Jaziri, el tenista del continente olvidado que soñaba con volar como Roland Garros e intenta alejar a los jóvenes del terrorismo

Jaziri y el mate, para adaptarse a los hábitos criollos
Jaziri y el mate, para adaptarse a los hábitos criollos Crédito: Soledad Giménez/Córdoba Open
Sebastián Torok
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7 de febrero de 2019  • 07:50

CÓRDOBA.- Malek Jaziri (actual N°43 de ATP) nació en 1984 en Bizerta, una ciudad del noroeste de Túnez, en una posición estratégica, sobre la costa del Mediterráneo. Eugéne Adrien Roland Georges Garros, más conocido como Roland Garros , mucho antes de ser el nombre del torneo de tenis sobre polvo de ladrillo más trascendente del mundo, fue un pionero de la aviación francesa, se destacó en combates y en 1913, 71 años antes del nacimiento de Jaziri, ganó popularidad al hacer el primer viaje sin escalas atravesando el Mediterráneo desde Frejus (en el sur de Francia) a Bizerta, con la particularidad de que el biplano sufrió una falla en el motor y, al aterrizar, tenía solo cinco litros de combustible. En esa porción del norte africano le dan mucho valor a Roland Garros: un monumento en una plaza, una avenida con su nombre. Pero apenas un puñado de canchas de tenis en una ciudad de 143.000 habitantes.

Jaziri en acción: "Vengo de un país que no tiene cultura de tenis"
Jaziri en acción: "Vengo de un país que no tiene cultura de tenis" Crédito: Córdoba Open

"Vengo de un país que no tiene cultura de tenis, un país pequeño, donde las condiciones son muy duras. No quiero decir que es un país pobre, pero casi. Es muy duro salir de ahí. No hay torneos. No es como aquí en Argentina, que hay canchas de tenis en todos los pueblos. Yo empecé jugando contra un muro. Ahora hay más canchas, pero en la capital. En el norte, donde nací, hay solo tres pistas de tierra que los franceses la hicieron hace mucho, mucho tiempo. Yo aprendí ahí. Aunque jugué mucho en el muro de la casa de mi abuela. ‘¡Malek, para! ¡El muro está todo sucio!’, me gritaba. Y yo le pegaba, pam, pam, pam, y dejaba la marca", describe Jaziri ante LA NACION, con sensibilidad, antes de disputar –frente al uruguayo Pablo Cuevas– la 2ª rueda del ATP 250 de Córdoba , donde es el sexto cabeza de serie. El tunecino no ganó títulos ATP, pero vive su mejor momento tenístico. De hecho, en 2018, batió a tres Top 10: a Grigor Dimitrov en Dubai, a Marin Cilic en Estambul y a Alex Zverev en Pekín.

"En los años 80 teníamos tres canales en la TV: una cadena tunecina, una francesa y una italiana. No más. Y esperábamos a mayo para ver Roland Garros, desde el mediodía hasta las cinco o seis de la tarde. Toda la gente de mi ciudad miraba el torneo, se detenía frente a la pantalla y yo hasta soñaba con volar como el piloto que le dio nombre al torneo", rememora Jaziri, tenista diestro y de revés de dos manos, en un perfecto español aprendido en Barcelona. Emir, el hermano de Malek, cinco años mayor, jugaba al tenis y fue quien acercó al pequeño de la casa a los courts. Siendo un veinteañero, Jaziri creyó que su anhelo de convertirse en tenista profesional se frustraría, ya que una severa lesión en la rodilla izquierda lo mantuvo maltrecho dos temporadas y media (entre los 22 y los 24 años).

"Pasé momentos muy malos en mi carrera –relata–. Me lesioné una rodilla. Tenía todas las lesiones juntas: empezó con algo pequeño y siguió con otros problemas. Perdí la ilusión del tenis. Yo no había estudiado en la universidad como mis hermanos, que son mecánicos de precisión, hacen partes de aviones, autos. Entonces, fui a ver a mi padre muy bien vestido, esperando que me diera un gran puesto en su empresa de fabricación de plásticos. Pensé que por ser el hijo del boss…, pero llegué y me dijeron que fuera a ver al jefe de los camiones. Me dieron uno para manejar y transportar mercadería, yendo del norte al sur, sin aire acondicionado, con un calor de locos, como 50 grados. La rodilla se me había desplazado, engordé mucho. Pero yo seguía pensando en el tenis".

