El espíritu del maratón en los Trials de Los Angeles

Jorge Blanco
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16 de febrero de 2016  • 00:40

Cuando John Dunham rodó The Spirith of The Marathon, allá por 2007, seguramente habrá soñado con tener una imagen como la que se dio ayer en los Trials de L.A. Amy Cragg, que cuatro años antes se había quedado en las puertas de Londres 2012, ganó la prueba aunque al terminar, lejos de concentrarse en los festejos fue a esperar a su compañera Shalane Flanagan, que luchaba por un tercer puesto y el ticket, como Cragg, para Río 2016. La imagen que se sucedió luego es estremecedora: Shalane Flanagan cruzando la línea de meta con los últimos esfuerzos y derrumbándose en los brazos de su compañera y amiga. Minutos antes, en el kilómetro 40, ya con el calor típico del sur de California en febrero y en las últimas cuestas antes de pasar frente al Staples Center, Flanagan había comenzado a decaer en su ritmo. Cragg, que corrió junto a ella durante toda la carrera, empezó a arengarla para que no se quedase. Shalane, que hasta el momento era segunda, fue sobre pasada por Desiree Linden pero defendió con uñas, dientes y el poco aire que tenía su tercer puesto, el último pasaporte a los juegos de Rio 2016 (clasificaban los tres primeros).

El capítulo de Amy Cragg y Shalane Flanagan en Los Angeles es símbolo del trabajo de equipo dentro de un deporte individual, lo que para muchos es una celebrada contradicción. Ayer, ambas buscaban su pasaporte a Río y la premisa durante toda la carrera fue trabajar juntas para lograrlo. Son memorables las llegadas de atletas en maratón, aunque el trabajo en equipo, durante y después de la carrera, es todo un hallazgo sobre todo en Occidente, donde el espíritu de competir frente a otro está mucho más arraigado. El trabajo de convertirse en gregario en pos de un objetivo está disminuido en los equipos de atletismo de primer nivel, donde en la mayoría de las competencias se premia al atleta pero no al equipo. Una excepción a eso podría ser el atletismo de alto rendimiento universitario, donde los valores aún no fueron exprimidos. En un submundo convulsionado por las marcas, los WR y los PBs a cualquier coste, lo que vimos ayer en Los Angeles es más parecido a la representación del espíritu deportivo y el amalgama con distintas conductas de la nobleza humana, que la competencia entre pares. El mensaje de Jerry Schumacher, el entrenador de ambas en el Bowerman TC, pareció ser ese.

Salazar, enemigo de Schumacher (ambos residen en Portland pero con distintos equipos) es un obsesivo del rendimiento del cuerpo humano y extremadamente competitivo (fue uno de los mejores maratonistas de los 80, ganador en Boston y Nueva York), aunque ayer pareció ordenarle a su pupilo Galen Rupp correr junto a Meb Keflezighi, el maratonista con más experiencia de Estados Unidos. Salazar sabia que un experto en larga distancia como Meb garantizaba el mejor rendimiento de Rupp, lo que sucedió hasta el kilómetro 38, donde Galen finalmente se despegó camino a la victoria. Similar al caso de Cragg-Flanagan fue el trabajo que realizó el prodigio de Alberto Salazar. En 2012, en los 10.00m de Londres 2012, Alberto ordenó a sus dos mejores atletas que corrieran juntos hasta el final, que el objetivo eran las medallas para ambos. Mo Farah y el mismísimo Galen Rupp se tiraron durante toda la carrera y juntos absorbieron a la perfección la presión que todos ejercían sobre Farah. Entre dos es mucho más fácil, dicen. El resultado fue un Oro para Farah y Rupp por sobre los Bekele, Longisiwa y otros de los mejores fondistas africanos. Esas medallas fueron a Inglaterra y Estados Unidos, pero también para el Oregon Project.

Que Amy Cragg y Shalane Flanagan hayan trabajado en equipo en pos de lograr el objetivo de estar en la cita olímpica, no es casualidad. Es en los juegos donde se suprimen los egos y lo que importa, al menos en la teoría, es que un país garantice su estadía en los Juegos y, si se puede, se lleve más cantidad de medallas. Amy Cragg, que se quedó afuera de Londres 2012 por un puesto (fue cuarta en los Trials de Houston), entendió que esta vez no se le podía pasar, pero que no habría sido posible sin la mejor corredora de fondo de su generación, que en los últimos Trials de Texas había sido campeona.

La historia pudo haber sido inversamente proporcional si Shalane Flanagan no apretaba en esos últimos dos kilómetros, con Kara Goucher a un minuto detrás. Segunda maratonista más rápida de la historia después de Deena Kastor, dueña de distintos récords y representante olímpica en muchas oportunidades, ayer Flanagan pareció una atleta común y corriente, diezmada físicamente y posteriormente abrazada a la gloria tan sólo por haber llegado en una prueba difícil que para ella se volvió una batalla época, una descripción multiplicada entre los simples mortales que corremos. Había clasificado a sus terceros Juegos Olímpicos, pero cuando pudo hablar un rato más tarde, lo primero que hizo Shalane fue recordar lo que Amy Cragg significa para ella: Jesus, agradezco a la vida por ella, dijo, como una forma de englobar la ayuda de Amy en carrera, y lo que seguramente haría por ella en la vida. Porque como dice Deena Kastor en el The Spirith of The Marathon, el maratón es como la vida.

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