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LA PAZ.– Una vez más se tratará de leer el contenido del vaso; ¿medio vacío o medio lleno? La derrota por sólo un gol que anoche sufrió Boca en esta ciudad encierra un buen negocio porque parece una diferencia reversible cuando los xeneizes reciban el 17 del actual a Bolívar, en la segunda final de la Copa Sudamericana. Pero si se tiene en cuenta que el conjunto argentino asumió con oficio la adversidad de la altura, al menos el empate pareció un resultado que podría haber rescatado. Y hasta la victoria también, si se hubiese atrevido cuando advirtió que los locales tenían contados argumentos de valor en su propuesta desdibujada.
Decidido a conseguir una rápida y tranquilizadora ventaja, los bolivianos asumieron una arrolladora iniciativa. Intentaron acorralar a Boca y lo lograron con facilidad. Apenas ocho minutos se jugaban y los dirigidos por Jorge Benítez, atormentados por el ímpetu del rival, ya habían atravesado por tres sofocones protagonizados por Julio Ferreira, Horacio Chiorazzo y Roger Suárez. Boca no podía sostener su entretejido defensivo y varios jugadores se mostraban torpes y aturdidos por el rirmo que los locales le imprimían al encuentro. Ahogados y sin reacción, Aníbal Matellán y José María Calvo penaron en la marca, mientras que Andrés Guglielminpietro no se asentaba y Carlos Tevez no inquietaba a la retaguardia boliviana.
Los jugadores dirigidos por Vladimir Soria probaban insistentemente por la vía de la media y la larga distancia. Roberto Abbondanzieri, atento y elástico, sacó magistralmente un remate de Chiorazzo, que antes había hilvanado dos caños para limpiar la maniobra. La presión era tan abrumadora que en los primeros 25 minutos Bolívar dispuso de ocho tiros de esquina.
Pero la principal virtud de Boca resultó sobreponerse a la adversidad. Porque transcurrido ese lapso de desconcierto, los xeneizes crecieron hasta equiparar el desarrollo del cotejo. Paulatinamente, Diego Cagna comenzó a aceitar la circulación del balón. Sin dinámica, claro, pero con una apropiada dosis de inteligencia y ubicación. Enseguida se asoció el colombiano Fabián Vargas con su habilidad y Boca superó el acorralamiento al que lo había sometido Bolívar. Los visitantes, por primera vez en el cotejo, interpretaron la necesidad de defenderse desde la posesión de la pelota. Si hasta los xeneizes dispusieron de una clara acción de peligro: la jugada la encabezó Guillermo Barros Schelotto, extendió para Vargas y una filosa habilitación del colombiano le permitió a Tevez sacar un violento remate que el arquero Mauro Machado rechazó con dificultad.
La segunda parte se reanudó bajo los mismos términos, es decir, con Boca afirmándose en el control del encuentro. Bolívar, ansioso, impreciso, impotente por no poder responder a la expectación de sus hinchas –por primera vez un equipo boliviano se clasificó para una final internacional– se enredó en el abuso de los pelotazos. Y con los sucesivos y erráticos cambios de frente, los dirigidos por Soria sólo dividieron el balón y le permitieron recuperar varias posesiones a Boca.
La frustración empezaba a engrillar a los locales. Pero a la media hora apareció Bolívar acompañado de un frío oportunismo. El pelotazo largo para el argentino Horacio Chiorazzo (pareció que Calvo lo habilitaba) lo colocó mano a mano con el Pato Abbondanzieri, que salió desarmado, con poca convicción para tapar la definición, y pagó su equivocación. Bolívar se puso en ventaja cuando menos lo esperaba. Cuando sus ilusiones comenzaban a apagarse.
En el arsenal de los bolivianos no quedaba más y por eso ni ofrecieron ímpetu para buscar otro tanto. La mínima diferencia no los conformó porque esperaban golear. A Boca sólo le quedó esperar el final, sin apremios, para que se esfumara un partido apenas discreto. Los dirigidos por Benítez sintieron que se habían asegurado un buen negocio... pero conscientes de que aún podría haber sido mejor.


