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Quique el Carnicero fue hombre de Alberto J. Armando en los años ’60, "el Abuelo" José Barritta fue el favorito de Carlos Bilardo, "el Rafa" Di Zeo fue rey durante la gestión de Mauricio Macri y Mauro Martín, líder actual, negoció este año en la Casa Rosada una bandera kirchnerista contra el Grupo Clarín: cuando La Doce ingrese este domingo al Monumental, sin pagar entrada, por supuesto, entrará también con ella una larga historia de violencia, conexiones políticas e impunidad. Lo cuenta "La Doce. La verdadera historia de la barra brava de Boca". El libro del periodista Gustavo Grabia, que a dos semanas de su salida anuncia ya una segunda edición, es un documento de lectura obligatoria para entender no sólo el mundo de los barras. Es una radiografía devastadora sobre un pacto con los violentos que sale de los estadios y llega a jefaturas policiales, partidos políticos, sindicatos, estrados judiciales y despachos oficiales.
"Lo que más me impresionó es la impunidad", me dice Grabia, de 38 años, periodista de Olé y de Radio Mitre, y que ya no está más en TyC Sports, acaso porque el canal era socio en el negocio del fútbol y no quería arruinar su relación con la dirigencia de los clubes y de la AFA. Grabia escribe, por ejemplo, sobre el casamiento del "Rafa" Di Zeo con Soledad Spinetto, secretaria privada de Felipe Solá cuando éste era gobernador bonaerense. Di Zeo ya tenía una condena judicial y otra causa abierta por asociación ilícita. Pero a la fiesta en la quinta Los Galpones, de Benavídez, asistió, entre otros funcionarios, Raúl Rivara, ministro de Obras Públicas primero y secretario de Seguridad después en tiempos de Solá. También estuvo allí Carlos Stornelli, por entonces fiscal y actual ministro de Seguridad bonaerense de Daniel Scioli. Funcionarios de peso cuando Di Zeo era primero un prófugo de la justicia. Y cuando cumple hoy prisión en Ezeiza. Era una cárcel a medida, como lo desnudó un allanamiento reciente, que, según diversas crónicas, descubrió tecnología de punta, dólares y mujeres (prostitutas según una versión, familiares según otra). El pabellón, se cuenta, estaba todo pintado de azul y oro, con el escudo de Boca incluído.
Otro dato llamativo que cuenta el libro publicado por Sudamericana es el vínculo entre barras y jefes policiales de la comisaría 24, con jurisdicción en La Boca. Vigilados y vigilantes comparten los mismos abogados. Juan Cerolini, por ejemplo, fue abogado de Di Zeo y de los barras Alejandro Falcigno y Tyson Ibáñez. También lo fue del comisario de la 24 Eduardo Meta. La Doce llegó a tener como abogado al letrado del traficante de armas Monzer Al Kassar. Pero más interesante es aún el caso de Marcelo Rochetti, que también fue abogado de Di Zeo y protegió además a Cayetano Grecco, otro ex titular de la comisaría 24. Ahora es jefe de Seguridad de la Legislatura Porteña, designado por la gestión de Macri. Allí mismo había ingresado en 1989 como empleado de seguridad Santiago Lancry (legajo municipal 9.036), otro personaje clave de La Doce, uno de cuyos miembros fue detenido en 1994 , imputado en una causa por tráfico de estupefacientes dentro del entonces Concejo Deliberante. El protector de Lancry, cuenta Grabia, fue Enrique "Coti" Nosiglia, radical como Carlos Bello. Ya fallecido, Bello era a su vez el diputado amigo de Barritta, líder de la barra de Boca hasta que fue destronado por Di Zeo. El Rafa también fue miembro de la planta de trabajadores de la Municipalidad, con ficha 33.928, categoría E01, en el sector Alumbrado de Servicios Pùblicos, hasta su caída en desgracia. No es lo único. El libro cuenta que todas las banderas exhibidas por La Doce eran pagas y cita las que nombraban, entre otros, a Antonio Cafiero, Saúl Ubaldini, Erman González y Carlos Menem, quien además agradeció la mención pagando un viaje a Anillaco al Rafa Di Zeo y a sus lugartenientes. Años antes, Aldo Rico, entonces con la cara pintada, había recibido a Barritta en la quinta Los Fresnos.
