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Ya puedo ver el arco. Tanto miedo que tenía y fue la carrera más linda que viví. Sigo riéndome. Creo que hice todo el recorrido. Vuelvo a mirar el arco y estiro el paso. Me sale sin pensar, tengo los ojos fijos y entro en esa especie de trance a la que sólo me lleva correr. Derecha, izquierda, derecha, izquierda. Los pies no me piden permiso, andan cada vez más rápido. La gente alrededor desaparece. Hay ruidos, pero tampoco los escucho. Voy totalmente concentrada. Es el tramo final y hago una pasada a 4m20s.
El reloj bajo el arco marca 3h43m. Reacciono, y estallo en una carcajada cómplice conmigo misma. 42,195 km acaban de pasar. Mi primera Maratón Arnet de Buenos Aires. Estoy feliz. Tan feliz que mi emoción se convierte en lágrimas.
Soy una corredora de trail que se animó al cemento. Así me siento. Desde mis primeras carreras, hace cinco años, siempre me aboqué a la aventura. Hice mis 42km, sumé 84 y llegué a los 100km, pero siempre en la montaña. Pensar en 42km de calle me ponía nerviosa. Que la monotonía del paisaje, que el golpeteo constante sobre las articulaciones, que los 30 y el muro. Pero a mitad de año me empezó a rondar la duda. ¿Y si lo intento? ¿Y si me animo?
Habían sido meses de entrenamiento duro, meses de fondos y pasadas para llegar preparada. El día empezó a las 5 puntual. Miraba por la última vez el recorrido cuando sonó el celular. "¡Arriba arriba. Hoy es el gran día!". Mis amigos corredores empezaban a aparecer. El 11 de octubre por fin había llegado.
A las 7.30 salimos por Figueroa Alcorta. Con el conteo inicial, los nervios y las expectativas se hicieron alegría. La alegría de enfrentar mis propios miedos y animarme, la alegría de poder hacer lo que me gusta una vez más.
Salí contenta, buscando los 5m30s que planifiqué. Iba pensando en cuidarme, porque es una carrera larga, porque las distancias se tratan de administrar. Iba por sobre todo tratando de escuchar mi cuerpo, buscando un ritmo parejo, donde los músculos marchen y los pasos se disfruten. Miraba a mí alrededor: la ciudad parecía la misma, pero era otra. El cemento vibraba. Había aplausos, hinchada y aliento desde el km cero. Sonaba música por la calle, la gente seguía apareciendo, me sentía en una fiesta. Una fiesta donde algunos invitados corríamos y otros venían a alentar. Fue llegando al km 3, cuando vi una bici que avanzaba a mi derecha. Un ciclista de campera roja que reconocí al instante. Era Jorge Ojeda, mi entrenador, que me seguía al unísono. Verlo me dio confianza y la tranquilidad de cada entreno. Hablábamos con gestos hasta que en la curva de Sarmiento nos acercamos.
-¿Cómo venís? Estás abajo del ritmo que planeamos.
-Sí. Voy a 5m15s, pero me siento cómoda.
-Ok. Si estás bien seguí así. Pero tranquila, hasta el km 21 regulando. Yo estoy por acá.
Los kilómetros pasaban y Jorgito seguía ahí. Como un soldado firme, como un custodio; filmando, sacando fotos y haciéndome reír. El rojo brillaba: en su campera, en mi remera Correca.

Cruzamos Libertador, 9 de Julio y el Obelisco. Yo avanzaba, sosteniendo el paso y mirando cada detalle alrededor. Los kilómetros pasaban como estaciones donde iba encontrando amigos y gente querida, una y otra vez. Por Plaza de Mayo, el barullo me robó la risa. Ahí estaban los Correcaminos aplaudiendo y cantando, haciendo sonar sus cornetas, con papel picado y no sé cuántas cosas más. Siempre bien arriba, siempre alentando. Se cruzaban turistas que reían, personas que seguían el aplauso. Escuchaba voces que no conocía, pero todas resonaban igual: "Vamos flaca, vos podes", "Fuerza chicos. Queda poco."
