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Pablo Aimar tiene un poder hipnótico sobre el balón. Para muchos la pelota salta, pica, viborea y hasta se les escabulle por debajo de la suela del botín. El la ha domesticado. Entonces abre la enciclopedia del talento por las páginas de la habilidad y le permite a River escribir una historia de complicidades con los triunfos, los goles y también con la punta del torneo Apertura. Pero la individualidad desequilibrante no dependió sólo de su inventiva. Porque el ambicioso atrevimiento que ayer le permitió a River arrollar a voluntad a Talleres también descansó en la solidez de un conjunto con autoridad. En una estructura aceitada que maquilló con solidaridad y oficio los espacios que dejó en la búsqueda ofensiva que le imponen, ya como un sello distintivo, sus jugadores de ataque.
Ayer Aimar siempre tuvo escondida una salida indescifrable. Y cada una sirvió para jerarquizar a River. Para superar el fútbol en ocasiones malintencionado que maltrata al volante de Río IV. La primera media hora millonaria merodeó la perfección. Y, además, tapizada de lujos. Acorralado por la línea de fondo y la rústica oposición de Sotomayor, Aimar resolvió la situación con un caño. Entonces envió un centro que el arquero Mario Cuenca no retuvo, y el olfato de Juan Pablo Angel anticipó que no iba a perdonar ninguna distracción en el área.
Las diabluras ganaron confianza entre el desconcierto visitante. Enganche de Aimar en el borde del área para sacar un remate que rebotó en la base del palo. Después, Javier Saviola desairó a Maidana con un electrizante pique corto con estilo maradoniano para cruzar un remate que se perdió muy cerca. Luego, Ortega puso mano a mano a Saviola y esta vez ganó Cuenca. Hasta que se invirtió la fórmula y Saviola cruzó un centro -hubo una infracción previa del delantero sobre Christian Manfredi- para el solitario Ariel Ortega, que marcó su primer tanto desde que regresó a Núñez.
Talleres no supo despegarse de la inoperancia. Apenas un tiro desde lejos de Manfredi que rechazó Bonano fue su único pacto con el peligro. Después, sólo se rindió ante la seguridad de Mario Yepes y la ubicación de Eduardo Berizzo, y vaciló y sufrió al vaivén de las ocurrencias de Aimar, que aceleró o hizo la pausa justa para quebrar con el vértigo, cuando éste amenazó con desperdiciar la jugada en pura aceleración. Así, en el comienzo de la segunda etapa, colocó una notable habilitación para que Husain tirase un centro que nuevamente Angel cambió por gol. El sexto de su cosecha en el Apertura.
El quinto triunfo consecutivo de River hacía tiempo que estaba asegurado. Ni siquiera el descuento de penal de Cuenca -falta de Yepes sobre Maidana- podía suponer una modificación en el mando del juego. Solamente faltaba el tanto de Aimar para su actuación ideal. Y casi..., porque sacó un remate que buscaba la red hasta que se interpuso Cuenca. Entonces, Martín Cardetti corrigió al gol el itinerario de esa pelota.
Alguna vez describió Jorge Valdano que el talento es el hilo invisible que casi siempre ata las virtudes de un futbolista con lo correcto, y a veces, también con lo distinto. Y River saca beneficio del inagotable carretel de Pablo Aimar.




