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El Diccionario de la Lengua Española, editado por la Real Academia, no habla de "dopaje" ni mucho menos de su similar en inglés, el "doping". No por alguna inhibición. Tampoco por pruritos, por ética o por alguna otra cuestión lindante.
No figura, sencillamente, porque el doping no existe como definición.
¿Qué es, al fin y al cabo? Es una palabra inexistente, supuestamente sin consistencia semántica, y al mismo tiempo terriblemente de moda. Porque todos hablan de doping. Llueven denuncias, se siembran y alimentan controversias. Voz que provoca acusaciones, denuncias, juicios. Pero que no figura en el diccionario. Que no existe...
Será por casualidad, por causalidad, por suerte o por sabiduría de quienes lo hicieron, la mejor definición que el diccionario ofrece para este desastre enquistado en el deporte se encuentra como explicación de otra palabra que tanto tiene que ver con el tema: droga.
Sobre todo, en tres de las acepciones que las hojas del libro editado en Madrid, allá a dos cuadras del famosísimo Museo del Prado, le dedica a la droga.
Dice la segunda de las definiciones: "Substancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente o narcótico".
Refleja la tercera:"Embuste, mentira disfrazada con artificio".
Acusa la cuarta: "Trampa, ardid perjudicial".
Como de manera tangencial, aun cuando eludió la palabra de manera directa, el diccionario se las arregló para reflejar el significado del doping.
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En Francia resuenan los ecos del escandaloso Tour ciclístico. En dos ruedas avanzan las críticas, las peleas, las acusaciones. Pero el francés Richard Virenque, líder del suspendido equipo Festina, hombre que debió pasar por la cárcel acusado de haber ingerido sustancias prohibidas, fue recibido como un ídolo cuando regresó a su pueblo.
En Italia, el checo Zdenek Zeman, entrenador de Roma, habló del fútbol como "una farmacia ambulante". Aseguró temer que "el campeonato de Serie A se convierta en un Tour de Francia". Acusó a Juventus y dio nombres -Del Piero, Vialli-, pero sólo ganó demandas judiciales en su contra. Apenas su colega Carlo Mazzone, DT de Bologna, comentó que las denuncias no debían "subestimarse". Pero el resto miró para el costado y dejó a Zeman como un "tirabombas".
Desde Lausana, en el búnker que el Comité Olímpico Internacional (COI) posee en la zona de Vidy, el titular del olimpismo, Juan Antonio Samaranch, sumó adhesiones a su pedido de llamar "doping" sólo a las sustancias que hicieran mal al organismo. Lo apoyó el presidente del Comité Olímpico Español, Carlos Ferrer, miembro COI que no votó a Buenos Aires en la elección por la sede de los Juegos del 2004.
En la Argentina, el secretario de Deportes, Hugo Porta, pidió el control antidoping para todos los deportes. Algunos se quejaron porque era "caro", sin reparar en que el costo era un problema mucho más fácil de solucionar que la inmoral ingestión de drogas para mejorar el rendimiento.
Cabe una pregunta: ¿por qué todo el mundo habla del tema? ¿Por qué es noticia en Francia, en Italia, en Lausana y hasta en la lejana Buenos Aires? Va la respuesta: esta "trampa", esta "mentira disfrazada con artificio", existe. No es un invento de un entrenador trasnochado ni una noticia disparada con mala intención. Pero se la encubre y nunca sale a la luz por conveniencias económicas. Sucede en el exterior. Pasa en la Argentina. Debe cortarse de raíz. Aunque haya que luchar contra el cinismo de los tramposos.


