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De pronto, Marla Runyan dejó de leer con claridad. No pudo ni jugar al ahorcado en el colegio, una especie de pasatiempo que ella y sus amiguitas adoraban. A Marla todo lo que se le ponía por delante le parecía una mancha. Así fue como, a los nueve años, junto con sus padres comenzó a recorrer hospitales para obtener al menos una explicación sobre su problema. Mal de Stargardt, le dijeron. Degeneración de la mácula, le explicaron. Y la pequeña Marla debió aprender a convivir con una visión completamente borrosa de este mundo.
Jamás dirá que eso le impidió ser una campeona. Sencillamente, sostendrá que, con esfuerzo, se pueden superar las limitaciones. La prueba la dio anteayer, cuando, a los 31 años, registró 4m 6s 44/100 en los 1500m de los Trials norteamericanos y, con una marca A, se clasificó para los Juegos Olímpicos de Sydney. Y con un agregado: será la primera atleta legalmente ciega que participará en unos Juegos.
Trischa Zorn no pudo estar en la natación de 1980, por aquel boicot de los Estados Unidos a Moscú. Jim Mastro viajó, pero no compitió en la lucha de Montreal 76. Por eso, ahora Marla puede convertirse en un récord... y en un ejemplo.
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La mácula es el área de visión más nítida del ojo. Justamente eso es lo que se le ha degenerado a Runyan. No es que no vea absolutamente nada, aunque su problema sí es insoluble, según dictaminaron los médicos.
Técnicamente, su visión es de 20/300 en el ojo izquierdo, y de 20/400 en el ojo derecho... con lentes de contacto. Y para la ley norteamericana, "alguien es ciego cuando ya no puede corregir su problema de visión", según cuenta Marla. Yes que ése es su caso.
"Se hereda a través de los genes, así que supongo que lo heredé de mis padres, por más que ellos no tengan problemas de visión", relata Marla en su site de Internet (www.marlarunyan.com). "Mucha gente me pregunta cómo hago para correr si no puedo ver casi nada, y es por eso que se me ocurrió crear un web site. Quizás así los ayude a entender", explica.
Runyan confiesa que a veces las imágenes que tiene delante de sí se le "desaparecen, y enseguida reaparecen". Es clara:"De repente, es como si tuviera blancos. De todas maneras, mi visión periférica está intacta, y es por eso que me oriento. Digamos que puedo correr, pero que no alcanzo a distinguir a mi entrenador cuando se para delante de mí".
Lo de Marla es tan elogiable que hasta el mejor velocista del mundo se detuvo en ella. "Es increíble lo que ha hecho. Es incluso un esfuerzo muy superior al que hace la mayoría de los atletas", señaló su compatriota Maurice Greene, récordman mundial de los 100 metros.
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En cuestión de marcas, Marla está un poco lejos de las número 1. Por ejemplo, su mejor marca, 4m5s 27/100, no se lleva del todo bien con el récord mundial registrado por la china Yunxia Qu en 1993: 3m 50s 46/100. Y tampoco anda demasiado cerca de la marca ganadora en el Mundial de Sevilla 99:3m 59s 53/100, tiempo de la rusa Svetiana Masterkova.
Sí se ubica mejor que cualquier argentina. Aquí, el récord nacional es de 4m 14s 98/100, conseguido por Norma Beatriz Fernández en 1991. Digamos que Runyan compite en el Primer Mundo de los 1500m, aunque no resulta una atleta top.
"Jamás diré que correría tres segundos más rápido si no hubiera tenido Stargardt. Sé que nunca podré tener una vida normal, pero tampoco me consta que mi problema es un factor determinante para no correr a mayor velocidad", relata.
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Marla no lee libros, sino que los escucha. Su madre, Valerie, es quien le ayuda a escribir. Y su padre, Gary, es el que se preocupa por hacerle vivir una vida lo más normal posible. "Sufrió demasiado y pasó por etapas de mucho miedo, pero nunca se cayó", cuenta él.
"Me gusta pensar que lo que perdí no fue visión, sino alguna experiencia", señala ella. Y quizá sea así.
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Las grandes historias de vida no necesitan de nombres famosos para ser importantes. Las luchas no precisan de héroes para ser épicas. Pues Marla Runyan no es famosa ni suele ponerse en el papel de una heroína. Pero su batalla y su esfuerzo hacen que la historia de su vida resulte enorme, y su imagen la convierte en un espejo y en un ejemplo para nunca sentirse vencido.


