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Es espeso el clima. Tanto, que se presagia que sea cual sea el fallo la bronca va a estallar. Partidarios de Alberto Sicurella, con los rostros desencajados, se acercan al ring-side... por las dudas. Los del Kojak Ricardo Silva también huelen algo extraño. El anunciador grita que el juez Omar Fernández dio empate 97-97 y que Héctor Primerano (98,5-95) y Basilio Flecha (97-96,5) vieron ganar a Sicurella. Fallo mayoritario para el peleador de Moreno, que reconquista el cinturón argentino de los livianos.
Mientras se paladea injusta la decisión, los allegados a Silva no pierden el tiempo: la esposa, por ejemplo, sube raudamente al ring, le arrebata el micrófono al anunciador para lanzar todo tipo de improperios. Guillermo, el hermano del Kojak, luce también fuera de control y se descarga con el primero que tiene a mano..., el pobre Luis Guzmán, el árbitro del match -que justo cumplía 40 años sobre los cuadriláteros-, a quien le aplicó un cobarde cabezazo en el rostro. Después sería detenido y trasladado a la comisaría 10a.
Hay tres policías que custodian como pueden. La noche se descontrola. Sicurella mira asombrado, mientras sus hinchas paran de vivarlo para seguir el pandemonium del clan Silva. El Kojak se dirige hacia los periodistas de la TV y los intimida a los gritos: "Estos jueces y los dirigentes son todos corruptos. Tengo 39 años y estoy cansado de que me roben". La bronca es acumulada, pues en junio del año último, ante el mismo rival, Silva cayó también de forma polémica.
Se repasan las imágenes de la pelea para entender el fallo. Silva no dejó dudas: lo superó en el plano boxístico y en el anímico. Hubo, por lo menos, dos puntos de ventaja. Pero los pensamientos se esfuman otra vez. El Kojak vuelve de un raudo paso por los vestuarios y pide una silla para sentarse solo en el ring a modo de protesta. "Voy a hacer un cacerolazo para que cambien a los dirigentes", dirá luego, al tiempo que su mujer se trenza a golpes con la hermana de Sicurella.
Del otro lado, Alberto Zacarías, entrenador de Sicurella, vocifera que su pupilo ganó todos los rounds, un verdadero disparate. Silva mereció conservar el título (la tarjeta de LA NACION dio 97,5 a 95,5 para el Kojak). Eso sí: tan o más patético que el resultado fue el accionar de Silva y compañía.
Restablecida la calma, la reflexión lleva el pensamiento al comienzo de la noche, cuando un aplauso estrepitoso y los clásicos diez campanazos homenajearon a Tito Lectoure, un prócer del boxeo, que falleció el viernes último. Una manera vergonzosa de cerrar un fin de semana muy triste para el pugilismo argentino.



