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LONDRES.- El All England Lawn Tennis & Croquet Club está en el sudoeste londinense. El mágico escenario de The Championships, el tercer Grand Slam de la temporada tenística, se encumbra en esa porción británica, en el propio barrio de Wimbledon. Zona residencial y arbolada, con ritmo pausado la mayor parte del año, que entremezcla costumbres de pueblo y hábitos detenidos en el tiempo con autos de lujo. Campos de golf, música y pubs antiguos, iglesias y parques. También un cementerio. Caminar por sus calles angostas y zigzagueantes permite cruzarse con cuidada vegetación, ardillas y pájaros. Las casas, de frente estrecho y dos o tres pisos de altura, poseen jardines en la parte trasera. Los amantes del cine británico reconocen el barrio porque allí nació, en 1938, el popular actor Oliver Reed, conocido por su obra (y también por sus borracheras), fallecido en 1999 en Malta, durante el rodaje de Gladiador.

En ese contexto se encumbra Wimbledon, imponente y señorial. El torneo de tenis más prestigioso del mundo. Comparable, quizás, con el British Open o el Masters de Augusta (Georgia) en el golf. Cada año, durante el verano europeo, el evento con mayor tradición del arte de las raquetas, el que sigue vistiendo de blanco mientras se juega sobre césped, el que ofrece exquisitas frutillas con crema a toda hora, enciende las turbinas, convirtiéndose en algo más profundo que un valiosísimo certamen deportivo. Wimbledon, que este año reparte para los jugadores, en total, 38 millones de libras (unos US$ 47.950.000), es un suceso social, que involucra a la realeza –la duquesa de Cambridge, Kate Middleton, es una habitué del Centre Court en cada temporada– y a la clase británica más adinerada, pero también a los trabajadores que pueden acceder a las entradas más económicas por distintas maneras. Siendo parte del pintoresco "The Queue", una ordenada fila formada en un campo contiguo al All England que permite a los fanáticos conseguir tickets para los partidos de cada día. En cada jornada, a cierta hora, la organización va liberando entradas "Grounds Admission" (a 25 libras, unos 1335 pesos argentinos), que habilitan a ingresar al predio para observar partidos en las canchas exteriores (no así en los estadios principales).

Hay otras maneras para intentar comprar las pocas entradas que quedan sueltas en el mercado y disponibles cada año (las mejores y medianas ubicaciones de los grandes estadios suelen estar agotadas mucho tiempo antes). En la página web de la compañía Ticketmaster, cada noche –ya anunciada la programación del día siguiente– sale a la venta un puñado de localidades para los estadios principales, al precio oficial más el recargo del servicio. Así, por ejemplo, por 89 libras (4754 pesos), se puede conseguir una entrada para la tercera ronda masculina, en el Centre Court. La empresa aclara que solamente se pueden comprar "dos por persona", y que no son transferibles: "solo el titular de la tarjeta de crédito y su invitado, si corresponde, puede usarla". También, como en cada gran espectáculo, hay reventa. Los que se dedican a vender tickets de esa manera suelen ubicarse en las esquinas cercanas al All England. Claro que los compradores corren el riesgo de obtener, supuestamente, un pase para ver a Roger Federer y, una vez en la puerta del predio, no poder ni siquiera ingresar. Oficialmente, un lugar en el estadio central para la final masculina del 14 de julio cuesta 225 libras ($ 12.020); aún no se sabe si habrá disponibilidad, claro.

Ser parte del All England depende, básicamente, de una cuestión de estatus social. El club, uno de los más exclusivos del mundo, cuenta con 560 socios que están divididos en cinco categorías: Miembros de derecho pleno (A), Miembros de por vida (B), Miembros de honor (C), Miembros temporales (D) y Miembros temporales menores (E). Las personas de categoría D y E son elegidas y aprobadas de año en año y, generalmente, son jugadores activos que hacen uso regular de las instalaciones. Las canchas de césped son utilizadas durante todo el año por los miembros del club y los jugadores patrocinados por LTA, la asociación británica de tenis. Claro que las canchas están disponibles de mayo a septiembre (excepto la central, que se utiliza solo para Wimbledon).

