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No estará ya una parte grande de Racing. Para siempre se marchó una porción del alma de la Academia. Elena Margarita Mattiussi, la célebre Tita, falleció ayer, a los 79 años, víctima de una complicación respiratoria. Desde hace unos días, Tita estaba internada en el Hospital Pedro Fiorito, de Avellaneda, ya que una perforación en una úlcera le provocaba dificultades en la respiración.
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Durante más de 40 años, Tita fue hermana y madre de todos en el club de Avellaneda. Hija de César y Aída, una pareja de inmigrantes italianos que llegó al país en medio de la Primera Guerra Mundial, Tita nació en Racing. Sin eufemismos. Su madre la dio a luz debajo de una tribuna de madera de la vieja cancha, el 19 de noviembre de 1919. Y jamás pudo irse de allí. Su padres había llegado al club a través de un aviso que solicitaba un canchero y su mamá trabajó como lavandera.
A la muerte de Aída, Tita se hizo cargo de las labores que había desempeñado su madre. Pero su refugio, su hogar en la cancha inaugurada durante la primera presidencia de Perón, el 3 de septiembre de 1950 significó mucho más. Fue punto de encuentro obligado de los futbolistas antes de cada match.
Por todo el mundo viajó en la época en la que Racing se cansaba de ganar títulos. Entre los jugadores, sus eternos mimados, se encargaban de que nada le falte. Suculentos desayunos y la ropa impecable significaban la retribución inevitable. Tita vivió desde adentro cada conquista. Como el glorioso tricampeonato (49, 50 y 51); o el legendario equipo de José, inmortalizado con aquel zapatazo del Chango Cárdenas en el Centenario de Montevideo.
"Los jugadores son los hijos y hermanos que nunca tuve. Racing es mi marido", solía decir a la hora de justificar su eterna soltería. Sufrió y lloró con el descenso a la primera B, en 1983, y las lágrimas surgieron de alegría cinco años más tarde, con la obtención de la Supercopa. Pero, a diferencia de otras hinchas-símbolo, como la Gorda Matosas, en River, y la Raulito, en Boca, Tita era lo contrario a una mujer del tablón:incapaz de insultar a un jugador o a un árbitro.
"Yo siempre espero; que el equipo sea el mejor del país, que todo mejore, que se terminen los problemas, espero, espero...", había confesado hace unos meses en forma de esperanza. No le importaba siquiera no percibir su sueldo;o que cobrar los 9220 pesos que Racing le adeudaba no fuera más que una utopía.
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Quiebra, jueces, crisis... todo se había precipitado para Tita en el último tiempo. Tal vez no pudo aguantar observar a su Racing querido tan enfermo de inoperancia. Aunque la palabra desaparición le provocaba escozor: "Ah, no, querido! No me quiera convencer de que Racing va a desaparecer. Racing es todo para mí. Me queda poco tiempo de vida, pero daría todo lo que tengo por solucionarle los problemas a Racing".
Empapelada de fotos y de recuerdos, la austera casita de las tardes de ruedas de mate y lagrimones transitará ahora por los caminos de la inexorable nostalgia. Solitaria, permanecerá seguramente como sagrado santuario de añoranzas. Tampoco será el mismo el olor a mate cocido ni el blanco impecable de las medias. Ya no estará la querida Tita para algún sanguche a escondidas.



