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Generalmente, un equipo hace tanto cuanto intenta más cuanto el rival le deja hacer. Influye el nivel del adversario, entonces, en la actuación de un conjunto.
Del mismo modo, debe constar y pesar en un análisis contra qué fuerzas se midió el potencial. Porque no resulta igual bailar a Brasil, por ejemplo, que aplastar a Venezuela. Existe entre ambos una nítida diferencia en la calidad, en la capacidad, en el juego y en varias cuestiones más que ahora no vale la pena enumerar. Es por todo esto que no suelen tener demasiado peso las conclusiones formadas luego de una goleada sobre un equipo débil.
El caso serviría para entender la goleada por 6 a 1 del Sub 23 argentino sobre Venezuela, anteanoche, en Ferro. Sin embargo, en esta oportunidad viene bien tomar la actuación argentina con cierta "asepsia".
El seleccionado preolímpico ilusionó en su último amistoso. Generó la esperanza de que, así, con el juego de sus talentos, la clasificación para Sydney estará muy cerca. Pero, claro, aquí falta analizar el nivel del escollo que debió saltar. Si tomamos solamente el rendimiento colectivo, la cantidad de goles, las facilidades de pago y las generosidades entregadas por Venezuela, pues entonces seguramente no habrá una explicación racional que sustente la motivación.
Sería un error el argumento, pero no la conclusión. Primero, la Argentina provocó una expectación altísima debido a los nombres que la integran. Segundo, elevó su nivel de favoritismo al golear en algunos amistosos. Tercero, encandiló por la trayectoria de su conductor (Pekerman). Nada de ello, hasta aquí, logra por sí solo la clasificación.
Pero el Sub 23 también ofreció una sociedad fascinante que va más allá del nivel de los rivales. Aimar y Riquelme se juntaron y se buscaron siempre, y demostraron una categoría tan grande como para que, con ellos juntos y un equipo sólido detrás, los demás comiencen a temer.
Se dirá que Venezuela los dejó jugar. Sí, es verdad. Que Paraguay o Uruguay no harán lo mismo. También debería ser cierto. Pero nada de eso quita la certificación de que dos enlaces pueden jugar juntos, y de que, a cinco días del debut, los artistas del Sub 23 están en un momento supremo. Se juntarán más o menos, según los dejen los otros, pero la sociedad está. Y eso aviva la ilusión.
Pablo César Aimar y Juan Román Riquelme jugaron juntos en el Sudamericano Sub 20 de Chile, en 1997, y en el Mundial Sub 20 de Malasia, en 1997. Además, compartieron la concentración en la Copa América de Paraguay, en 1999.
Pekerman: "La sociedad entre Riquelme y Aimar es fantástica. La ambición de todo entrenador es tenerlos en el mismo equipo. Se entienden muy bien y pueden jugar juntos sin problemas, porque tienen las variantes que necesita un equipo. Ojalá que puedan tener continuidad, que es la única duda, porque cuando un equipo tiene dos jugadores de estas características, siempre es a esos dos a los que les van a apuntar los rivales".
Scaloni: "Aimar y Riquelme son los que desequilibran y los que se ponen el equipo al hombro; nosotros corremos y luchamos. Pero lo más importante es formar un equipo".
Saviola: "Son dos jugadores espectaculares. No voy a decir que es fácil jugar con ellos detrás, porque fácil no hay nada, pero sí digo que te simplifican muchísimo las cosas".
Quintana: "Son dos grandes jugadores, que te dan la tranquilidad de que en cualquier momento te dejan mano a mano con el arquero".
Romeo: "Son fantásticos. Es la cuota de creatividad que necesitan todos los equipos".
Muñoz: "Son muy buenos jugadores, pero la Argentina no sólo depende de ellos, porque el plantel tiene muchos jugadores de calidad".
Placente: "Pablo y Román son dos jugadorazos que a este equipo le hacen muy bien".
Biagini: "Yo había jugado con Aimar en Toulón y, además, en España veo mucho fútbol argentino, así que los conocía. Son muy buenos jugadores, como también lo es Messera".