Pero volviendo al llano, Church Road, la calle de doble mano que va serpenteando desde la estación de metro Southfields hasta el complejo de Wimbledon, es un hormiguero cada día. Dependiendo la hora, las aproximadamente 15 cuadras entre un extremo y el otro, se asemejan a una procesión. El metro, el transporte que va tanto por encima como por debajo de la tierra, es la mejor opción para acercarse. Desde un centro neurálgico como Piccadilly Circus a Southfields, perteneciente a la District Line (de color verde), se demoran unos 30 minutos. Dependiendo si se tiene la tarjeta recargable Oyster (con un sistema similar al de la SUBE) o si se sacan boletos diarios, la tarifa para hacer ese trayecto oscila entre las 3.30 libras (unos 176 pesos) y las 4.90 ($ 261). Aquellos que desde Southfields, por una u otra razón, no desean caminar hasta el club, tienen la opción, por 3 libras ($ 160), de compartir el taxi con 3 o 4 personas. El estacionamiento para los automóviles (el oficial administrado por el torneo, y el que ofrecen en sus garajes los propietarios de las casas aledañas) fluctúa entre las 40 y las 25 libras ($ 2136 a 1335).

Los atentados terroristas de 2017 en Londres y Manchester hicieron que Wimbledon reforzara su seguridad. Desde entonces, se toman muchas más precauciones. Barreras de protección en la vereda del club (para intentar detener potenciales ataques de automovilistas contra peatones), policías con armas automáticas, perros, agentes de incógnito, revisación de los bolsos y las mochilas en cada puerta de acceso, son parte del paisaje de un certamen que recibe a unas 40.000 personas al día.

Dentro del All England, todo fluye con magia. Estar en Wimbledon es como viajar en el tiempo sin descuidar la innovación. La estatua de Fred Perry, la leyenda británica que se convirtió en una presión durante años para el escocés Andy Murray, en un rincón del complejo invita a soñar en blanco y negro, a pensar en la época del deporte romántico. El verde oscuro y el púrpura, los colores característicos de Wimbledon, tiñen cada rincón; de hecho, la cartelería tiene ese matiz.

El merchandising es, sin dudas, uno de los mayores ingresos que tiene The Championships. Dos grandes shops, uno debajo del Centre Court y otro en la planta baja del Court 1 (además de los pequeños comercios diseminados por todo el club), son una gran atracción para el público, que se encuentra con artículos de todo tipo, categoría y tamaño. Tubos de cuatro pelotas oficiales (9 libras; $ 480), mochilas (60; 3205), llaveros (5; 267), gorras (23; 1228), la pelota gigante en la que los chicos suelen juntar autógrafos (18; 961), paraguas (30; 1602), remeras de algodón para adultos (32; 1709) y chicos (20; 1068), sombreros de estilo Panamá (69; 3686), corbatas con el logo del torneo (59; 3151), cantimploras (10; 534), los toallones que usan los jugadores (34; 1816), velas (25; 1335), tazas (14; 747), bolígrafos (2; 106), cuadernos (8; 427)...

Los miles de espectadores que recorren, efervescentes, los rincones de Wimbledon cada día, cuentan con todas las comodidades y los servicios: baños cada pocos metros, galerías y bancos de madera para descansar o detenerse a comer, bebederos, enfermería, tachos de residuos divididos por colores para los desechos en general o los que se reciclan. Otro rincón mágico es la llamada, en su momento, ‘Henman Hill’ (ahora, la ‘Murray Mound’), una loma desde donde el público hace picnics, duerme y sigue la acción en la pantalla gigante que ofrece el Court 1. El museo de Wimbledon es una joya a la que se puede asistir (los adultos pagan 10 libras; $ 534). La variedad gastronómica, asimismo, es sumamente amplia. Pizza, salmón, sándwiches de fiambre y vegetarianos, sushi, frutas, helados, tortas, donas. Y desde luego, las frutillas con crema, una delicatessen que cuesta 2.50 libras (132 pesos) ¿Bebidas alcohólicas? Sí, claro. Champagne, cerveza tirada (la pinta cuesta 5.90 libras; 315 pesos). Aunque la favorita es la Pimm’s, un aperitivo color caramelo elaborado con gin. "Wimbledon es el lugar donde la magia puede suceder", dijo, alguna vez, Andre Agassi, campeón aquí en 1992. Tiene razón.


