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Crucé la llegada. 42,195 km recorridos desde la largada en Praça do Pontal a las 7.30 hasta Aterro do Flamengo. Hace once años que vengo a Río de Janeiro por turismo y en alguna ocasión por asuntos académicos, pero era la primera vez que corría esta tradicional prueba que festejaba el 450 aniversario de la Cidade Maravillosa. Río es Río, y la Maratona también.
Para mí además el desafío era grande. No sólo porque como buen patagónico estoy acostumbrado a entrenar sin humedad y por lógica a bajas temperaturas, sino porque lo hago habitualmente en trail por lo que la carrera comenzó con mi entrenador hace muchos meses.
Más allá de la impecable infraestructura que tiene esta ciudad que recibe a millones de turistas año a año, el Centro de Convenciones -pegado a la Sede administrativa de los próximos Juegos Olímpicos de 2016- fue el lugar donde se entregaron los kits de carrera.
A las 3.45 horas sonó el despertador. Luego de varios días de carga de hidratos (¡basta por favor!) para armar un buen desayuno y arrancar al punto de partida en taxi. La largada es en el mismo lugar que el de llegada donde se monta el campamento base de la Maratona. Allí, desde donde salían prolijamente cada 5 minutos buses para Praia do Pepe (media maratona) y Praça do Pontal para los 42k. El recorrido es realmente imponente, porque transita por todo el litoral costero de Río: Recreio Dos Bandeirantes, Barra da Tijuca, Sao Conrado, Leblon, Ipanema, Copacabana, Botafogo y Flamengo. En pocas palabras, la Maratona te hace un reocorrer un city tour en zapatilas.
A fuerza de estrategia ante la obvia humedad costera y con una temperatura oscilante entre los 23 y 26 grados, la hidratación era la llave. Y así lo fue. No me equivoqué. No nos equivocamos. Porque en la estrategia de una carrera, claramente, el entrenador es elemental.

La Organización dispuso 12 puestos de hidratación y 7 de bebida isotónica. Pero además de los geles y algo de comida, el secreto estuvo en lo que fijó la nutricionista: las sales disueltas en las cantimploras del cinturón hidrante. La combinación y su uso según lo planificado fue perfecto, ante la presión del calor y la humedad que ciertamente se hizo insoportable.
El recorrido naturalmente fue de menor a mayor tratando de atacar en zona plana y aguantando a la altura del kilómetro 22, allí donde la primera subida empieza a pasar factura, Y luego la más importante en el kilómetro 28: el Morro dos Irmaos que separa los barrios Sao Conrado y Leblon. La organización se ocupó que al entrar en ese túnel los corredores se sientan en un verdadero boliche. Música electrónica y luces tipo mapping motivaban la ocasión. La gente, otro capítulo aparte. A cada paso, el aliento de los cariocas al costado de la calle ofrecían sal, decían "héroes" a los de elite y también a los mortales. En todos los casos prometían qu al final de los 42 "aguarda uma cerveja y uma garota".
Los minutos posteriores al cruce de la llegada quedan reservados a los que tuvimos el placer de correr una maratón alguna vez en la vida y esa emoción que te envuelve e invita al desafío de intentarlo para aquellos que sueñan con hacerlo y todavía no se animaron. Pero a sabiendas que requiere entrenamiento y método y más aún -como es mi caso- que tan sólo soy un corredor entusiasta al que le importa mejorar, pero por sobre todas las cosas llegar. En definitiva, #LosRunnersEstamosUnPocoLocos.
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