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La violencia enquistada en los clubes, bajo el rótulo de barrabravas, dio otra muestra de impunidad: un intento de agresión al futbolista Favio Yagui Fernández, de Independiente, y una de las típicas apretadas, según el argot de los inadaptados, a Ricardo Gareca, el técnico del equipo de Avellaneda.
El desenlace fue así: el plantel de Independiente se entrenó ayer por la tarde en el complejo que la entidad posee en Villa Dominico; regresó al estadio de Alsina y Cordero, se cambió en los vestuarios y cuando Fernández se retiraba fue rodeado por diez integrantes de Los Narigones, uno de los grupos que domina la escena de la violencia, domingo tras domingo, en las tribunas.
Uno de ellos se abalanzó sobre Fernández, pero no alcanzó a pegarle por dos motivos: un rápido movimiento del jugador y la intervención de otros integrantes de la barra brava, que se interpusieron; cuatro de los barrabravas forcejearon con el agresor; el resto, siguió los pasos de Fernández, que cruzó algunas palabras con los vándalos; inmediatamente, el jugador corrió unos metros, subió a su autómovil y se fue a su casa.
Minutos antes, el que sufrió algo parecido había sido el técnico Gareca. En este caso, el conductor de Independiente conversó con el grupo, que a viva voz le reclamó por los constantes cambios que hace en el equipo. Hubo palabras subidas de tono, pero Gareca, cuando salió de los vestuarios, minimizó el episodio. Eso sí: en esa media hora en que los vándalos se movieron con libertad por las instalaciones del club, no se vio a nadie que perteneciese al servicio de vigilancia privada, que tiene contratado la entidad.
Pablo Rotchen y Christian Gómez también se encontraron con el grupo, después de Gareca y Fernández, pero otra fue la actitud de unos y otros: conversaron como si los jugadores tuviesen la obligación de darles explicaciones a los barrabravas.Que por otra parte, en este caso, se las dieron por los irregulares resultados del equipo que maneja Gareca.
El resto del plantel fue más cauto: esperó en los vestuarios y sólo salio cuando se supo que los diez vándalos se habían retirado. No había, naturalmente, personal de vigilancia a la vista ni dirigentes.
Como ocurre, lamentablemente muy a menudo en diferentes clubes, son pocos los que se animan a hablar sobre el tema, fundamentalmente los jugadores, muchos de los cuales prefieren el silencio como una forma de defenderse, frente a tanta impunidad.
Héctor Grondona, presidente de Independiente, se enteró de los incidentes mientras asistía a la inauguración de un gimnasio en la sede la institución, a pocas cuadras del estadio, en avenida Mitre 470, de Avellaneda. E inmediatamente, consultado por La Nacion, se refirió al tema.
"Lo que pasó tiene que ver con esa lacra humana que existe en nuestro fútbol; estas cosas pasan porque estoy cambiando a Independiente; pero nadie me va a parar", comentó Grondona. Y redondeó su concepto: "Seguramente fue un grupo que en otros momentos recibió concesiones".
Y no hubo más, aunque Grondona prometió una investigación con la gente de seguridad. Ojala que no sea demasiado tarde.
Lo que ocurrió en Independiente, no es nuevo. En el tercer partido de Ricardo Gareca en el club, el 9 de agosto último, por la 18a. fecha del Clausura ´97, su equipo perdió por 3 a 2 con Huracán (C) y quedó sin posibilidades por el título. A la salida del estadio, el presidente Héctor Grondona fue agredido por un grupo de hinchas que le cuestionaron el alejamiento de Menotti y las ventas de Calderón, Acuña y Morales.
Hace dos semanas, Racing también sufrió la presencia de barrabravas en un entrenamiento, que criticaron a Carlos Babington por la mala campaña y agredieron a dos fotógrafos.

