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La situación de Roger Federer hoy tiene puntos de contacto con la de Pete Sampras 14 años atrás: cuando el estadounidense ganó la final del Abierto de Estados Unidos 2002 en una final sobre Andre Agassi, a Hollywood se le hizo agua la boca.
"¡Por dios, que lo diga, que lo diga ya!", pensó más de un ejecutivo basado en la costa oeste. Sí, Sampras debió decir un "esto es todo, amigos", y la despedida habría sido inolvidable, el Arthur Ashe, sencillamente, habría explotado. Lo hizo 11 meses después a través de un comunicado. Comprensible: la decisión de dejar aquello que se hizo durante toda una vida, el cambiar de vida y empezar una completamente distinta no es fácil. Ni para el 120 del ranking ni para Federer. Implica admitir que el sueño terminó, que el viaje llegó a su fin y que el pasado pesa mucho más que el futuro.
Claro que Federer, genio al fin, tiene ventaja. Por un lado, porque su pasado es inigualable. Por el otro, porque está convencido de que aún tiene hilo para el décimo octavo título de Grand Slam, con Wimbledon como principal y quizás única oportunidad. Le hará bien al tenis tenerlo de regreso el año próximo, también un mano a mano con Juan Martín del Potro, al que no se cruza desde noviembre de 2013. Demasiado tiempo.
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