Doping, una herida que está lejos de cerrar

Atletas, ex atletas y protagonistas de los mundiales de atletismo están en el ojo de la tormenta a partir de la denuncia de un diario inglés; la IAAF confirmó algunos casos y promete ir a fondo; una novela que recién comienza
Jorge Blanco
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18 de agosto de 2015  • 17:41

El 11 de agosto, la IAFF firmó un comunicado en el que, intentando frenar la estampida que ha provocado la denuncia del Sunday Times por 800 posibles casos de dopaje (la Federación Británica dice que son 1500), acusa formalmente de doping a 28 atletas, aunque tampoco revela sus nombres. El escenario de los delitos, agrega la IAAF, fueron los mundiales de Helsinki, en 2005, y Osaka (2007). El Sunday Times, sin embargo va más allá y, entre los 800 casos revela los apelidos Tomashova, Soboleva y Yegorova como foco de los supuestos casos de doping. Las tres atletas rusas, presentes en Helsinki 2005, son apenas la punta de lanza de una federación que viene siendo centro del escándalo desde hace mucho tiempo, una polémica que empezó en 2014 con la implicación de la fondista Liliya Shobukhova, una de las mejores maratonistas europeas. Finalmente, Shobukhova fue encontrada culpable por la IAFF, que le quitó sus títulos en Chicago (2009, 2010, 2011) y la suspendió por 8 años.

En la tierra de Putin, el hombre de hierro que preside un país en el que la corrupción es moneda común y la misoginia sigue siendo un eje de la política interior, el dopaje parece haber sido consentido no sólo por la esfera política del Kremlin, sino también por la RUSADA, Agencia Rusa Antidopaje. Allí, además, se está preparando el Mundial de fútbol 2018, que casualmente ha sido blanco de infinidades de sospechas y acusaciones en el escándalo mundial FIFA. Coimas, denuncias por malversación de fondos, lavado de dinero y consecuencias devastadoras para la mano de obra son sólo algunas de esas denuncias.

Casualidad o no, el dopaje y la connivencia con el organismo que, en teoría, debe bregar por el deporte limpio (IAAF), también son parte de un país envuelto sospechas. FIFA y IAAF, por caso, son parte de lo mismo. A una gestión tan corrupta como la de Joseph Blatter en FIFA, la IAAF no se le queda atrás. Su presidente, Lamine Diack, simplemente se "burló" de las denuncias del Sunday. Ese episodio, consumado como un manotazo de ahogado frente al destape, es tan sólo uno de los últimos de una cadena que lo envuelve en decisiones turbulentas. La protección frente a los antecedentes de dopados como Justin Gatlin, Tyson Gay o Asafa Powell, por nombrar los más conocidos, a la sospechosa designación del Mundial de Atletismo de Qatar, uno de los paraísos de los petrodólares. Ni la IAAF ni Diack lograron dar suficientes explicaciones de dónde salió el dinero para realizar un mundial en una plaza con calores por encima de los 45 grados y poca tradición atlética, a no ser por la Diamond League que se disputa anualmente en mayo. Frente a las acusaciones de corrupción, la IAAF sin embargo no tuvo mejor idea que remediar el supuesto error designando a dedo a Eugene, Oregón, como la sede del mundial siguiente a Doha, en 2022. Claro que Hayward Field –y Nike- era la principal competidora en la designación original de Qatar, por lo que el mandatario no pudo resistirse a la presión, que no se sabrá de qué tipo fue.

A la denuncia del Sunday Times, en colaboración con el grupo de medios británico AMR, se le suma la presunción de dopaje de maratonistas de fuste que ganaron o participaron de las World Marathon Majors (Nueva York, Boston, Londres, Berlin, Tokyo y Chicago). La denuncia detalla que, en total, más de 32 ganadores de las WMM durante los últimos 12 años, muestran en sus análisis de sangre altas probabilidades de haber incurrido en dopaje, aunque la publicación todavía no ha dado a conocer los nombres. El director del maratón de Londres, ganado en 2015 por Eliud Kipchoge (también victorioso en Chicago 2014), declaró que "está preocupado" por el informe, y que "El Maratón de Londres aplicará tolerancia cero frente a los casos de dopaje y los atletas involucrados". Si bien los directores de carrera, siquiera sus organizaciones, no deben ocuparse por la limpieza de los resultados, inevitablemente son cómplices directos o indirectos de las entidades que sí deben regular la actividad: AMA (Agencia Mundial Antidopaje), las federaciones de cada país y finalmente la IAAF. El caso más representativo es el de Rita Jeptoo, que ganó tanto en Boston como en Chicago en las ediciones 2013 y 2014, y que meses después de haber retenido el título en Grant Park, fue despojada de sus victorias a partir de muestras de sangre A y B que confirmaban el consumo de EPO, y que le valieron portadas en tabloides británicos, americanos y una verdadera conmoción en su país.

