De crónicas, sueños y renaceres

Tras meses de entrenamiento, Manuel Ochandio, todavía envuelto por la euforia de su logro, relata su primer maratón
(0)
9 de noviembre de 2015  • 17:31

Crédito: SoyFinisher.com

Todavía con la euforia de sentir haber realizado una gran gesta, de haber logrado algo épico como dijo mi tío, siento las ganas de compartirlo con ustedes. Así que estimado lector si tiene ganas y tiempo lo invito a que se tome unos minutos y lea estas líneas que ni más ni menos tratan de la vida misma...

No sé cuándo fue exactamente, no sé en qué momento. Pero desde que tengo uso de razón, recuerdo que mi sueño era ser deportista. Lo deseaba con todas mis ganas. Era lo que quería ser de grande. No me importaba otra cosa. Ser Ricardo Bochini, Marcelo Milanesio, Miguel Cortijo, Guillermo Vilas, Ayrton Senna. No importaba. Quería ser deportista…Fueron pasando los años, y sin querer, en silencio y sin compartirlo con nadie, lo intenté. De una y mil formas. Básquet, fútbol, voley, tenis, y varios más. Cuando digo varios es porque fueron muchas disciplinas más, pero el físico y la genética no fueron bondadosos conmigo. A decir verdad, en ninguna me destaqué. Pero siempre lo intenté. Hasta llegar a autoganarme el titulo de multideportista frustrado.

Tampoco recuerdo cuándo fue exactamente el día en que decidí que iba a correr un maratón, pero lo que sí recuerdo es que en mi cabeza siempre estuvieron las ganas. Como un deseo inconfesable. Esas ganas de saber de qué se trataba. Ese fuego sagrado estaba ahí, las ganas de desafiar a la madre de todas las distancias, de buscar el límite propio, de llevar el cuerpo al máximo esfuerzo; de hacer algo que mi cuerpo no nació para hacer y que a lo largo de mi vida me lo había hecho saber una y mil veces. En definitiva, tratar de ser un deportista amateur era la ultima esperanza.

Y así, sin querer la idea fue tomando forma. Pasaron los meses y los entrenamiento, primero. Llegaron las carreras de 10k, 15k, sintiéndome cada vez mejor. Lo que fue en un momento salir a trotar de manera anárquica para exorcizar mi alma se trasformó en una disciplina controlada y planificada. Eso hizo que después llegara el momento del equipo y sin darme cuenta tenia un entrenador (Nicolás), un profe (Cris), un médico Deportólogo (Eduardo), familia y amigos que me ayudaron y ayudan día a día, carrera a carrera. Por eso, sin darme cuenta, la idea empezó a tomar forma y cuando menos lo pensé estaba subido a este barco que es correr un maratón. Porque para aquellos que no están muy cerca a esta actividad que es correr (¡No soy runner, simplemente corro!) hay un momento en que sí o sí necesitás estar ordenado, ahí en donde el orden, la constancia y disciplina se vuelven fundamentales.

Lejos quedó aquel carnaval de Lincoln, día del nuevo debut en las carreras de 10k, donde llegué último. Creo fue en aquella Media Maratón de Buenos Aires 2014 la que me hizo creer que por ahí este cuerpo podía llegar a viajar 42.195 metros. También fueron esas palabras de Nico en la We Run Buenos Aires, donde en los metros finales me inyectó una frase que suelo repetir: "Pensá en octubre". Porque después de esas palabras, siento y creo que el fuego sagrado explotó. Ya no había vuelta atrás y me prometí ir hacia octubre a cumplir un sueño. A cumplir mi sueño.

Y octubre llegó. Con todo lo que eso implica.

La semana previa fue una semana especialmente larga. Después de tantos días de entrenamientos duros, de fondos de más de 20 km, cuestas y de pasadas largas que cada vez se hacían sentir más, estar trotando suavecito era raro, muy raro. Semana previa de mirar el pronóstico que indicaba lluvia para el domingo. Ese era el comentario de la familia. Mientras ellos hablaban de lluvia, yo pensaba e intentaba recodar cuántos entrenamientos con lluvia hice. Si había que correr con agua, no había problema. Eso también lo había entrenado.

