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El día después de la disputa de un certamen de tenis es comparable con la imagen de un circo que se aleja de una ciudad. No hay raquetazos, sólo se escuchan los martillazos que sirven para desarmar tribunas y stands. Pero, aun así, en el remolinado polvo de ladrillo del Buenos Aires Lawn Tennis Club todavía volaba por el impulso que dejó el paso de la Copa AT&T. Una fiebre ya instalada por un deporte que en apenas tres semanas con esta prueba y con la serie con Alemania por la Copa Davis, en River, convocó nada menos que a 74.399 espectadores, cifra elocuente para comprobar el boom de la tenismanía entre los porteños.
Ayer, Eduardo Puppo, jefe de prensa de la escala porteña de la ATP, que repartió US$ 380.000 en premios, confirmó que 5450 personas presenciaron la victoria de Carlos Moya ante Guillermo Coria por 6-3, 4-6 y 6-4 en la final. Esa cifra elevó a 50.399 el número récord de espectadores para una prueba de estas características en nuestro país.
Pero el éxito de este torneo, cuya continuidad corre peligro si los organizadores no llegan a un acuerdo con un sponsor para la próxima temporada, no sólo se traduce a nivel local. Sin contar lo que sucede en los Estados Unidos -la infraestructura de los estadios es mayor que La Catedral porteña, con 5912 asientos- y comparando con otras escalas importantes de Europa, de similar infraestructura, se puede vislumbrar que el fenómeno argentino es importante.
Vayamos a los números recientes: el centenario y tradicional Conde de Godó, en Barcelona, ganado por Gastón Gaudio, dotado con 1.000.000 de euros en premios y con un estadio con capacidad para 6830 personas, reunió en abril último a 43.136 espectadores.
La Copa AT&T también supera a Queen´s (800.000 euros), la primera cita en césped del junio londinense rumbo a Wimbledon. El lujoso Club de la Reina con un court para 6405 personas, pese a vivir en la final el desquite entre el australiano Lleyton Hewitt y el británico Tim Henman, vendió en siete días 49.071 boletos.
El paso del tenis por la siempre exquisita Viena, con capacidad para 9510 personas, sumó en octubre último apenas a 39.000 asistentes.
El fenómeno porteño es evidente. Pese a la crisis económica, la gente, tanto los fanáticos de siempre como aquellos que hacen sus pininos, le dijeron sí al deporte blanco. Por eso, en esta oportunidad, los golpes y las carpas desarmadas entregaban un dejo de tristeza. Paradójicamente, parecía que esta vez el circo se iba para siempre.
Espectadores pasaron por la Copa AT&T.
Personas vieron la Copa Davis.



