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Murió Torcuato Tito Emiliozzi, mecánico y acompañante de su hermano Dante, junto a quien se consagró cuatro veces campeón argentino de Turismo Carretera en la década del sesenta. Tenía 86 años y falleció en su casa de Olavarría, víctima de un infarto. Sus restos serán sepultados hoy, en el cementerio municipal de esa ciudad.
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Por unos momentos, los motores callaron su tronar. Como si algo los sobresaltara, como si hubiesen perdido su motivación por continuar encendidos. Porque si la muerte de Dante Emiliozzi, hace diez años, enlutó a toda Olavarría, la de Tito, ayer, terminó de cerrar la página más gloriosa escrita por estos dos hombres en el Turismo Carretera.
Aunque incursionó en el tenis y el ciclismo, y haya sido un animador de lujo del Club Español con sus carambolas sobre la mesa de billar, no fue sino en el automovilismo donde Torcuato brilló con luz propia. Y siempre junto a Dante, su hermano menor y confidente.
Tal vez, esa indisolubre unión que se prolongó casi 20 años dentro del TC haya ayudado a uno y otro a convertirse en leyendas de nuestro deporte. Dante y Torcuato. Torcuato y Dante.
Tito escuchó primero el llamado de la velocidad y se largó a correr en Fuerza Limitada con un Ford A a los 20 años. Después llegó la guerra que paralizó al mundo y dividió la historia. El mayor de los Emiliozzi vendió su coche. Empezaba a forjarse el gran mecánico, aquel capaz de sacarle potencia hasta lo inimaginable a un auto de leyenda como la Galera, que viajaba a más de 200 km/h.
¿Qué secretos tuvieron los fierros de ese coche para Tito? Imposible encontrar alguno. Desde que apareció aquella cupecita (el 23 de abril de 1950, en la Mar y Sierras), los hermanos se turnaron en la conducción, pero al año siguiente Torcuato supo que lo suyo era acompañar a Dante y "vigilar" el rendimiento del Ford. No importaban las noches sin dormir.
El histórico taller de la calle Necochea, casi siempre lleno de curiosos, fue la escenografía en la que Tito se movió pacientemente. Si bien era más inquieto que su hermano, a la hora de ajustar los detalles sobre una planta impulsora nada interrumpía al orfebre de Olavarría.
Con perfil bajo y las puertas abiertas para quien quisiera ver cómo se armaban los éxitos de cada domingo, Torcuato sabía que en sus manos radicaba buena parte de los triunfos. Los cuatro campeonatos ganados por Dante son el mejor testimonio.
Así, la trilogía Dante-Torcuato-la Galera pudo erigirse en amplia dominadora desde 1962 hasta 1965. Cualquier cambio sugerido por Tito, funcionaba. Si hasta sabía en que momento cambiar el color del auto: cuando lo pintaron de rojo, ganaron en Chacabuco; estrenaron el blanco y negro y vencieron en el Gran Premio de 1953, y (ya con la publicidad de Atma) se llevaron el primer puesto en Santa Fe, en 1964, el primer día que La Galera apareció pintada de azul y rojo.
Tito, por su condición de mecánico, jamás perdió el protagonismo, aunque él no lo buscara. Para el país siempre ganaban o perdían "los Emiliozzi".
Hombre bueno en definitiva, con sus últimos ahorros se dedicó a pagar hasta "lo que no le correspondía", al decir de sus amigos de siempre. Padre de dos hijas y abuelo consagrado a sus nietos, tampoco descuidó su pasión de siempre y estuvo presto para tender una mano siempre que José María Romero -el último vencedor en el TC de la saga olavarriense- la necesitaba.
Recuperados del impacto, los motores volverán a marcar su sostenido ritmo de furia. Qué mejor homenaje, después de todo, para ese hombre que en absoluto silencio ayudó a engrandecer la rica estadística del TC. Si parecería que todavía se lo ve entrar presuroso en el viejo taller de la calle Necochea...