Sin darnos cuenta llego el sábado y a la tarde con solcito salimos con mi compañera de viaje (sin ella nada es posible) para la Expo Arnet de Buenos Aires a retirar la remera, el chip y las enormes ilusiones. Después, con el previo plato de fideos bien abundante, nos fuimos a descansar. ¿Descansar? Eso es una forma de decir. Creo que nos dormimos pasada las 3 de la madrugada para estar arriba a las 5.30 para seguir cargando las reservas con un generoso desayuno Y allá fuimos. Por suerte llegamos temprano al lugar de la largada,

La mañana del domingo 11 de octubre de 2015, Buenos Aires nos regalaba un día para correr perfecto, ideal, pleno. Hasta diría que el día era soñado. En realidad si llovía a mares igualmente hubiera dicho que el día era soñado también porque realmente lo era ya que para correr un maratón primero hay que soñarlo.

Todo listo... llegó Gus. Abrazos, saludos, nervios... Un te amo para ella y la frenética cuenta regresiva. Ahí vamos. Pasamos el arco. De pronto me doy cuenta que estaba corriendo.

Me dijeron el maratón es como la vida misma y ya en los primeros metros de carrera me di cuenta que esto se trataba de otra cosa. Muy distintos a las carreras de menor distancia que luego de la cuenta regresiva, los participantes salen desbocados. Acá, en general, se observaba otra cosa. Parecía que estaba haciendo tablas con Kasparov. Se notaba que había mucha estrategia. Casi todos a paso firme y constante. Yo, por lo pronto, me concentré en mis sensaciones, mirando el sol, la Av. Figueroa Alcorta, el Planetario... Sin darme cuenta llegamos al km 5 disfrutándolo. Las sensaciones eran inmejorables. Pasar por la Facultad de Derecho, llegar a la subida de Pellegrini, meterme en la Av. 9 de Julio, la sonrisa en mi cara no se me iba. Pasamos por el km 9 y mi primer chequeo interno. Me pregunté cómo iba. Sin titubear me respondí: "Feliz". Sentía las piernas fuertes. El ritmo era el deseado. Llegamos al Obelisco, digo llegamos porque éramos una masa que iba hacia adelante, y la euforia continuaba. El descenso hacia el Bajo hace que acelere el paso y el reloj me lo advierte. Ahí pensé por primera vez: "Aflojá que lo pagás arriba". Así que volvimos a ponernos en velocidad crucero. Por el km 11 me quedé metido en un pelotón de 4 amigos que iban charlando. Un grupo que al terminar saludé y agradecí la compañía por el viaje. Por eso, aproveché y me sumé a ellos. Sirvió para que sin darme cuenta llegara a La Boca, después el km 20 y un nuevo chequeo interno. Seguía pleno. Continuamos con el grupo hasta entrar a Puerto Madero. En el km 25 todo estaba controlado, disfrutando el paseo por Buenos Aires. Cuando me quise acordar llegamos al km 30...al tan mediatizado MURO…y sin darme cuenta ya estaba pasando el km 33 con las piernas algo pesadas pero sin dolores. La zona del puerto de Buenos Aires es sin dudas la más fea de todo el recorrido. Y digo fea porque no hay gente que te aliente, el espacio para correr es muy grande y da la sensación de estar corriendo sólo y es justo en el momento que los que saben dicen que arranca la carrera. Ahí, en el km 35 es el momento en que los kilómetros se hacen de chicle. Es el momento en que el reloj deja atrás a la velocidad crucero para pasar a una velocidad de subsistencia. Hago un intento de regresar al ritmo buscado, lejos de lograrlo voy más lento y llego al cartel del km 36.

Había escuchado muchas veces que un maratón se corre 30 km con las piernas, 10 con la cabeza y los 2 finales con el corazón. En el km 36 lo entendí. Como quien no quiere las cosas dejé de sentir las piernas. Es decir yo veía mis piernas, pero nada más. No tenia dolor, pero no encontraba respuestas. Me movían por inercia. Entonces, ahí fue meter la cabeza de lleno en la carrera. Ya no hubo tiempo para ver el recorrido. Era tiempo de sólo pensar en llegar, pensar en no aflojar para llegar donde estaba Matías, un amigazo me había dicho que iba a estar alrededor del 37 para transformarse en liebre. En realidad quería verlo para que se transformara en un verdadero remolcador. Y allá enfrente estaban Matías y Cari. La alegría de verlos era enorme. porque correr solo tampoco está bueno. Para el que piensa que correr es un actividad solitaria, no sabe lo lejos que está de serlo. Correr es una de las actividades más solidarias y menos egoísta que conozco, sino cómo se explica que una persona con su mujer vayan a las 7 de mañana a la zona del puerto de Buenos Aires a ayudar a un loco que a esa altura estaba casi arrastrándose.

