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Le decían Tito. Sus padres, sus vecinos, sus amigos, admirados por esa exacta mezcla de potencia y habilidad que ensayaba amagos a la pobreza; lo llamaban Tito en Abidjan, la capital anterior y centro económico de su querida Costa de Marfil natal. A Didier Drogba lo llamaban Tito en Yopougon, en su casa, de donde se escapaba todas las tardes para convertir goles entre los autos detenidos dentro de viejos estacionamientos. Didier Drogba es el emblema de Costa de Marfil, el color de la esperanza africana, que se presentará en sociedad el 10 de junio en un Mundial, justo ante la Argentina. Didier Drogba es el enemigo íntimo o, acaso, el amigo distante de Hernán Crespo en la magnética lucha por el gol en el poderoso y exitoso Chelsea. Didier Drogba, convertido en prócer en vida en su patria, tiene su historia, de lucha y esperanza, construida desde hace 28 años.
El mayor de siete hermanos, hijo de empleados bancarios, Tito siempre soñó con transformar su tímido apodo a cambio de la fama mundial. Y lo logró. A los cinco años se fue a Francia, donde su tío, Michel Goba, un ex futbolista, intentó encontrar sin éxito un lugar para tanta destreza contenida. Tres años después, volvió a Costa de Marfil. "Mi tío es como un padre, pues me dio todo. Todo lo que soy hoy se debe al importante papel que ha tenido en mi vida. Todo lo que hago es por él", dijo alguna vez.
A fines de los años ochenta, sus padres dejaron de hacer cuentas: fueron despedidos del banco. Sin un futuro promisorio, tomó otro avión. Y partió a París. Tenía 15 años y repartía el tiempo entre su tío, el estudio y el fútbol. Levallois fue su sitio en el mundo. Después, ya profesional y convertido en delantero ("jugaba de zaguero, pero mi tío me insistió en que los delanteros eran los más conocidos", bromeó más de una vez), surgió Le Mans, en la segunda división, más tarde Guingamp, y la explosión en el club emblema de Marsella, Olympique.
Fueron 18 goles en 35 partidos y una final perdida de la UEFA frente a Valencia, en 2004, lo lanzaron a la fama con un frase que aún hoy rechaza: "La sombra de Eto’o". La fama, los millones y Europa a sus pies. El magnate Roman Abramovich lo vio una vez y se tentó. A fines de ese año pagó la cifra más abultada de la historia de Chelsea: 37 millones de euros por sus goles.
Exitoso, serio y campeón a la británica, es un auténtico profesional en Cobham, el barrio londinense donde vive con su mujer y sus tres descendientes, a los que les cuesta demasiado conjugar los complejos tiempos verbales ingleses. Aunque, en realidad, Drogba se divierte en su tierra, entre los elefantes, como llaman a su seleccionado. Dicen que Henri Michel, el entrenador, los deja vivir a la africana. Los almuerzos, advierten, son verdaderos banquetes de bodas.
Hace un buen tiempo ya que Costa de Marfil –convulsionada por las crisis políticas y económicas– tiene su cable a tierra con el fútbol. En realidad, con Drogba.
Se venden de a millones las cervezas con su apellido como marca: "La cerveza del hombre fuerte", exclama la publicidad local. La Drogbacité es el éxito musical del año, acompañado por extrañas danzas esotéricas: provoca fiebre entre los adolescentes.
"El fútbol es sólo un juego", dice, de tanto en tanto, aquel tímido Tito convertido en héroe, con la mirada ruda, la voz penetrante y esa magnética costumbre de poner en ridículo a eventuales arqueros rivales. Tanto que su sola presencia mejora las perspectivas marfileñas en las apuestas para el Mundial: el equipo, que pagaba 150 a 1, ahora retribuye 50 a 1, según la casa William Hill.

