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Roberto De Vicenzo. Una mañana otoñal, en su hogar de Ranelagh. Para hablar de su vida, de sus frescos 80 años. Imperdible...
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“Estoy bajando la montaña; casi diría que ya la bajé. Empecé el inevitable descenso de mi vida deportiva y ahora estoy en una etapa en la que me toca recoger los frutos de las buenas relaciones que hice durante 80 años.
“¿Qué hago hoy? Estoy con mis amigos, juego con ellos, trato de colaborar con mi nombre o mi presencia en los emprendimientos de beneficiencia. También estoy trabajando con el campo de San Eliseo, el último sueño que me queda por realizar en el golf. Y también es el momento de disfrutar de mi familia, de estar con ellos los fines de semana en Ranelagh, que es un punto de reunión permanente. Todos viven alrededor de esta casa que compré hace más de 40 años. Mi señora Delia, mi gran apoyo durante tantos años, está a mi lado y muy bien de salud. Cuando una persona tiene todas estas cosas alrededor, puede mantener la cabeza rejuvenecida. Por suerte mi mente todavía está bien. Está contenta.”
Nací en Chilavert –entre Villa Ballester y José León Suárez – y mi recuerdo más lejano en el golf es cuando tomé un palo a los 6 o 7 años. Ya vivíamos en Migueletes, a cien metros de la cancha de golf del Club Central Argentino. Practicaba con un corcho y una vara de árbol y les hacía trampa a mis amigos para conseguir entradas de cine en Villa Urquiza para ver películas de cowboys. Al corcho le ponía clavitos de un lado para darle la dirección que quería a la pelota. A los chicos les decía: “Te apuesto la entrada del cine a que la tiro con pool, te apuesto a que la tiro con slice”. Ponía el clavito de un lado y salía con pool, ponía el clavito del otro y salía con slice.
Por aquella época, mis hermanos mayores ya eran caddies y hablaban todo el tiempo de golf, por lo que yo también me contagié de ese ambiente. La necesidad de hacernos caddies para ganarnos el mango resultaba imperiosa. Transcurrían tiempos difíciles para nuestra familia.
Mi padre, Elías, era pintor de brocha gorda, pero no tenía nada que ver con el golf. El decía que se trataba de un juego de vagos y que el único que trabajaba era él. Pensaba que el golf no me llevaría a ninguna parte y que lo mejor era que lo ayudara sosteniéndole la escalera para pintar. Falleció a los 53 años y no llegó a verme jugar ni ganar torneos. Nunca le interesó.
Además de caddie, fui lagunero y buscaba las pelotitas que se hundían en la laguna del club. Pero también tuve otras ocupaciones durante mi infancia y adolescencia: trabajé en la construcción de la General Paz como ayudante del remachero de bulones. Yo calentaba los bulones y se los daba con una pinza al remachero. Era un trabajo temporario, de no más de cuatro meses, hasta que se terminó el puente.
Soy el quinto de ocho hermanos –siete varones y una mujer–. Comíamos que daba miedo y salimos fuertes y sanos. Realmente, éramos una familia humilde y muy unida. No sobraba, más vale faltaba..., sobre todo cuando murió mi madre, que se llamaba Rosa Baglivo. A partir de ahí, empezamos a tener más dificultades.
Mis hermanos eran peleadores y recuerdo que nos llamaban los Scorchetti; nos la pasábamos molestando a todo el mundo y jugando al fútbol. Mi tío quería que yo me hiciera boxeador y yo le decía: “Dejate de j..., ¡mirá la nariz que tengo; no le erra nadie!”
Me dí cuenta enseguida de que podría empezar a vivir del golf. Cuando hice mi primer viaje a los Estados Unidos salí segundo en un torneo. Y después volví con Martín Pose y Enrique Bertolino, en un viaje que nos pagó la Asociación Argentina de Golf. Jugué algunos torneos más y cuando regresé me pude comprar un Chevrolet, allá por 1948. Después de 1950, ya no tuve problemas de dinero. Nunca gané grandes cantidades. Gané bien, suficientemente bien. Como para vivir sin grandes problemas.
