

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.

Nunca corrí más de 20 kilómetros. Nunca corrí más de dos días seguidos. Nunca corrí a más de 2.500 metros de altura. Estoy por correr el Raid de los Andes: 58,6 kilómetros en tres días consecutivos, con el objetivo puesto en un desierto de sal a 3.450 metros.
Cubrir una carrera desde fuera es recibir respuestas seriadas y difusas, que casi siempre pivotan sobre los conceptos de desafío y autosuperación. Los runners corren para sentirse bien, pero también para contar que lo hicieron. Correr no es tan bueno como haber corrido.
Estoy por cubrir el Raid de los Andes y esta vez quiero más que palabras de autoayuda. Quiero la medalla. Hay cierta vanidad y vértigo en la idea de hacer algo que me supera.
Crecí en la Patagonia. Hice muchos trekkings de montaña, pero soy un corredor de calle. Un aficionado. Desde 2011 doy vueltas a los perímetros de Parque Centenario y Agronomía: enclaves para solitarios, parejas y running teams, los semiatletas que socializaron la imposición de una vida saludable.
Llevo nueve carreras de 10K, la distancia al alcance de casi todos, la que no necesita una preparación a conciencia cuando tu objetivo es solo llegar. Pero a medida que sumás kilómetros, tu objetivo no es solo llegar, querés bajar los tiempos. Lo conseguí en las últimas cuatro. Estoy aprendiendo cómo y cuándo exigirles un poco más a las piernas. Todavía busco que la cabeza no se adelante.
Aunque no practiquen otro deporte, los runners dicen que "entrenan". A mí me da pudor. Yo corro. Un par de vueltas semanales a Agronomía, 4.800 metros un poco ruidosos y un poco agrestes: las rectas largas de Chorroarín y Beiró, las casas misteriosas de Tinogasta, las llamas porteñizadas de la Facultad de Veterinaria.
Lindo pero insuficiente: necesito un plan para resistir, una clave para no sucumbir a la altura. Cuando falta un mes para la carrera, llamo a Carolina Rossi: atleta, entrenadora y amiga de la casa. "El Raid es la carrera más linda del mundo", me entusiasma. Ella, por supuesto, se lo está tomando en serio. En equipo con Vanesa Maraquia, incorporó a su esquema de entrenamiento dos días de trabajo de cuestas. Pasará la semana previa a 2.280 metros, en el Centro de Alto Rendimiento Deportivo de Cachi, una fortaleza de concentración con pista de tartán, circuitos de montaña y pileta climatizada. Acostumbrada a las 180 pulsaciones por minuto, sabe que el último día en las Salinas Grandes no pasará las 160. "Como entra menos aire, los músculos no te permiten levantar las piernas. Las sentís adoquinadas", me avisa.
Carolina escucha mis antecedentes y mis pretensiones. Suena realista: tengo que entrenar mucho más, pero no tengo que quemarme. "Si lo hacés tipo trekking es muy disfrutable igual", se compadece. Aunque la ecuación es compleja, me ayuda con el plan de contingencia: hay que sumar kilómetros. Decido salir a la calle día por medio. Un día de trote fuerte, otro con foco en los desniveles, otro combinado. El objetivo es acercarse a los 20K por salida. Más de lo que puedo, menos de lo que necesito.
Durante la primera semana, llego a los 12,8K en noventa minutos. Cruzo varias veces el puente de las vías, corro bajo una tormenta, me duelen las articulaciones. En el medio voy a la Fila Race, que convoca a 10.000 personas en Puerto Madero. El ritual de lo habitual: dos kilómetros esquivando gente, seis de silencio masivo y respiración acompasada, dos de pelea contra la ansiedad. Clavo 0:49. Tres minutos debajo de mi mejor marca. El entrenamiento estiró el umbral.