El Garmin Foretrex 15 me decía el ritmo, pero las emociones marcaban el paso de mi maratón. Mis amigos corredores se movieron de acá para allá. Pero nada se comparó con ver a mi mamá esperando en varios puntos. Viajó dos horas, con la mano quebrada. Solita agarró el mapa con el recorrido para ver donde esperar. Le dije que no era necesario, pero insistió. Por suerte insistió. Me quedó grabada la expresión de su cara: perdería magia si la trato de describir. Pero la ternura y su apoyo incondicional me acompañaron varios kilómetros.
Soy una corredora de trail. Me gusta la aventura por sus paisajes naturales, por los momentos de intimidad. Nada tenía que ver la maratón con todo eso, no me había equivocado. Pero en cada kilómetro, en cada estación, la calidez de la gente cambiaba el orden de los ladrillos: creaba un paisaje distinto. Un paisaje de caras conocidas e hinchada anónima, donde se festejaba el esfuerzo y me alentaban a ir por más.
En la Boca, las chicanas futboleras se pusieron a la orden del día y Jorgito no paró sobornarme para que cambie de club. Un momento te-rri-ble. Pero que por suerte lo pude superar. ¡Cuántas risas, cuantas anécdotas me llevo en la memoria querido profe!
No sé si habrán sido esas charlas de fútbol, no sé si habrá sido el barrio y la suma de km que me puse sensible. Pero llegando al puente, mis recuerdos se volvieron presente. Aquí y ahora. Por un instante volví a las pistas de patín, a los torneos de domingo. Pasé toda mi infancia sobre ruedas y él siempre estaba conmigo. Me miraba emocionado, con los ojos brillosos y esa mueca en la boca que lo caracterizaba. Hoy eran 42k. Se vino con la boina y el pullover de rombos gris. Se levantó temprano, venía de lejos. "Dejé las ruedas abuelo, ahora soy runner." Me sentí esa nena de 8 años con la misma astucia deportiva. Ya lo sabía. Apagó el pucho y sonrío. Me repitió la frase, esa que me decía antes de salir a pista: "Que la fuerza te acompañe Yasmincita. Que la fuerza te acompañe…". Por un momento me volvió abrazar. Lo sentí ahí, acompañado de nuevo mis desafíos. Alentándome; entre toda la gente, con mis afectos, en mi ciudad, compartiendo mi maratón. Lloro cuando lo escribo, pero en ese kilómetro sentí paz. La paz de haberlo tenido conmigo al menos en esos tiempos.
Las emociones y las risas se mezclaban. Siempre digo que el cansancio también baja las defensas del corazón. Todavía tengo el recuerdo y la sensación constante de reírme. Festejar cada km, seguir cruzando correcaminos y recibir el aliento. El cuerpo sentía el cansancio natural, pero seguía manteniendo el ritmo. Para el 29 km un compañero del team se sumó a correr conmigo. Lo pesado que podía volverse el tramo de las areneras, Alberto lo cubrió con chistes y buen humor.
La maratón, o "el maratón", me encontraba con mi gente. Me hacía sentir la emoción de correr sola, pero estando siempre acompañada. Me daba alegrías anónimas, de personas que desconocía, pero venían a alentar. Quizás las mismas personas que los lunes están de mal humor, esos con los que chocamos en la calle y discutimos por el tráfico. Pero ese domingo la ciudad se vestía de alegría.
Son más de las 10.30. Estoy de nuevo en Palermo. Es el último kilómetro y Jorge me sigue con la bici. No me mintió, toda la carrera estuvo ahí. Toda. Las vallas empiezan a cerrar el paso y se tiene que alejar. Entre las manos lleva la bandera de nuestro Team, Los Correcaminos. Me hace señas para que me acerque. -"Hiciste una excelente carrera. Es tuya." La agarro fuerte, muy fuerte, y río a carcajadas. Mi primera Maratón de Buenos Aires estaba terminando. Todo había sido excepcional.
Yasmin Jalil tiene 27 años y es Lic. en Relaciones Públicas. Corre hace 5 con el Team Correcaminos, pero hace deportes desde los 6.