Lo complicado fue al principio. A los 15 años jugué en zapatillas mi primer Abierto de la República, en el Ituzaingó Golf Club. Hice 81 golpes y no me alcanzó para clasificarme. Me acuerdo que alguien me preguntó: ¿Pibe, por qué no usás zapatos para jugar? “Porque me patrocina Alpargatas”, le contesté para salir del paso. Algunos años después me apodaron Spaghetti. Fue el periodista Gregorio Milderman, del diario El Mundo, que en su columna llamada “Desde el Búnker” solía bautizar a los golfistas. Me puso Spaghetti por los brazos musculosos y porque llegué a varios torneos vestido con el uniforme de la Marina, en tiempos del servicio militar.
El Abierto Británico lo gané (1967) cuando ya pensaba que no lo iba a lograr. En ese certamen salí una vez primero, dos veces segundo y tres veces tercero, jugando mal el green. Siempre. Eran greens pesados y nunca pude tirar bien con el putter, salvo cuando gané.
Llegué al par 5 del 16 en el Royal Liverpool con tres golpes de ventaja sobre Jack Nicklaus, pero él hizo birdie en el 17 y yo decidí arriesgar para mantener la ventaja. No hice una buena salida, pero me jugué con el segundo golpe por arriba del campo de práctica, que es alto, llegué al green y pude marcar un birdie. Ese golpe todavía es muy comentado y muchos dijeron que allí había ganado el torneo. Finalmente le gané a Nicklaus. Y no fue la única vez que lo hice. El me respeta mucho y por eso es que me nombró embajador de su torneo. Es una distinción de honor que se hace todos los años en su circuito, que se llama Golden Bear Tour.
Recuerdo que una semana antes del certamen, un chico escocés me había regalado una pata de halcón, que allá es un símbolo de buena suerte. Primero dudé en aceptarla, pero después me la guardé y fue para siempre. Cuando gané pensé en el país, en mi gente, en mis amigos. Lo primero que quise hacer fue llamar a Ranelagh, pero era imposible comunicarme.
Después de ganar en Inglaterra me recibieron de manera espectacular, no solamente en la Argentina, sino también en toda América. A la hora de los festejos vivís situaciones muy disímiles. En Inglaterra estaba yo solo y me hubiera encantado tener a algún argentino cerca para abrazarlo. Es como hacer un hoyo en uno sin que te vea nadie; lo tenés que contar y no te lo creen. En cambio, cuando uno consigue algo en su ambiente es otra cosa: los festejos son mejores, las sensaciones son mejores. Ganar lejos solo fue bueno, pero no se compara con lo que viví acá. Por ejemplo, tras ganar el trofeo individual de la Copa del Mundo en el Jockey Club. Aquello fue algo muy especial porque la gané con mis amigos y con mi gente.
El golf es humillante para el que no puede. Pero al que puede, la pelota le habla, le transmite. Tiene un corazón. Podés llegar a sentir el latido del corazón de la pelota. Es muy agradable.
Creo que en ninguna otra disciplina el deportista se insulta tanto a sí mismo como en el golf. Es como un fotógrafo que quiere sacar una fotografía y le sale mal. ¿A quién le echás la culpa? ¿A la cámara? En el golf le pegás a la pelota, caminás dos o tres minutos y en ese lapso tenés que ser positivo y pensar cómo le vas a pegar para que salga de la mejor manera. El secreto es hacer una administración de golpes en forma permanente.
Durante mi carrera siempre probé nuevas sensaciones con mi swing. Todos los días. El aprendizaje es constante. Hace poco estuve con un chico que le pegaba fantástico y me preguntó: “¿A qué profesor puedo ir? “Vos ya no necesitás profesor”, le contesté. Es como un chico cuando empieza a caminar. Primero lo llevás de la mano, pero después empieza a caminar solo. Es uno mismo quien tiene que administrar su juego; no hay otro que lo pueda hacer. Yo puedo enseñar cómo pegarle a la pelota, pero sos vos el que tiene que dejarla a un metro del hoyo.
Lo más importante para ganar un torneo grande es tu otro yo. Eso me sirvió para conquistar el Abierto Británico de 1967. Vos podés ser muy bueno, pero si contás con un otro yo traicionero, no lo vas a lograr. Es decir: si tu otro yo sabe que vos sabés, te va acompañando. Si no, te traicionás. Hay que convencerlo con hechos para que tu otro yo te avise: “Hey, esto lo podés hacer”. Yo tuve un otro yo que me respondió. No solamente en el deporte, sino también en lo que me rodeó durante mi vida. Porque para triunfar también es importante lo que te rodea. Si la familia te acompaña, te empuja y te felicita, vos lo sentís. En el deporte es todo muy psicológico y en la vida también.
