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Si usted ama el deporte y tuvo oportunidad de ver televisión ayer, pasado el mediodía, seguramente disfrutó de un espectáculo irrepetible. Entienda mucho o poco de rugby, habrá experimentado sensaciones intensas a granel. Todas buenas. Primero, la emoción por una definición a corazón abierto en el partido entre Francia y Escocia, cuyos detalles se pormenorizan en la página 12 y que terminó poniéndoles a los franceses la corona de bicampeones del Seis Naciones. Segundo, justamente, la incertidumbre por las alternativas de ese final, en el que los azules debían sacar una ventaja de 24 puntos para alcanzar el título.
Además de eso, por un par de detalles que reconfortaron desde una nobleza que parece olvidada en otros ámbitos. Cuando se veía a los escoceses porfiar con todo lo que podían y con un hombre menos, para quien está familiarizado con lo que ocurre cotidianemente en el fútbol fue fácil asociar la situación con otras que nos son más cercanas. Irlanda, que había vencido a Italia y discutía el título con los franceses, necesitaba de Escocia; Francia, antes, había necesitado de los italianos. ¿Usted oyó recientemente hablar de incentivación en el caso, como es tan común (y repetido, y agotador) en cierres parecidos en nuestro fútbol?
Pero como estamos tan hechos a vivir entre suspicacias, fue inevitable pensarlo. Cuando uno supuso que sería imposible sacarse la duda, los escoceses se ocuparon de disiparla. Francia ya había conseguido la diferencia que necesitaba, y en un momento el relator deslizó una conjetura premonitoria: "¿Qué pasará si Escocia tiene un penal bajo los palos? ¿Lo juega o patea?" Bien: minutos después los escoceses tuvieron, justamente, dos penales cerca de los palos, muy accesibles. Para sintetizar la situación: si elegían patearlos, seguramente convertirían; los tres puntos no les servirían de mucho, pero sí perjudicaban fatalmente a los franceses. Escocia eligió el camino difícil y jugó la pelota, atendiendo a lo que era mejor para su juego. Imposible pensar en incentivación, a esas alturas.
Por si era poco, más tarde hubo un corte en la transmisión de TV justo cuando un francés estaba a medio metro del in-goal, como para agregar más emoción; la imagen volvió cuando se decidía sobre un supuesto try francés, que las repeticiones posteriores no dejaron del todo claro. El destino del juego estaba en manos exclusivas de un hombre: el TMO (Television Match Official), encargado de determinar qué ocurre en jugadas poco claras, ayudado por la TV. Este hombre, ayer, era un tal Simon McDowell, y convalidó el try. Es irlandés. Suficiente y sobrado para que desde otros deportes se sienta una envidia muy justificada.


