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"Sin dudas, el antiguo sueño del hombre de volar ha encontrado su expresión más pura y hermosa en el vuelo a vela. La naturaleza abre al piloto un mundo que habría creído inalcanzable apenas unos años atrás; un mundo de fuerzas poderosas, suaves o violentas, majestuosas y misteriosas. El piloto penetra ese reino, vuela en él, utiliza su dinámica y trata de explorar y profundizar en sus misterios. La carga de la vida diaria queda en tierra y resulta intrascendente frente a la libertad que pueden dar las alas de un planeador."
Helmut Reichmann no es un poeta, sino volovelista. Pero vaya si ha descripto con precisión y elegancia su actividad, quizá inspirado por sus cuatro títulos mundiales. Y para comprobarlo no está nada mal un vuelo de bautismo en uno de esos aparatos...
El lugar es el Club Argentino de Planeadores Albatros (www.albatros.org.ar), de San Andrés de Giles, 10 km al noroeste de Buenos Aires por la ruta nacional 7. El biplaza abre su cabina y recibe al invitado en el asiento posterior, detrás del piloto Juan San Martín. Unos cinturones de seguridad de varios puntos de sujeción quedan abrochados por una hebilla central y listo: no hay más que esperar que el Aero Boero -un modelo habilitado para remontar planeadores- que está adelante tire de la nave, larga soga mediante.
El silencio copa la cabina hasta que lo cortan las ruedas que giran sobre el pasto en el carreteo. Una chica sostiene el ala derecha en una corta carrera hasta que la velocidad estabiliza el aparato y ya no hay riesgo de que se dañe el extremo. Por una cuestión de peso, el planeador despega antes que el avión que lo remolca, apenas unos 15 segundos luego de empezar a moverse. Enseguida toma velocidad y altura suficientes como para toparse visualmente, adelante y a la derecha, con el pueblo, que habitan 5000 o 6000 personas de las 20.000 que viven en la zona.
Por fuera, además del motor del remolcador, hay un leve pero afilado sonido, el de las alas cortando el aire. Por dentro, lo único audible es el viento que se cuela por una hendija del techo de acrílico. "Este planeador es ruidoso. Los que compiten en campeonatos son silenciosos", aclara San Martín. Mientras un motor tira allá adelante, el vuelo es calmo. Los 180 caballos de fuerza del Aero Boero quedan expuestos una vez que San Martín decide deshacerse de esa suerte de cordón umbilical, porque se pierde de golpe la aceleración. El suelo se halla 380 metros más abajo y pasa a 90 kilómetros por hora, pero pronto hará contacto con el planeador. Es que no hay posibilidad de quedarse mucho tiempo arriba por falta de térmicas (corrientes de aire caliente ascendente, que permiten a los planeadores sostenerse y elevarse). Se nubló y la obstaculización al sol quita calor y, por ende, térmicas.
Mientras el viaje es tranquilo, carente de grandes sacudones, llega una curiosa pregunta al piloto: "¿Necesitás encontrar la térmica para subir la velocidad o no hace falta?". La respuesta de Juan es contundente: "No, no hace falta. Yo hago así y ya está". Ese "así" es un sorpresivo descenso brusco que acelera la nave y deja perplejo al interlocutor, y de cara a la tierra. Pero todo está controlado. Las 1200 horas de vuelo de quien comanda la nave quedan claras con las repentinas inclinaciones de 80 grados ("virajes muy escarpados", los llaman) que a un lado y a otro realiza San Martín y que su pasajero gozaría más de no ser por la incómoda sensación interna corporal.
Eso, lo vinculado con la adrenalina, por un lado. Por el otro, el disfrute de una flotación callada y relajante que despeja la mente. Los apenas 10 km/hora de viento son ideales para -cuando el piloto lo permite- volar en una calma profunda que es retiro espiritual para el ser al que ella envuelve, con el planeta a los pies.
Pero la experiencia, como se dijo, es breve. San Martín pone la nave en el circuito de tránsito, o sea, la enfila hacia la pista, y activa los flaps, que en este caso son unas pequeñas aletas verticales que -con un ruido que en un avión no se oiría, pero que en este habitáculo es más que notorio- se levantan sobre las alas para otorgar más sustentación y equilibrio al aparato y que sirven también para frenarlo. El planeador golpea contra el piso, sin rebotar, y tras seis minutos y medio de viaje queda inmóvil. Lo mismo que en la memoria las sensaciones disímiles de adrenalina y paz. Lo mismo que las ganas de más, que el hambre de vuelo insatisfecha. Porque en un planeador se puede surcar por horas y horas el cielo. Allá arriba no se acaba ningún combustible, ninguna paciencia. Tampoco el placer.
Entre sus muchas ventajas naturales, la Argentina presenta otra en el deporte: posee sitios favorables, de los mejores del planeta, para el volovelismo. Por eso aquí se batieron récords mundiales y vienen muchos extranjeros. Llegan de EE.UU., Nueva Zelanda y una Europa saturada en su espacio aéreo por los aviones comerciales.
Es que encuentran en la baja cordillera de los Andes (Chosmalal, San Martín de los Andes, Bariloche, El Bolsón), amplia y ventosa, espacios ideales para buenos vuelos y alguna plusmarca. Como los 3008 kilómetros de longitud que señaló el alemán Klaus Ohlmann, o los 249,9 km por hora de promedio -con momentos de 415 km/h- registrados por el argentino Horacio Miranda.
¿En qué consiste el vuelo a vela? Se trata de llegar con un planeador a un punto prefijado en el menor tiempo posible. Las competencias duran varios días y tienen recorridos de entre 150 y 750 kilómetros, antes de los cuales un avión sube y hace un sondeo meteorológico para que luego se decida qué tipo de prueba se hará.
Los planeadores, que son de fibra de vidrio, kévlar y fibra de carbono y pesan 150 kilos (cargados con piloto y agua pueden llegar a 400), ascienden tirados por un remolcador hasta unos 500 metros. Cuando se da la orden, inician sus trayectorias hacia la meta. Actualmente se desarrolla en Azul el Campeonato Nacional de Planeadores, que puede seguirse por Internet en www.favav.com.ar .