Gané 231 torneos, pero para imponerme en más me faltó vivir en un país con más cultura de golf. La Argentina no es un mundo golfístico. En nuestro país es un deporte que todavía se juega en familia. Me faltó instalarme y vivir en los Estados Unidos con toda mi familia para obtener mayores éxitos. Debimos haber recorrido el mundo con un trailer... Cuando uno abandona la presa, viene otro y se la roba; yo la abandoné muy seguido por el hecho de haber regresado siempre al país. Cuando volvía tenía que buscar de nuevo la presa para agarrarla.
La única vez que decidí dar un golpe de timón fue de mayo de 1955 a principios de 1960, lapso en que fui contratado para trabajar como profesor en el Country Club de México. Fueron años maravillosos, pero sentí un miedo terrible durante un sismo que azotó el Distrito Federal. Regresé definitivamente al país en 1960, año en que compré la casa en donde todavía vivo, en Ranelagh.
El golf actual es muy distinto al de mi época. Progresó en todo: los palos y las pelotas de golf son espectaculares, las canchas están preparadas como nunca antes, con mejores greenes, mejor colocación de la pelota, con un pasto que cuando pegás te transmite sensaciones... Antes, vos pegabas y el palo saltaba, fundamentalmente por la calidad del suelo y de las varas, por la estructura de los palos.
Resulta más fácil aprender ahora por la calidad de los elementos. No es nada dificultoso ni necesitás a un profesor; te pueden enseñar tus amigos. Es cierto que por estos días el ser humano está más habituado a hacer deporte. Antes, llevar a un tipo a hacer deporte era dificílismo; ahora vienen como moscas. Algunos con intereses para la diversión y otros para hacer negocios.
En nuestro país, el golf evolucionó de una manera tremenda por el impulso de los countries, que son completamente distintos a los clubes de golf. En los clubes de golf te pasás todo el día, en cambio en los countries vas, jugás y se van a lavar el auto.
Las generaciones de jugadores argentinos que me sucedieron son muy buenas. Eduardo Romero y Vicente Fernández se han acercado a lo que yo hice en mi carrera. Angel Cabrera está en el camino de ser uno de los grandes jugadores del mundo; José Cóceres y Ricardo González, también. Veo a todos con posibilidades de seguir mis pasos. Hay que ver cuando llegue el momento si tienen el Ojo de Tigre y si muestran los atributos suficientes como para mantenerse arriba.
Nunca me sentí solo en mis viajes por el mundo. La soledad se siente cuando las cosas no te salen y casi siempre me fue bien. Muy rara vez quedé eliminado de un torneo y eso es importante, porque te mantiene en un estado positivo y te alienta para seguir adelante. Yo no llegaba al hotel a mirar el cielorraso y a pensar: “Qué mal lo hice”. Al contrario. Muchas veces no tuve buenas actuaciones, pero aún así siempre tenía buenos resultados.
En las décadas del 40, 50 y 60 era muy difícil comunicarme con mi familia... una llamada telefónica te llevaba ocho horas y con dificultades, porque no se oía muy bien. Mandar cartas tampoco era una solución. Incluso, muchas veces esas cartas llegaban tres meses después de mi regreso a casa. Antes, los viajes duraban meses y era duro. En el primero que hice me fui tres meses y, cuando regresé, mi hijo mayor tenía un año y medio y no me reconocía. Tardabas tres días en llegar a los Estados Unidos, una eternidad.
Si pudiera tener el éxito que tuve antes, me habría gustado jugar en esta época. Ahora la competencia es diferente. Antes había muchos distraídos, ahora no hay ninguno: están todos avivados. De todas maneras, es difícil comparar cosas. Antes el deporte es más amistoso. Ahora es más competitivo, y no solamente en el golf.
Nosotros jugábamos por chaucha y palito, por 50.000 dólares. Hace una semana se jugó por seis millones de dólares. Y por esa cifra, uno pelea en serio. Por 6000 dólares no se pelea tanto; si no los ganas hoy los ganás mañana, pero cuando las cifras son las que están en juego ahora nadie se quiere perder la oportunidad. Un premio así te soluciona la vida a vos y a toda la familia.
