querido ofender la sensibilidad de los brasileros, que ya están furiosos por los costos de los Juegos, que ascienden a varios miles de millones de dólares.

Los pocos carteles que celebran la presencia de los Juegos llevan el eslogan “Un nuevo mundo”. La frase es por demás desafortunada, dado que ese nuevo mundo al que hace referencia era el Brasil en expansión y boom económico del año 2009, cuando ganó su derecho a albergar los Juegos, un país que había duplicado su PBI en apenas una década. Pero ahora el país atraviesa una profunda recesión.

Así que los cariocas tienen más que motivos para estar furiosos, ya que gran parte de la debacle económica del país es achacable a los chanchullos de la dirigencia política. Pero la gente con la que uno se cruza siempre está dispuesta a charlar y se muestra contenta de recibir a los visitantes.

Tal vez si hace unos años hubiesen sabido hacia dónde se encaminaba su economía, los brasileros habrían rechazado ser sede de los Juegos. Pero ya que los visitantes del mundo están aquí, los cariocas parecen dispuestos a hacer todo lo posible para que se lleven una buena impresión.

“Estamos muy orgullosos de nuestro país”, dice una mujer mientras cena en un tenedor libre. “Y queremos que el mundo lo vea.”

La mujer dice que a la mayoría de sus amistades les dieron 3 semanas de vacaciones, para que se queden en sus casas y así despejar el tránsito lo más posible. No es precisamente un sacrificio, pero como en muchas calles se han establecido carriles olímpicos exclusivos para que los atletas y los medios puedan moverse con más facilidad, los carriles normales están colapsados. Para colmo, como los recursos policiales están abocados a los Juegos, el delito ha recrudecido en las zonas donde no hay sedes olímpicas cercanas.

Más tránsito y más delito: esos sí son sacrificios para los cariocas, y es por eso que criticar la falta de carteles y el tráfico parece casi una blasfemia. A los brasileros les costó mucho brindarnos esta fiesta. Lo menos que podemos hacer es disfrutarla al máximo.

© New York Times

Traducción de Jaime Arrambide

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