El enrenador Alberto Salazar, uno de los apuntados, y sus dos pupilos Mo Farah y Gallen Rupp
El enrenador Alberto Salazar, uno de los apuntados, y sus dos pupilos Mo Farah y Gallen Rupp Fuente: Reuters

Mo Farah, salpicado en el escándalo de Alberto Salazar luego de la denuncia de ProPública y la BBC ( ver nota Historias Cruzadas: Alberto Salazar ), es uno de los atletas que acordó con el Sunday publicar sus análisis de sangre (más de 270), como muestra de limpieza frente a las acusaciones por faltar a dos controles. La USADA, que si bien no intervino directamente en el caso Farah pero sí está yendo a fondo (al menos en teoría) con Alberto Salazar y Galen Rupp, dijo, después de entrevistar por más de dos horas a Mo en Londres, que el somalí no ha dado muestras de incurrir en dopaje, y que siempre ha estado en permanente colaboración para someterse a distintos análisis. El factor show, inevitablemente, se mete de lleno en la ronda de peleas. Salazar es, no por poco, el entrenador más polémico del mundo. Y el más odiado también. Una versión superada de lo que fue como atleta (ganó dos veces en Boston y Nueva York). Detrás está ni más ni menos que Nike y el Oregon Project, un suceso que sacudió los 2000 y que es tan discutido como efectivo. Las denuncias de que Alberto proveyó de sustancias prohibidas a Rupp, salpicaron inevitablemente a Farah y su aparato mediático. La onda expansiva que salió desde Oregon es el tema más comentado, la insignia de un doping todavía no comprobado. Da la sensación que tanto las Agencias como los medios necesitan, de vez en cuando, de chivos expiatorios que más allá de la veracidad de sus casos, sirven para ocultar un problema de fondo que no sólo afecta a estructuras como la de Salazar, sino a federaciones enteras, y que tienen a la IAAF, ni más ni menos, como señalada. El encubrimiento resulta esclarecedor, aunque las intenciones por salvar el pellejo, por parte de la misma Federación Internacional de Atletismo y las Agencias de Doping de cada país, lleguen siempre demasiado tarde.

Semejante convivencia pareciera tener una cruel lógica en los tiempos de hoy para el atletismo y el deporte en general, donde lo más importante es un triunfo, una marca, un WR, cortar tickets de a miles con tal de ver una carrera entre los mejores del mundo, o las mediciones de rating frente a monstruos del deporte. Poco importa el camino que recorran hacia eso, es más fácil hacer un mea culpa tardío cuando mucho tiempo después la verdad sale a la luz. Le pasó a Armstrong, un héroe devenido en villano, un ídolo en caída libre que, enjuiciado por los mismos que usufructuaban de su imagen, hoy es el puntapié que permite destapar otros casos similares o peores.

A propósito de monstruos, Robert Harting, el lanzador de bala alemán, clamó frente a la IAAF que "No quiere competir frente a monstruos". La federación internacional prometió resguardar a Harting y a otros como él en el Mundial de Beijing (que se disputará en algunas semanas) y en Río 2016, alegando que allí "No habrá lugar para tramposos". El lanzador, casualmente, en 2014 había renunciado al premio "Atleta del año" que otorga la IAAF, ya que no estaba de acuerdo con la precandidatura de Justin Gatlin. Mientras, los implicados, que cruzaron la delgada línea entre inocentes y culpables, hoy están frente a una caza mediática que resulta demasiado tarde. Si hubiesen sido reeducados en su momento, apartados y sin ningún tipo encubrimiento, hoy reforzaríamos sus proezas y medallas. Pero no: es demasiado tarde. Para ellos, para la IAAF y para el deporte.

Caso Silva y la sospecha argentina

El dopaje también ha dicho presente en los Juegos Panamericanos de Toronto, disputados el pasado mes de julio. Andrés Silva, velocista uruguayo y uno de los mejores del continente, está sospechado de haber consumido 6OXO , una sustancia prohibida que el atleta consumió, según sus declaraciones, "sin tener noción", y que se encontraba en un complejo vitamínico. Como la sanción es preventiva, ya que Silva pidió hacerse una muestra B, podrá viajar a Pekín a disputar el Mundial, aunque corre en riesgo, de confirmarse el doping, su participación en Río.

Por el lado argentino, las sospechas más fuertes vinieron por el lado del atleta de elite Mito Guerra, que después de ganar el medio maratón de A Pampa Traviesa, en La Pampa, se resistió durante más de tres horas a hacerse el control antidoping exigido por la CADA. En aquella oportunidad, Guerra se abstuvo de orinar frente a los incesantes reclamos de sus colegas y el público en general. Por regla, cualquier negación por parte del atleta a realizarse un control, da como resultado el doping automático. Si bien tanto la CADA como la Federación Pampeana tiempo después argumentaron que aquel control dio negativo, nunca se mostraron los resultados. Mito Guerra no es la primera vez que estuvo en el centro de los escándalos. Varios de sus colegas, entre ellos Matías Roht y Martín Schiel, lo acusaron indirectamente de estar sucio, mientras que Joaquín Arbe, bicampeón Nacional de Maratón también en La Pampa, desestimó a la Federación Pampeana y se lamentó por la poca rigurosidad del control a Guerra, agregando que no volverá a correr el Campeonato Nacional mientras la sede se mantenga en aquella provincia.

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