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NUEVA YORK.- Esta generación argentina de romperrécords no deja certamen en paz. No hay hueco en el mundo tenístico en el que no se hable de ella. No hay rincón en el que los ojos muestren asombro. Pueden preguntar en Australia, en Roland Garros, en Wimbleon y en el US Open. Ya todos saben quiénes son, porque fueron hechos para dejar su huella.
Esta vez, el que volvió a colocarse la vestimenta de héroe fue David Nalbandian. El cordobés de la mente de hielo, finalista de Wimbledon 2002, quebró otra barrera: venció al marroquí Younes El Aynaoui por 7-6 (7-2), 6-2, 3-6 y 7-5 y se convirtió en el primer argentino que llega a las semifinales del Abierto de los Estados Unidos desde 1982, temporada en la que Guillermo Vilas cayó en esa instancia ante el norteamericano Jimmy Connors.
Al igual que el marplatense, Nalbandian deberá medirse con un tenista de este país en busca de su segunda final de Grand Slam: será nada menos que ante Andy Roddick, que carga con el mote de ser el gran favorito para adjudicarse el certamen que distribuye 17.074.000 dólares, en el segundo turno de la sesión diurna, no antes de las 15 (las 16 de Buenos Aires), en el estadio Arthur Ashe.
Asimismo, el rubro estadístico hace saltar los timbres como si se tratara de las máquinas tragamonedas de un casino de Atlantic City o de Las Vegas: porque con la actuación de Nalbandian y Coria (cayó ayer ante Agassi, ver pág. 10), nuestro país volverá a tener, desde pasado mañana, dos jugadores top ten, tanto en la Carrera de los Campeones como en el Ranking de Acceso, algo que no ocurría desde 1983, cuándo no, con Vilas y José Luis Clerc.
Ayer, el estadio Louis Armstrong se convirtió en una caldera. Un mar de gritos, con más sabor futbolero que tenístico. En las tribunas, banderas marroquíes se mezclaban con camisetas argentinas. Cada tanto era un gol, cada error un grito. Y en el medio, Nalbandian inmutable, elaborando otra actuación para el recuerdo.
Para el talentoso El Aynaoui no se trataba de un enfrentamiento con Nalbandian sino con uno de sus viejos maestros. Es que este marroquí que habla siete idiomas pasó muchos de sus días de tenista en la Argentina, ya que fue entrenado por Carlos Gattiker y por Eduardo Infantino, actual coach del cordobés.
Entonado por su notable triunfo ante Moya, El Aynoui salió a pelear de igual a igual con este argentino que, luego de su victoria, y en perfecto inglés, se dio el lujo de hablar, como si estuviera en un canal de Unquillo, mano a mano en los estudios de USA Network.
La misma madurez que expuso para decir que viene de un pueblo que tiene dos canchas de cemento y tres de polvo de ladrillo -lo que generó la sorpresa del conductor del programa- la tuvo para concretar otra victoria espectacular. Porque Nalbandian, al llegar al tie-break, salió a devorar a su adversario con las devoluciones demoledoras que parten de su raqueta; porque en el segundo set, apenas vio el hueco se aseguró medio partido; porque supo cómo salir del bajón del tercer set, aún cuando El Aynaoui quiso embarrar un poco la cancha pidiendo el fisioterapeuta por segunda vez. Y, también, por la fortaleza para cerrar un encuentro que lo tenía 2-4 en el capítulo cuarto.
Nalbandian, que tiene un dolor en la zona abdominal, se cansó de mover al marroquí. Buscó hasta el cansancio el revés de su rival y a fuerza de paciencia -El Aynaoui levantó los dos primeros match-points con sendos aces- esperó su oportunidad y aseguró su nombre entre los mejores cuatro del torneo después de 2h56m. Levantó sus brazos, y con su tonada cordobesa, gritó vamos. Al llegar a la silla, abrió su raquetero y vio que en un año y medio llevaba guardados una final de Wimbledon, los cuartos de final de Australia y la semifinal del US Open. El hombre del temple de acero no hacía más que agregar otra certeza: es una garantía en los Grand Slam, las escalas del circuito que marcan la diferencia y que hacen historia, esa frase que Nalbandian repite después de cada victoria.