Haber conocido a Delia, allá por los años 40, fue una de las grandes conquistas de mi vida. Ella es la hija del que era encargado del vestuario del Club Ranelagh. Estoy casado desde hace 57 años y tengo dos hijos que ya son mayores; casi diría que también están ingresando en la vejez. El mayor es Roberto Ricardo (56); el menor, Eduardo Alfredo (54), que me dieron tres nietos, Andrés (32), Pablo (29) y Soledad (16).
Mi vida ha sido realmente exitosa y me considero un hombre muy afortunado. Hice muchísimos viajes y nunca tuve problemas, nunca sufrí robos, nunca tuve accidentes ni peleas. En el regreso a mi casa la familia estaba siempre unida. Mi señora acompañó muy bien mis ausencias. No era un tipo que llegaba a su casa y se encontraba con malas actitudes o inconvenientes. Cada vez que volvía, Delia estaba lista para hacerme sentir lo mejor posible, para darme buenas noticias. Siempre fue una gran administradora en todo sentido. Es una parte importante de mi vida privada y de mi vida deportiva, que muchas veces son una misma cosa.
Mis hijos no han sido muy deportistas. De vez en cuando juegan al fútbol, de vez en cuando al tenis, y a veces pegan algún pelotazo en el golf, pero sin mucha fuerza ni mucho entusiasmo. Tienen un buen swing, le pegan a la pelota con bastante facilidad, pero no abrazaron el deporte con el suficiente entusiasmo ni dedicación.
Por supuesto que me hubiera gustado que fueran deportistas como yo. Pero nunca los presioné. Yo pretendía que tomaran las decisiones por ellos mismos. Que fueran lo más libres posible. Les tiraba mis pensamientos para ver si se enganchaban, pero nunca tuve éxito en eso. Siempre les hablaba del golf, de las virtudes del juego, de las relaciones que les daba, pero nunca los terminó de enamorar.
A la fama nunca le di demasiada importancia. Lo que pasa es que en el golf no hay una fama popular, es más interna, con excepción de lo que sucede en Estados Unidos e Inglaterra. Aquí en la Argentina no te lo hacen notar tanto, salvo que seas futbolista o boxeador. Al golfista lo miran con cierta admiración, pero tienen temor a acercarse, así que yo nunca me sentí distinto a cualquier tipo de la calle. En el ambiente del golf sí te hacen sentir distinto, y eso lo advertí sobre todo después de ganar el Abierto Británico.
Salís del ambiente y te dicen “Maestro”, “Maestro”, pero muchos no saben por qué. En realidad, hoy le dicen maestro a cualquiera. No saben tu nombre y te dicen “maestro”. Por supuesto que siempre hay lindos gestos y gente agradable, dispuesta a hacerte pasar un momento lindo. Me pasa todos los días, pero es un segundo y es una conversación amistosa.
La mejor vuelta de mi vida fue cuando tiré un putt de unos seis metros para hacer 26 en nueve hoyos. Terminé con 61 golpes en una de las realizaciones del Abierto del Centro. E hice uno de los mejores tiros de mi vida en el Abierto Británico de 1966, en Muirfield, la primera vez que marqué dos golpes en el hoyo 17, que ahora es un hoyo espectacular y antes era un poco más corto. Le pegué con un hierro 2 de 240 yardas, lo que era un poquito arriesgado, y la emboqué.
Pero el hoyo que más me gustaba jugar en esa cancha era el 10, que es famoso porque cuando lo estás jugando tenés 20.000 personas que te miran, de las cuales 19.000 tienen miedo y cuando cae bien la pelota dicen “¡Ahhhh, qué bien lo hizo!” Es como tirar un penal; todos los hinchas están con más miedo que el que lo va a tirar. Si lo mete es una explosión, y si lo erra es “¡qué estúpido!”
En los momentos de presión, si las cosas te salen te vas agrandando. Hasta empezás a pegar más fuerte. No me pasa solamente a mí, también le ocurre al resto. En los instantes de presión buena, pegás fuerte y no ves a la gente; lo único que ves es que la presa se acerca. Ahora, cuando venís sin presión, sos la momia. Te anulás.
La presión positiva es necesaria. El tipo que no la tiene, no levanta. Si te ponés a jugar un putt que vale mucho, en dinero y en prestigio, sos valiente hasta el momento en que pegás. Después de que ejecutás el golpe, dejás de ser valiente y perdiste. Es un pestañeo.