Ayudado por su hermano, Jaziri viajó a París a ver a un médico especialista en rodilla. "Me estudió, me dijo que era dura la recuperación, pero que íbamos a intentarlo. Viví nueve meses en París, haciendo fisioterapia y recibiendo inyecciones cada día. Después me dijo de empezar a correr, pero me dolía increíble; de noche lloraba. Estaba 200 y pico del mundo, jugaba algunos Challengers y Futures. La rodilla me hacía ruido, me hacía tac, tac, tac. Parecían dos partes del cuerpo. Hasta que un día se fue el dolor. Hice mucho esfuerzo. Porque sin jugar los músculos se me atrofiaron, apoyaba mal el pie", explica.

Después de soñarlo durante muchos años, Jaziri logró conocer Roland Garros. Lo hizo recién a los 25 años. "Cuando entré por primera vez parecía un niño en un museo. Llegué y dije: ‘Ooohhh’. No lo podía creer. Me temblaron las piernas. Me había apuntado para ser sparring, entré y fui a jugar con Cilic en la cancha central; yo miraba para todos los rincones. Allí pensé que yo podía intentar llegar a un buen nivel profesional. Pero necesitaba dinero y me lo prestó mi hermano. Me fui a España a entrenar, también me ayudó un amigo que era jugador de Argelia, que se llama Lamine Ouahab; estaba 114° en esa época. Ahí aprendí a hablar español. Entrené muy duro en lo físico".

El camino de Jaziri siguió adelante. Pero en 2010 volvió a Túnez (un país con más del 90% con religión musulmana) y se encontró con momentos sumamente espinosos. En diciembre de ese año, Mohamed Bouazizi se quemó a lo bonzo en Sidi Bouzid, a 300 kilómetros de la capital tunecina, para protestar por el accionar de la policía, que le confiscó la mercadería de su puesto callejero, empujándolo aún más a la miseria. Aquel fue el inicio de una crisis social y política que desencadenó en la sangrienta Revolución tunecina, también llamada Revolución de los Jazmines. Finalmente, tras la caída del régimen del por entonces presidente Zin al-Abidin Ben Ali, en octubre de 2011 se celebraron las primeras elecciones democráticas del país. Bouazizi es recordado como un héroe. "Viví la Revolución en Túnez en primera persona. Fue un desastre. La gente no sabe lo que es esa sensación: está todo está cerrado, todo es peligroso, tienes miedo de tu vida, se oyen disparos, helicópteros", confiesa, crudamente. Pero, increíblemente, afirma: "Desde ahí empecé a jugar muy bien. No sé por qué. Es como que terminó el conflicto en mi país y pude jugar tranquilo".

Claro que la calma no fue definitiva. En 2013, la Federación Internacional de Tenis excluyó a Túnez de la Copa Davis luego de que la federación de ese país africano le impidiera a Jaziri enfrentarse con el israelí Amir Weintraub, en los cuartos de final del Challenger de Tashkent, Uzbekistán. Los conflictos entre Túnez e Israel se metieron en medio del deporte. "No hay espacio para el prejuicio de ningún tipo en el deporte o en la sociedad", expresó, en un comunicado, el por entonces presidente de la ITF, Francesco Ricci Bitti.

África es el continente olvidado por el tenis. Hay solamente un torneo africano en el circuito ATP: Marrakech, Marruecos, de categoría 250. Además, en el top 100 solamente hay tres jugadores que pertenecen a este continente aislado: además de Jaziri, los sudafricanos Kevin Anderson (5°; formado en EE.UU.) y Lloyd Harris (100°). "El continente africano es el más rico, donde hay todo, pero no hay nada. Está mejorando, pero muy suavemente. Hay talentos, pero no hay mentalidad, no hay cultura deportiva", opina Jaziri, que asegura estar colaborando para sacar a los jóvenes de la calle y el riesgo que ello implica vinculado a las redes terroristas. "Quiero que los jóvenes de mi país hagan deporte y no tengan la tentación del terrorismo –comenta Jaziri, casado y padre de un chico de dos años y medio–. El terrorismo va al lugar donde hay pobreza. Hoy el país está con seguridad, está creciendo el turismo, pero siempre hay que seguir mejorando".

-¿Has visto la imagen del chico de Congo encordando una raqueta como podía, con una pinza y una rama de un árbol?

-Sí y hay muchos otros así. Yo creo que la ATP y la ITF puede hacer algo en África, pueden hacer torneos; solo hay uno. Ojalá que en el futuro se haga uno en Túnez. Hay mucho potencial.

-¿Qué dice tu abuela hoy sobre aquel niño que soñaba con volar como Roland Garros, ser tenista y le manchaba las paredes de su casa a los pelotazos?

-Está muy feliz, tiene 84 años y siempre me dice: ‘Si sabía lo que pasaría en el futuro podía dejarte jugando todo el día sin enojarme’ (sonríe).

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