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Fundados con un año y medio de diferencia, La Plata Rugby Club y el San Isidro Club, rivales pasado mañana en una inédita final del URBA Top 14, tienen, entre tantas historias que los identifican con la pasión por este juego, una que de alguna manera los une: sus antepasados con el fútbol y el alejamiento cuando la redonda se pasó del amateurismo al profesionalismo.
El traspaso de La Plata RC fue más directo, porque el 20 de marzo de 1934 terminó de desprenderse de Gimnasia y Esgrima de La Plata. El SIC, en cambio, se creó el 14 de diciembre de 1935, forjado por hombres que unos pocos años antes habían vivido el alejamiento del CASI de los campeonatos de fútbol de la era amateur en la Argentina.
La leyenda del SIC es bien conocida. De cómo un grupo de socios se marchó del CASI y de cómo construyó, especialmente a partir del comienzo de la década del 70, una historia rica como pocas en lo deportivo y en un estilo de llevar adelante su rugby. Por algo, el sábado irá por su vigésimo cuarto título. Y no llevará sólo a la primera división a la súper jornada de definiciones de la URBA, sino que instaló allí a otros cinco equipos (intermedia, preintermedia A y B, los menores de 22 y los menores de 19, que cayeron ante San Luis).
La Plata, que por primera vez accede al partido cumbre del Top 14 justo en el año en que las finales se trasladaron a su casa de Gonnet, archiva un solo título en Buenos Aires (1995) y otro en el Nacional de Clubes de 2007 (también ganó la Copa Federal, en 1998), pero su rica historia va mucho más allá de sus resultados deportivos. Desde aquellos comienzos en el Bosque de Gimnasia y Esgrima hasta la mudanza definitiva en 1960 a Gonnet, un espacio de 16 hectáreas que alberga a unos 1500 socios.
En el libro Los canarios vuelan alto, escrito por Jorge Cafasso, quien vivió el club como jugador, entrenador y dirigente (también fue presidente de la URBA), se puede apreciar el largo, duro y apasionado recorrido que a través de sus 77 años realizó La Plata Rugby Club, que hoy es uno de los clubes de Buenos Aires con mayor cantidad de jugadores.
Así, aparece el causal del amarillo de su camiseta, que guarda dos versiones. Una, que en aquel 1934 significaba el teñido más económico para reemplazar al blanco con rayas azules de la que llevaba cuando jugaba al rugby como Gimnasia y Esgrima de La Plata. La otra, que en esa época estaban más disponibles para comprar la de los arqueros de fútbol, que actuaban con ese color. ¿Y el apodo de Canarios? De una crónica del diario Buenos Aires Herald, que los llamó "The canarys".
En ese recorrido, hubo tiempos en los que los equipos de la Capital Federal preferían no viajar hasta La Plata, como también el agujero que provocó la sangrienta década del 70, con decenas de jugadores asesinados por la Triple A y desaparecidos por la dictadura. Ese club, que fue tildado de "escuela de guerrilleros", tuvo memoria para recordarlos años después.
Y entre tantos partidos, hubo uno bastante especial. El que en 1989 selló el ascenso definitivo. En Manuel Gonnet, lo ganó con un drop del octavo Julio Brolese en los últimos minutos. Aquel día, en un partido por la Reubicación, el rival fue el San Isidro Club.


