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La construcción de la estación Constitución, en 1885, generó, y aún genera, miles de historias en las que se confunden la ficción con la realidad. La geografía de los túneles, construidos por los ingleses a fines del siglo último para transportar mercadería hacia el Viejo Continente, tientan a la imaginación. Hace poco más de una década nació un estilo de vida subterráneo.
Tomando como propios unos viejos túneles debajo de la estación cabecera del ferrocarril Roca, chicos marginales, hombres y mujeres resignados a la pobreza se sumergieron en aquel mundo clandestino. Todos ellos conforman la fauna de un lugar misterioso y oscuro, que subsiste entre el concreto de sus paredes y la humedad de sus pisos cubiertos por charcos.
Los túneles de Constitución abarcan todo la superficie de la terminal y se extienden 300 metros más por debajo de las vías. Ya en la década del 70 la utilización del ferrocarril ya no fue provechosa y comenzó a caer en desgracia. Carreteras y aviones dejaron a los convoyes en un segundo plano. Ante el nuevo panorama, el movimiento dentro de la estación ya no resultó el mismo y, poco a poco, estos túneles fueron quedando en el olvido. Hasta que, en 1989, finalizó la actividad de aquel subsuelo.
Rápidamente llegó su clausura, y aún más veloz fue la conquista de las tierras de nadie por los marginales.
Los túneles se convirtieron en una ciudad subterránea, y vivir, una aventura diaria. La droga, la prostitución y la vagancia se instalaron en el lugar. Esta verdadera ciudadela, formada por grandes calles, oficinas y depósitos, también sirvió de escape a internos del hospital Borda, sito a sólo unas cuadras de allí.
Entre 1992 y 1994 el delito creció bajo la superficie y la policía decidió realizar una limpieza completa. La privatización del ramal General Roca, prevista para el 1º de enero de 1995, fue la gran excusa que motivó aquel gran desalojo. Poco después de la limpieza, en la que fueron tapiadas algunas de las puertas de acceso, el mundo subterráneo volvió a poblarse de extraños habitantes.
Así, como una forma de purificar el lugar, se creó el Boxing Ferrobaires, que alberga a más de 40 pugilistas, entre profesionales y amateurs.
Bajo la avenida Juan de Garay se extiende uno de los brazos más largos del túnel (de 600 metros), que tenía en el parque Lezama una de las tantas bocas de acceso, tapiada con el paso del tiempo. Según algunos trabajadores ferroviarios, las puertas de entrada a este submundo se encuentran dispersas por gran parte de la ciudad, pero pocos son los que saben sus verdaderas ubicaciones.
Por la longitud del lugar y la enorme cantidad de accesos que conducen allí (3 elevadores montacargas y 2 escaleras distribuidas entre los andenes 11 y 14), los túneles y sus ocupantes aún son un misterio difícil de develar, tanto para la policía como para la empresa propietaria del servicio del ferrocarril.
Todas las grandes ciudades tienen sus mitos y leyendas. Sólo que los túneles y sus moradores dejaron de formar parte del folclore ciudadano para incrementar la larga lista de las misteriosas historias de Buenos Aires.
