Albot, una excepción en la tierra del vino y la lucha: el único tenista profesional de Moldavia que ya ganó un título ATP

Crédito: @DelrayBeach
Sebastián Torok
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28 de febrero de 2019  • 23:59

Moldavia es un pequeño país ubicado entre Rumania y Ucrania. Dicen que es uno de los rincones europeos me-nos visitados. Con ritmo aletargado, parece detenido en el tiempo. Con kilómetros de bodegas subterráneas, monasterios y construcciones medievales, es una región de unos 3,5 millones de habitantes que se independizó del imperio soviético en 1991. La capital, Chisináu, reducida a escombros durante la II Guerra Mundial, sufrió un furioso terremoto en 1940. La producción de vino es uno de los puntos más valiosos en su economía; desde 2001, allí se celebra el Día Nacional del Vino, aunque el festejo dura todo un fin de semana. "Mi país es más famoso por sus bodegas bajo tierra. Hay cientos de kilómetros. Turistas y enólogos de todo el mundo suelen visitarnos. Pero, bueno, quizás en estos días yo pueda ser un poquito más famoso que el cabernet o el pinot...", sonríe Radu Albot, el único tenista moldavo con ranking ATP, que el domingo pasado conquistó el trofeo en Delray Beach, el certamen de categoría 250 en el que Juan Martín del Potro fue el 1er favorito. Es, además, el primer jugador de ese país en obtener un título.

"Espero que algunos chicos en Moldavia empiecen a ver tenis luego de esto y yo pueda servir de inspiración", se ilusiona Albot, de 29 años. Y lo que dice tiene sentido: se siente prácticamente solo en el mundo de las raquetas, por eso, entre otras cosas, carga en el raquetero la bandera de su país (con tres franjas verticales de color azul, amarillo –en el centro– y rojo). Incluso, su vínculo con el arte de las raquetas comenzó casi de casualidad, luego de que su padre, Vladimir, viera un partido de tenis por TV y decidiera que esa actividad podía ser útil para su hijo, de por entonces 6 años. Limitados económicamente, Vladimir consiguió que su hijo ingresara en una academia financiada por el gobierno. Se trataba de un predio con ocho canchas exteriores de polvo de ladrillo y dos cubiertas. Durante la etapa formativa, Radu y Vladimir Albot llegaron a dormir en carpas o sobre colchones dentro de los gimnasios de los clubes donde competía.

Crédito: @DelrayBeach

Durante su crecimiento, Albot no tuvo demasiados espejos locales para emular. De hecho, el mejor tenista moldavo era Roman Borvanov, que llegó al puesto 200 en 2011. Profesional desde 2008, Albot, tenista de 1,75 metro, diestro y con revés de dos manos, se convirtió en admirador de algunos rusos como Marat Safin y Yevgeny Kafelnikov, aunque también del suizo Roger Federer , del español David Ferrer y del francés Sebastien Grosjean. En ellos trató de inspirarse. "Es un jugador que compite muy bien y es agresivo", fue la descripción que John Isner (9º) hizo sobre Albot.

El tenis está lejos de ser una actividad popular en Moldavia, país que ocupa el Top 5 en el ranking de países "más fumadores". Allí, el trânta, una actividad de combate similar a la lucha grecorromana, es el deporte nacional. Pero, claro, el fútbol, como en la mayoría de los países, es la actividad deportiva más convocante; sin embargo, el seleccionado nunca participó de una Copa del Mundo y actualmente ocupa la posición número 170º en el ranking de la FIFA.

En los Juegos Olímpicos de Río 2016, Moldavia estuvo representado por 23 atletas que compitieron en ocho deportes. El portador de la bandera en la ceremonia de apertura fue un luchador (Nicolae Ceban) y si bien la delegación terminó la competencia con una medalla de bronce por la actuación del piragüista Serghei Tarnovschi, la misma le fue retirada en julio de 2017 por violar las reglas antidopaje. Albot integró la delegación: en la 1a rueda venció al ruso Teymuraz Gabashvili y perdió en la 2a ronda ante Marin Cilic (Croacia).

Albot se convirtió en el primer moldavo en alcanzar el Top 100, en 2015. Hoy, desde el Nº 52 y con US$ 2.234.342 en premios oficiales, disfruta de su mejor registro. El domingo pasado hubo elecciones parlamentarias en Moldavia y ganó el socialismo, pero Albot tuvo otros motivos, en Delray Beach, a los que prestarles atención. Piensa jugar por mucho tiempo más y añora dejar una huella. "No quiero terminar mi carrera y ver que el tenis está muerto en mi país. Quiero caminar en los torneos y ver volar la bandera de Moldavia", sentenció el jugador al sitio de ATP. El primer paso está dado.

Un futbolista argentino que vivió en Moldavia: "Gente fría y respetuosa"

Nicolás Demaldé nació, hace 34 años, en Rafaela. Futbolista profesional, hizo las inferiores en Atlético de Rafaela; también actuó en la 8a y 9a división de Boca, donde fue compañero de Carlos Tevez. Jugó en Tristán Suárez, Italiano, San Telmo, Aldosivi, Temperley, Comunicaciones, en la tercera división de España y se retiró en 2015, en Libertad de Sunchales. Pero durante la temporada 2007, el lateral izquierdo tuvo una experiencia prácticamente inédita para un jugador argentino: en Moldavia, en el FC Sheriff, el club más importante de la liga de ese país, con 17 títulos (el último, en 2018). El equipo tiene su sede en Tiráspol, la capital del territorio separatista de Transnistria, una suerte de enclave ruso en territorio moldavo.

A Demaldé lo vio un manager moldavo en el CEFAR de Coqui Raffo, donde se entrenaban los jugadores libres; firmó un contrato por cinco años con Sheriff, pero emigró luego del primero. No porque estuviera disconforme deportivamente o con dificultades económicas. Al contrario. "Cobraba en dólares. Te daban premios por ganar en la Copa del país. El club tenía una infraestructura espectacular que no encontrás en la Argentina, con tres canchas, hasta una techada. Jugamos la clasificación a la Champions y perdimos en la segunda etapa. Eso sí: no vi canchas de tenis ni de otros deportes", le recuerda Demaldé a LA NACION. Decidió cambiar de aire porque en Tiráspol la vida era gris, fría, distante. En esa ciudad con vestigios soviéticos, el día a día era distinto a Chisináu, la capital moldava, ubicada a 70 kilómetros. "Me dieron un departamento en un clásico y austero monoblock soviético. A la noche casi no se veían luces. Era difícil hacerse entender en la calle, solo se hablaba ruso; en la capital era distinto, pero iba poco. Me pusieron una traductora para las primeras semanas en el club. Mis compañeros casi no hablaban inglés; había tres brasileños y me juntaba con ellos".

Demaldé añade, sonriente, que no firmó autógrafos en un año. En el mejor de los casos, el Sheriff convocó a 5000 personas en un partido. "La gente era fría, pero respetuosa. Una vez a la traductora le conté los problemas de la Argentina y me dijo que no eran nada en comparación con los conflictos que habían tenido. Me dijo que era feliz porque ahora podía elegir dónde morir".

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