En la tercera semana llego a los 15K en noventa minutos. En la cuarta voy por más tiempo, más distancia, más resistencia. Sé que las piernas me van a pedir algo a cambio y me concentro en un tranco lento. Siento los tendones como sogas viejas, pero alcanzo los 19,2K en 130 minutos. Cumplo el objetivo en la última semana: 20,8K en 150 minutos. Vislumbro el estado que nombran los creyentes: la cabeza se cansa más que el cuerpo, siempre se puede seguir un poco más. Termino cruzando el puente cuarenta veces. Pienso que es una buena medida. Estoy equivocado.
El Boeing 737 está completo: señoras de cuatro décadas bien llevadas y hombres con medias de compresión que dejan intactos sus snacks grasos. El comandante es un personaje que hace voces y mete fichas desde Aeroparque: "Un saludo especial a los participantes del Raid de los Andes. ¡Que lleguen a la meta!". Hay aplausos.
En el Teatro Provincial de Salta, un dron sobrevuela a 1.600 personas excitadísimas que escuchan la charla técnica de Sebastián Tagle, creador del Club de Corredores y hombre fuerte de la actividad: "La carrera está hecha para mirar alrededor. No se fijen en los tiempos. Disfruten". Es un hombre con fama de duro, acaso tímido. A veces, candoroso: "Los últimos años nos dieron una alegría: no tuvimos gente desvanecida". Nos pide que nos hidratemos, que bajemos el ritmo en la altura, que respetemos la cultura y el entorno. Después de la charla emerge un grupo de baile y folclore. Un cierre inesperado: runners y collas mancomunados sobre el escenario.
En la mañana del 8 de mayo, el circo de micros, autobombas y camiones de la organización bordea las vías del Tren a las Nubes. Cuando la bruma se disipa, la sierra recorta un perfil inolvidable sobre el cielo de la mañana. Me encuentro con Carolina al lado de la largada, en la estación Chorrillos. Está radiante. Da unas últimas indicaciones a sus alumnos mientras come unas almohaditas crujientes, fibrosas y livianas como ella. Buscamos la meta.
Arrancamos precavidos, buscando el ritmo, adaptándonos a la huella estrecha entre las vías. Paso a varios corredores. Me sorprendo con algunos sobrepesos, con respiraciones agitadas prematuramente. Pero también me pasan. Algunos con una energía obscena: sus pies tocan el suelo y rebotan hasta la cadera. Hombres y mujeres con gemelos que envidiarían los Barros Schelotto. Noto la influencia de los entrenadores, el espíritu de cuerpo de los running teams.
Después del primer puesto de hidratación -agua, bebida vitamínica, frutas y cereales-, empieza el momento Walking Dead: una cuesta inesperada y salvaje, plantas espinosas que me dejan la mano ensangrentada. Corredores que emergen del abismo como zombis sin aliento para internarse en un túnel de quinientos metros a oscuras. Cuando el camino vuelve a su cauce, me amigo con el ripio. Consigo un buen ritmo, un rebote armónico. "Miralo al flaco, es un pluma", comenta un corredor. Me siento un poco eufórico, como si la clorofila de los árboles transmutara en aminoácidos para las piernas.
Bajo el ritmo en los últimos 4K. "¡Vamos, capo, que nos espera un asadito!", me alienta un corredor. Siete palabras mágicas que activan la región cerebral del asadito, la de los vacíos crocantes que vienen hacia mí. Voy a su ritmo, y más temprano que tarde, diviso el arco anaranjado, la tierra prometida. Termino los 26K en 2:43. Jorge García, el ganador, llegó hace una hora.
En Campo Quijano, quinientas carpas esperan a los que no reservaron hotel. La vida vuelve a la normalidad. O algo parecido. Un padre le enseña a elongar a una nena que apenas camina. Cada cinco metros hay un enchufe para cargar el GPS. Mientras los corredores van por sus proteínas y por sus hidratos, el SAME ya atendió 31 contusiones, torceduras, esguinces y a uno que imploraba por inyecciones en la rodilla para poder seguir mañana. A mí me toca descanso en el hotel. No muevo las piernas un micrómetro.
Después del primer puesto de hidratación -agua, bebida vitamínica, frutas y cereales-, empieza el momento Walking Dead: una cuesta inesperada y salvaje. Corredores que emergen del abismo como zombis sin aliento.