Si me hubiera quejado tras ese error en la anotación de la tarjeta en el Masters de Augusta, en 1968, habría perdido prestigio, personalidad y la chance de ser invitado a otros torneos. Habría recibido un rechazo general, porque el golf es un deporte en el que el reglamento hay que respetarlo. El que no lo respeta tiene muchas dificultades.
Lo único que hice, entonces, fue respetar las reglas, no pensé en otra cosa. Tenía claro que si anotás un golpe de más, te quedás; si te anotás un golpe de menos, te vas del torneo, te echan.
Si yo hubiese protestado diciendo que me hicieron trampa o que Tommy Aaron me anotó mal a propósito, habría tenido un pleíto con Augusta con un resultado totalmente negativo.
Esa situación la repasé y me la hicieron revisar varias veces. Pero es una anécdota de mi vida que, a pesar de que me privó de tener el saco verde, me dio un prestigio que no tuvieron otros. Si Bon Goalby, el ganador, hubiese dicho en la entrega de premios “Quiero ir a jugar mañana el desempate con De Vicenzo”, los organizadores le habrían dicho “Fuera de acá”. Pero el mundo hubiese señalado: “¡Mirá qué gran gesto tuvo!” Con una sola palabra se habría comprado a todos.
Lo de Augusta fue un accidente en el que salí beneficiado. Fue, tal vez, la situación que más prestigio me dio en el golf.
Para ello, suelo contar una historia que me ocurrió en un hotel de los Estados Unidos, que estaba pegadito a una cancha. Resulta que en el lobby había un mozo que le comentaba a otra persona lo bien que había jugado al golf. Lo llamé y le pregunté si jugaba seguido. Me dijo que no, que era aficionado. Entonces, le consulté: “¿Podés leer este anillo en letra chica?” El anillo decía Houston Open Golfer Association, Roberto De Vicenzo. Me preguntó quién me lo había dado y le dije: “Lo gané en un torneo”. Me miró y me preguntó: “¿Usted ganó eso?” Respondí que sí. Le comenté que no sólo había ganado ese título, sino también otros en distintos lugares. “¿No me cree? Gané además el Abierto Británico”, le agregué. Me preguntó cómo me llamaba. “Roberto De Vicenzo”, le respondí. “En mi vida escuché ese apellido”, me contestó, y se fue.
Lo llamé por última vez y le dije: “Yo soy Roberto, el que firmó mal la tarjeta en el Masters”. “¡Uhhh no me diga que es usted!” Ahí sí me conoció. Eso comprueba que un error puede hacer que ciertas cosas trasciendan más que un triunfo. Es algo similar a lo que le sucedió al francés Van de Velde en 1999, cuando perdió en la laguna del hoyo 72 en Carnoustie. ¿Quién se acuerda de que Paul Lawrie ganó ese Abierto Británico? Si me preguntan qué me hubiese gustado ganar, respondo que el Masters de Augusta, por supuesto. Tengo el prestigio de haber participado, pero me falta el saco verde ni figuro como ganador.
El golf me dio muchos amigos. Jugué con grandes jugadores y personas, como Antonio Cerdá, que vivía en Ranelagh; Fidel De Luca, Cacho Ruiz, Martín Pose, Eduardo Blasi. Estuve también con mucha gente de una generación anterior a la mía, como José Jurado, que fue uno de los pioneros del golf en la Argentina.
Recuerdo con especial cariño a Martín Pose, que era un profesional del Jockey Club y tenía un swing muy lindo y una postura muy elegante. Mirándolo te contagiaba. Verdaderamente era un gusto jugar con él. Eduardo Blasi, por su parte, era muy fuerte, muy potente. Lo llamaban Gary Cooper, porque pegaba fortísimo.
En cuanto a los extranjeros, jugué mucho con los grandes de este deporte y a muchos tuve la suerte de ganarles: Sam Snead, uno de los más grandes que vi; Arnold Palmer, Jack Nicklaus, Gary Player, Lee Trevino, Billy Casper. Montones. Fue un orgullo competir y compartir momentos con ellos.
A Tiger Woods no lo conozco personalmente. Solamente lo saludé en la Copa del Mundo que se jugó en Buenos Aires en 2000; yo tenía tiempo para hablar con él, pero él no tenía tiempo para hablar conmigo. Fue apenas un saludo; habrá dicho: “¿Quién será este viejo de m..?” Cuando te da la mano parece que te mirara con lástima...
