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MELBOURNE.– Qué le importa a Victoria Azarenka que el aplauso que recibe sea apenas tibio. Qué le importa haber ganado un partido en el que su mayor mérito fue esperar que la rival se equivocara. Qué le importa escuchar algunos silbidos, recordándole el incidente en la semifinal con Stephens, cuando en una cuestionada decisión fue al baño por 10 minutos tras desperdiciar cinco match-points. Qué le importa ser una de las jugadoras top menos carismáticas de los últimos tiempos. Y qué le importa tener un juego poco vistoso y no motivar a los espectadores en sus partidos. Nada de esto le importa. Sólo le importa que tiene en sus manos esa copa, la del Abierto de Australia, por segunda vez consecutiva y con sólo 23 años. Que su nombre figurará en las estadísticas por ser la séptima mujer en la historia de la era abierta en repetir el título de manera consecutiva tras la primera consagración. Que es ella la que derrama lágrimas de felicidad en el Rod Laver. Que sigue reinando entre las damas y el número uno es más suyo que nunca. Eso es lo que importa. Eso es lo que vale. Para siempre...
Lo primero que hay que decir de la final que la bielorrusa se quedó por 4-6, 6-4 y 6-3 ante Na Li, es que la china perdió el partido. En los momentos clave, desperdició las oportunidades para quedarse con el Grand Slam del año. Y eso sí hizo Azarenka: aprovechar las ocasiones que dejaba en el camino su rival, y seguir ese sendero que conducía a la victoria. Se vio superada en el comienzo por el plan perfecto ideado por Juan Carlos Rodríguez, el argentino que es el entrenador de la china: las primeras pelotas cerca del cuerpo de la bielorrusa y después a "atacarla porque no se defiende bien", le había dicho a LA NACION. Dicho y hecho: para llevarse el primer set por una diferencia corta para lo que sucedió en la cancha.
Después, Azarenka de a poquito fue torciendo el rumbo del partido y Na Li desvió su propio destino. Hay números en los partidos de tenis que hablan por sí solos: la china sacó ventaja en winners por 36 a 18, y también en errores no forzados, con 57 contra 28. Eso es Na Li hoy: una jugadora muy talentosa a la que le falta regularidad. Es capaz de ganar un largo peloteo terminándolo con una sucesión de tiros angulados, y después meter dos doble faltas seguidas. Como uno de esos futbolistas habilidosos que dan dos pases largos milimétricos y después malogran el de un metro. Suele pasar.
Azarenka tuvo cierta ayuda: dos veces Na Li pisó mal y se torció el tobillo izquierdo, en el 1-3 del segundo set y en el 2-1 del tercero. La dolencia física no desequilibró el partido en lo físico, pero sí en lo mental. "Me caí porque soy estúpida", dijo luego, con una sonrisa, tomando el hecho sin dramatizar. La segunda vez golpeó fuerte la nuca contra el piso, por lo que recibió atención médica especial con una doctora que movía el dedo delante de ella para ver si estaba consciente. La imagen de Na Li riendo por la insólita situación quedará como uno de los flashes de este extraordinario torneo. "Durante dos segundos no podía ver nada. Comencé a reír, pensando esto es una pista de tenis, no un hospital", comentó la china.
Azarenka tuvo paciencia. Se sobrepuso a malos momentos y a la presión de tener un estadio en contra. Las banderas rojas con las estrellas amarillas flameaban por todos lados. Algún aliento aislado de "¡Victoria!" era tapado por decenas de "¡Na Li!" Alguien gritaba algo en mandarín y el estadio estallaba en carcajadas. Parecía una final jugada en Pekín. Contra ese clima, contra un huracán de reproches, Azarenka salió intacta. Eso es un gran mérito de campeona.
"Desafortunadamente, hay que pasar por algunos momentos difíciles para lograr grandes cosas. Por eso este triunfo es muy especial para mí." ¡Y está bien, Victoria! Qué importan tantas otras cosas si, al igual que el año pasado, esa copa tan preciada fue besada por los mismos labios.
UNA BUENA EXPERIENCIA
"Lo tomo como una experiencia más de aprendizaje", dijo Vika, al recordar la semifinal ante Sloane Stephens, cuando fue al baño durante diez minutos en un momento crucial. "¿Los silbidos? Esperaba que fuera peor incluso, pero ¿qué se puede hacer? Hay que salir y jugar al tenis"