Al ver a los chicos me llené de energía. Si bien el ritmo no pudo ser el buscado, pude mantener el que venía haciendo el último tramo de la carrera. Llegamos al km 39 y el recorrido ya es otra cosa. Vuelve a haber mucha gente y el aliento de los desconocidos ayudan y mucho. Maty seguía empujando, pero mis piernas desde hacía rato que no querían más. Y ahí no sé cómo explicarlo, pero juro que lo sentí. Sentís como todo tu cuerpo empuja para adelante. Sentís los latidos de tu corazón. Sentís el aire en la cara. ¡Lo sentís! Sentís que vas a llegar, que tu corazón va a hacer que llegues, porque lo deseaste, porque lo querés…porque estás físicamente agotado, pero con el corazón más fuerte que nunca. Sentís que corres desnudo, con el corazón en la mano, sentís que eso sos vos. Un cuerpo frágil y roto empujado por el corazón. Ahí aparecen increíblemente imágenes como flashes. Aparece cuando jugaba a la agarrada en el patio de la mi querida Escuela N° 8. Y ahí estoy en las pretemporadas con los chicos de Quilmes. Y recuerdo las primeras carreras allá por el año 2000 con el Vasco. Me acuerdo de las horas y horas de trotes en el bosque platense. Y ahí entendí que terminar la carrera sería lograr lo que siempre quise. Ser un deportista... amateur, aficionado o loco. No lo sé, pero llegar sería y es cumplir un sueño, un anhelo que internamente tengo desde siempre. Por eso no podía aflojar. Por eso no aflojé. Y me acuerdo de todos los amigos, conocidos, compañeros de trabajo que en los últimos días tiraron buena energía y me alentaron para corriera. Y veo el Km 41, ahí sólo pienso que voy a llegar. Ni pienso en el tiempo buscado. Tampoco en el ritmo deseado. Sé fervientemente que voy a llegar. Me siento agotado y escucho el "huevo rojo", "vamos vamos", de Maty ….Sólo pienso en estar con Luli cuando llegue, en el abrazo que le voy a pegar a Gustavo, en los ojos de mi vieja que desde Tresa, imagino estará sufriendo. Y, de repente, totalmente cansado, exhausto, vacío el pecho estalla de alegría. Indescriptiblemente se infla. Es mi alma que se hace cargo y me lleva hasta el km 42 con una felicidad difícil de explicar. Ahí Nicolás, otro fenómeno que me regalaron las carreras. Él me alienta como si fuera el mejor corredor del mundo y estuviera por ganarle al mejor keniata. Y me pasa los colores de mi sangre, de mi corazón. Llegue, llegamos todos. Nunca corrí solo. Fue siempre en compañía de la gente que quiero, gracias a ellos pude terminar. Veo el arco y siento que muero. Cruzo la llegada y vuelvo a comprender que corrí 30 km con las piernas, 8 con la cabeza, 4 con el corazón y 195 metros con el alma. Sin dudas, la distancia perfecta después de 3h54m. Siento que volví a nacer.. Desde ek 11 de octubr soy maratonista. Deportivamente, el título que más soñé, el que más desée, el que más disfruto y el titulo del cual más orgulloso me siento.

Sólo quedaban los abrazos, los mates y el relato con la gente querida. Todo, bajo un sol radiante para un día épico. Porque lo importante era eso, compartir el logro de todos. Pasados los días, un poco más recuperado del esfuerzo, pienso cómo no volver a hacerlo, cómo no repetirlo si durante 42.195 metros me sentí vivo.

Manuel Ochandio tiene 35 años y es abogado.

MÁS LEÍDAS DE Deportes

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.