Creo que él es el mejor de la historia. No hay dudas. Hay que ver si dura lo que duraron Ben Hogan, Sam Snead, Arnold Palmer, Jack Nicklaus. Hay que ver si dura. Tiger tiene una computadora perfecta, pero el día que se le descomponga tendrá que encontrar el ingeniero perfecto. Puede empezar a no pegar derecho, a no lograr el par de la cancha. Que la gente, en vez de admirarlo, empiece a tenerle lástima. Seguro que eso le puede pasar. Hay que ver cuándo se va a dar. Le puede pasar lo que le pasó a otros grandes, como Severiano Ballesteros, como Greg Norman, como Nick Faldo. A veces, cuando la pelota bordea el hoyo, uno empieza a decir “qué mala suerte tengo”. Pero no es mala suerte, es que no la viste bien y no le pegaste bien. Cuando la pelota pica fuera del green y no adentro, significa que no tiraste bien, no es mala suerte. El golpe bueno es el que salta en dirección a la bandera.
Todo el mundo sabía que yo no sería el mejor deportista del siglo, sino Diego. Maradona es Maradona, viejo. El puede morirse y seguirá siendo Maradona. Fangio podrá ser Fangio hasta dentro de unos años, pero se terminará un día. Maradona seguirá como siempre.
No sé si fue justo aquel premio, porque se trata de deportes distintos. Maradona lo hizo todo acompañado; en cambio Vilas, Fangio Monzón y yo lo hicimos solos. Pero Maradona está en un deporte espectacular. Maradona puede decir cualquier cosa contra los políticos, contra el Papa, contra quien sea y bueno... no pasa nada. ¡Andá a decirle a Vilas que diga algo contra el Papa o contra los políticos... le pegan una patada! En aquella fiesta, que se hizo en Quilmes en diciembre de 1999, todos sabían que ganaría Maradona, aunque para mí fue un honor tremendo haber figurado entre los cinco mejores del siglo. Es un orgullo que me quedará marcado a mí, a mis hijos y a mis nietos.
Hay que ver lo que es Maradona jugando el golf: un señorito. No es que se viste mal, pero está muy gordo y se viste cómodo, ésa es la palabra. Pero es un hombre respetuoso de las reglas del juego y mantiene la concentración. Fue muy lindo haber jugado hace poco una exhibición junto a él en Villa Adelina.
Siempre tenés a alguien que es tu maestro, que te da una idea. Y vos a la noche te vas a dormir y quedás pensando en esa idea. A la mañana seguís pensando en esa idea y la terminás aplicando en la cancha durante seis o siete horas. Todos los profesionales que uno ve debajo de un árbol y parece que no están haciendo nada, en realidad están practicando. Tiran, la van a buscar, tiran, la van a buscar y se pasan muchas horas con eso, porque esa es la base del progreso. Y tal vez cuando llegan a la casa, sus esposas les dicen “¡Otra vez estuviste ahí jugando a ese deporte de porquería...!” Pero el profesional sabe que no es así. Que ese tiempo fue valioso.
Así como yo tuve a Juan Gardino como mi primer profesor, creo que yo puedo transmitir bien las cosas que sé del golf a quien quiera aprender. Lo que necesito, y esto es vital, es que alguien me interprete. Es como en el turf: si tenés un buen jockey, pero corrés con un burro, no ganás. El que vale es el discípulo. Si tiene condiciones es porque el profesor es bueno. Siempre. Pero si no tiene condiciones, por más buen profesor que tenga...
Nunca me imaginé cómo sería a los 80 años. Los años aparecen de golpe. Mientras uno está ocupado haciendo cosas, piensa que el tiempo está detenido, pero la vida continúa. Hay una frase que dice: “Apurate, que es más tarde de lo que creés”, y cuando empezás a pensar en eso ya estás ahí. Yo creí que mi vida deportiva se iba a terminar cuando cumpliera 50 años, pero empezó una gira de veteranos y seguí compitiendo; después llegaron los Súper Seniors y seguí jugando, y lo hice casi hasta los años 90. Empecé en 1938 y abandoné casi 50 años después. Ningún deporte te da esa oportunidad. En otras disciplinas empiezan muy jóvenes y terminan muy jóvenes. En cambio, el golf es un juego que te permite mantenerte mucho más tiempo. En eso ando yo...