La única sombra de Tumbaya está en la iglesia Nuestra Señora de los Dolores, donde algunos corredores se desnudan para cambiarse y otros rezan por lo que viene. En la plaza suena la "Marcha de San Lorenzo" y vuelan los selfie sticks. Cantamos el himno y nos declaran visitantes ilustres. Somos artífices de la actividad deportiva, dice la funcionaria que lee el decreto.
En fila india, llevamos cuatro kilómetros subiendo una pendiente leve pero obstinada dentro de la Quebrada de Humahuaca. Ayer fue casi todo bajada, hoy es casi todo subida. Casi se pueden oír los cálculos mentales, las carreras internas. El primer desnivel fuerte nos hace caminar a todos y marca el ritmo del sábado: 70% caminata, 30% running. Paso a una pareja: ella va atada a él. Paso a un señor de rumbo errático: vomita y sigue como si nada.
Una subida sucede a otra, que es la previa de una más fuerte. Cuando despegamos la vista del suelo, se abre un horizonte de espectacularidad, una sucesión de minerales rojos y verdes en ángulos furiosos estallando en la retina. Algunos paran a sacar fotos, otros lanzan un "guau" fugaz antes de concentrarse de nuevo en la pisada. Otros seguimos caminando, temerosos de que parar sea el paso anterior al abandono. La cuesta no termina más: una etapa matadora, con 21,8K y 1.090 metros de ascenso acumulado.
El tiempo es relativo. Sin reloj, ni GPS ni celular, no tengo idea de cuánto falta. Cuando por fin empieza la bajada, el camino se estrecha por un cañadón. Unas vacas se refugian a la sombra. Las envidio. Un corredor se toma la pierna con miedo y resignación. Se niega a que lo ayude. Con el último resto, ensayo un último trote. Las familias de Purmamarca salieron a la calle. Su aliento me acerca a la meta. Termino en 3:43. En el almuerzo veo a Carolina, fresca y liviana. Hizo 2:54. "Nada que ver con el primer día, ¿viste?".
Dejamos Purmamarca por la Cuesta de Lipán, condensación perfecta de toda la belleza del norte argentino. Después del camino magnético y serpenteante, una franja pálida se va convirtiendo en un mar inmaculado, en la esperanza de un nirvana blanco, de sal. Las comunidades que viven de la cosecha nos dejaron cerrar acá. A cambio, venden medias y gorros de lana, letras y llamitas de sal.
Es raro pisar la salina, su trama crujiente dividida en pentágonos, como si hubieran aplanado la pelota de fútbol más grande del universo. Los runners lucen preocupados. Los impregna una psicosis leve. Si la pelota no dobla, ¿qué nos espera al resto? En los primeros quinientos metrosya hay diagnósticos en tiempo real: "me falta el aire", "me quedo sin piernas". Pasan los minutos y el silencio nos va ganando: el ruido blanco de una manada homogénea con un objetivo urgente. Los equipos se sostienen por las correas de la mochila. "¡Vamos que falta poco para llegar a casa!", grita un optimista.
Después del ascenso matador del sábado, vuelvo a sentirme entero. Los 10K son lo mío. Voy a buen ritmo, aunque algo tenso. No me duele la cabeza, aunque estoy apretando los puños. Ahí está el arco. Se agranda de a poco, demasiado poco. Voy por el sprint final: un kilómetro donde paso a una decena de corredores. El escalofrío sube de los gemelos a la sien. Cruzo la meta, miro el cronómetro y me doy por satisfecho: 10,8K en 1:04. Carolina, que gana su categoría con 1:01, también se sorprende: "¡Hay talento ahí, eh!". Con 7:31, ocupo el puesto 383 entre 1.092 clasificados. Quedaron quinientos en el camino.
Después de la línea de meta, más selfies, más abrazos, más mareos: la carpa del SAME no para de darles oxígeno a los caídos con mal de altura. Ahora escucho los llantos: los de alegría por haber llegado, los de frustración por no haber llegado a tiempo. Justo acá, donde el espacio es tan vasto y el tiempo es tan relativo.
Nota publicada en la revista Brando.