¿Cuándo comenzó todo? Grabia nos recuerda a Pepino el Camorrero, "un protegido del arquero Américo Tesorieri" y sospechado del asesinato del hincha uruguayo Pedro Demby en 1924. Al año siguiente, el periodista Pablo Rojas Paz dio origen al apodo al escribir en Crítica sobre "El Jugador Número Doce", un homenaje al hincha Victoriano Caffarena. El apodo lo hizo valer en los ’60 Enrique Ocampo, Quique el Carnicero, hombre del entonces presidente Alberto J. Armando y del entrenador Juan Carlos "Toto" Lorenzo y que ya exigía entradas y viajes e ingresaba inclusive a reuniones de la Comisión Directiva. Con revólver irrumpió en esas reuniones "el Abuelo" cuando tomó el poder en 1981. Se presentó armado también ante el plantel, en plena concentración de La Candela, apagando luces y apretando jugadores. La gestión Antonio Alegre-Carlos Heller lo enfrentó primero, pero terminó pactando entradas, viajes al Mundial, homenajes dentro de la Bombonera y casamiento en el club. Barritta, "un hombre de bien y pacífico", según lo describió Bilardo ante los jueces, llegó a abrir una Fundación para blanquear el dinero obtenido mediante extorsiones.
Igual de increíble fue el crecimiento de Di Zeo con Macri. "Nunca trabajó para erradicar a la barra, todo lo que vi es lo contrario", me cuenta Grabia sobre el actual Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. "La Doce" tuvo de todo: aviones pagos a Chile, Japón o donde Boca jugara. Hoteles con el plantel. Molinetes libres en la Bombonera, entradas para reventa y visitas a las filiales para llevar a jugadores del club. La Doce podía además lo que ningún otro socio: jugar picados en Casa Amarilla, donde se entrena la Primera. Una vez se dirimió allí una interna a balazos. Grabia reproduce la carta indignada que enviaron a Macri los socios que disfrutaban de la piscina y se encontraron en medio del silenciado desastre. Cuando los opositores políticos de Macri quisieron sacar tajada dividiendo a la barra. Boca amagó poner freno a las dádivas, pero ya era tarde. La Doce, inevitable, recurrió a la extorsión. Grabia describe, entre otras, la lucha del ex juez Mariano Bergés, uno de los tantos funcionarios que investigaron con decisión a La Doce. Otros, en cambio, cuenta el libro, con nombre y apellido, dejaron causas en los cajones. Grabia menciona los nombres de jugadores y entrenadores que aceptaron los reclamos de La Doce, con algunas excepciones, como Carlos Bianchi, Jorge Rinaldi y Guillermo Barros Schelotto. El ascenso al poder de Quique, el Abuelo, el Rafa, Mauro y del que venga, se logró siempre con sangre. A puños, balazos y cuchillos. La descripción de algunas batallas es notable, incluyendo emboscadas, trampas y vendettas, además de escandalosos acuerdos con la policía para liberar zonas, dirimir internas y anular pruebas. Grabia entrevistó a barras, abogados y dirigentes. Se acercó para obtener información. Y se alejó para escribirla, en línea con otros dos formidables periodistas que investigaron el fenómeno de la violencia, Amílcar Romero y su célebre "Muerte en la Cancha" de 1986 y Gustavo Veiga (Donde manda la patota, 1998) . Sudamericana exagera al promocionar a "La Doce" como "el libro más peligroso del año". Pero me consta que otra editorial se negó a publicarlo, asustada por su contenido.
Los Boca-River dejaron marcas en La Doce. Los asesinatos en 1994 de Angel Delgado y Walter Vallejos provocaron la caída del Abuelo. Hubo recordadas batallas en Buenos Aires, Mar del Plata y Mendoza. Di Zeo, igual que el Abuelo, se sintió impune y hoy está preso. "Pero esto no se va a terminar nunca", le dice a Grabia, "porque esto es una escuela. Es herencia, herencia y herencia". El sucesor Martín, líder el domingo en el Monumental, dirime internas de modo cada vez más violento. Las últimas batallas incluyeron madres encañonadas y hermanos secuestrados. Porque además de "herencia" también hay "negocios". En el último Boca-River, las dos barras olvidaron odios y exhibieron banderas comunes contra el Grupo Clarín. Y los acuerdos, según contó a Grabia un testigo de las reuniones, fueron hechos en una oficina de la propia Casa de Gobierno.



