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No fue un domingo más en el Temperley Lawn Tennis Club, allí donde Gastón Gaudio forjó parte de su carrera. El sol otoñal apenas empezaba a entibiar la mañana mientras un grupo de corazones latía cada vez más fuerte en el sur bonaerense. En la pequeña confitería del club house, decenas de miradas se detuvieron durante más de tres horas y media en la pantalla de un televisor, hasta desatar el festejo cuando, en París, el Gato llegó a tiempo a su cita con el destino.
"Le tengo una fe tremenda. Es un día muy especial y sé que es una final entre argentinos, pero quiero que gane Gastón. El es casi un hijo para mí", dijo Roberto Kiko Carruthers, presidente desde mediados de 2003 del Temperley LTC, un club fundado hace 84 años, y que también tuvo como jugadores destacados a los históricos Heraldo Weiss y Mary Terán de Weiss, a fines de los años cuarenta.
En las paredes cubiertas de fotos y cuadros, un diploma certificaba la presencia de Gaudio como integrante del equipo de Temperley subcampeón en un Interclubes de primera división, allá por 1998. "Diego, el hermano mayor, también era un tenista talentoso; llegó a jugar en categoría intermedia", recordaban en las mesas.
Los más pequeños coparon las sillas más cercanas a la TV y rápidamente comenzaron a desfilar los pocillos de café. Pero el entusiasmo se diluyó a medida que crecían los nervios de Gaudio y la solidez de Coria. Con el score 0-4, se escuchó el primer cántico futbolero: "Movete, Gaudio, movete/movete, dejá de j..." Casi al mismo tiempo, se escuchaba el reconocimiento para Coria: "Está jugando un montón este pibe, no regala nada".
Dos sets abajo, el panorama era más que difícil. El optimismo renació cuando Gaudio se adelantó 5-4 en el tercer parcial y volvieron los cánticos, con el bullicioso aporte de los chicos: "Olé olé olé/Gaudio, Gaudio"... El cuarto set, marcado por los problemas físicos de Coria, pasó volando.
Lo que siguió fue pura tensión, expectativa total. Minutos en los que cada punto se palpitó, se sufrió y se aplaudió, con un partido al alcance de cualquiera, al ritmo de los constantes quiebres de servicio. Los corazones se estrujaron con los dos puntos de partido para Coria. El Gato se gastó un par de vidas y zafó por muy poco, pero lejos del alivio, el club house se convirtió en una tribuna. Poco después, Gaudio quedó match-point; fue la hora de vivirlo de pie sobre las sillas o arriba de las mesas. Y explotó el carnaval de abrazos, emoción y lágrimas. Claudio Mena, entrenador de Gaudio entre los 14 y los 18 años, desató la tensión acumulada en un llanto feliz.
"Siempre le tuve fe, tenía el pálpito de que no podía perder, y le ganó a un genio de la mente en su propio terreno. Hoy puede empezar una nueva carrera para él; si se da cuenta de lo que puede hacer, puede estar mucho más arriba", comentó Mena, que iba a viajar a París para ver la final, pero no fue por una cuestión de cábala. Carruthers señaló: "Ganó el tenis argentino. Es una satisfacción inmensa porque sé todo lo que le costó llegar. Esto también es para los que dijeron que Gastón no tenía temple para jugar los grandes torneos y la Copa Davis".
Gaudio alzó la copa de los Mosqueteros, y en un silencio cargado de emoción, se escuchó el himno. Con una ovación y el grito de ¡Argentina, Argentina! se bajó el telón de un domingo único, inolvidable, que Temperley guardó en el corazón.

