Entre la medalla dorada y rivales en peligro, eligió ayudar: el regatista Lawrence Lemieux y su espíritu olímpico en Seúl 1988

En medio de una tormenta de viento de 70 km/h y olas de hasta cuatro metros, el canadiense Lawrence Lemieux asistió a una pareja inexperta de navegantes de Singapur; se quedó sin victoria olímpica, pero con la medalla Pierre de Coubertin.
En medio de una tormenta de viento de 70 km/h y olas de hasta cuatro metros, el canadiense Lawrence Lemieux asistió a una pareja inexperta de navegantes de Singapur; se quedó sin victoria olímpica, pero con la medalla Pierre de Coubertin.
Olivia Díaz Ugalde
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24 de octubre de 2020  • 00:59

La mañana del 24 de septiembre de 1988 se presentó diferente en la ciudad balnearia de Busán, Corea del Sur. Las condiciones climáticas no eran iguales a las de las regatas anteriores y el viento soplaba a unos 70 kilómetros por hora, lo que provocaba un oleaje peligroso y oscilante. Luego de cuatro regatas de condiciones ideales, con un viento de 30 km/h, la quinta y última competencia tenía otras características, muy adversas. Y fue tan así que sucedió algo que hizo que los ganadores de la clase Finn fueran lo menos recordado de ese día: las miradas se dirigieron a una noble actitud de Lawrence Lemieux.

El regatista canadiense había llegado bien posicionado a esa última regata en los Juegos Olímpicos de Seúl, aquéllos del resonante dopaje del velocista -y compatriota de Lemieux- Ben Johnson. La obtención de la medalla plateada era casi un hecho para él, que marchaba detrás del español José Luis Doreste. Podía aspirar a más, pero el desenlace sorprendió a todos. El resultado final encontró a Lemieux en el puesto 22º, y Doreste, Peter Holmberg y John Cutler conformaron el podio. Sin embargo, esta prueba dejó un legado mucho más inspiracional: fue testigo del espíritu olímpico de Lemieux, que le valió el premio Pierre de Coubertin.

Mientras se estaba llevando a cabo la competencia final de la clase Finn en yachting, también tenía acción la clase 470 en el mar de Busán. Entre olas inmensas de cuatro metros, un viento agitador y poca visibilidad, Lemieux advirtió a lo lejos un barco que parecía estar en riesgo. Y no dudó: salió de la prueba y arrimó su embarcación para asistir a los involucrados.

Los navegantes eran Shaw Her Siew y Joseph Chan, de Singapur. Se encontraban lastimados (Chan tenía un gran tajo en una mano) y en peligro. Por las tormentas en plena competencia y por su falta de experiencia, los regatistas se vieron en serios problemas y no lograban controlar su barco, que terminó dando una vuelta de campana. Siew logró aferrarse y permaneció flotando a su lado; Chan fue arrastrado por la corriente unos 20 metros.

El acto altruista que hizo famoso a Lemieux

Al llegar al lugar, Lemieux auxilióprimero a Chan y luego se acercó a la embarcación para asistir a Siew. Cuando quedó reunido con ambos singapurenses, permaneció con ellos hasta que aparecieran los rescatistas de la organización. En ese momento, según recuerda el canadiense, temió que su propia nave se diera vuelta e incluso que los socorristas no los encontraran. Pero éstos sí dieron con los deportistas, y una vez que los asiáticos estuvieron a salvo, Lemieux resolvió regresar a su regata. Ya sin posibilidades de alcanzar una medalla, es cierto, pero con el corazón pleno de satisfacción por haber hecho lo que correspondía. "No gané la medalla dorada, pero, sin dudas, obtuve mayor atención", comentó.

Los regatistas de Singapur habían llegado a la cita olímpica luego de ganar la clasificación en los Juegos Asiáticos, pero su experiencia internacional era casi nula. Incluso, en una entrevista Siew recordó que sus medios económicos eran escasos y no le alcanzaban para comprar los elementos de seguridad en una regata previa a los Juegos de Seúl. Por eso, el día de la carrera utilizó como casco la gorra de plástico para la ducha del hotel. La intervención en Seúl 1988 era toda una aventura para ambos tripulantes, que, de no haber existido el accidente, jamás habrían tenido diálogo con el experimentado Lemieux ni, claro, forjado una amistad.

El canadiense había dedicado su vida al deporte. Él quería ser olímpico y debió sortear varios obstáculos para llegar a la cita de Corea del Sur. A Moscú 1980 no había podido asistir por el boicot al que se adhirió su país; luego, para Los Ángeles 1984 se clasificó, pero en la clase Star, y finalmente llegó a Seúl en grandes condiciones en su clase favorita, Finn. A los 32 años tuvo la oportunidad que tanto anheló. Su estado físico y sus convicciones lo perfilaban bien para la pelea por una medalla. Pero el destino le tenía preparado un desafío mayor.

"Pude ganar la medalla dorada, pero en las mismas circunstancias volvería a tomar esa decisión. La primera regla de la vela es «si ves a alguien en problemas, ayudalo». Eso es lo que hice. Si me acercaba y realmente no necesitaban de mi ayuda... c'est la vie [es la vida]", señaló en entrevistas posteriores a su hazaña.

Su actitud le valió un reconocimiento al espíritu olímpico y deportivo, un lauro que distinguió a apenas 19 personas en la historia de los Juegos Olímpicos. De manos del entonces presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samarach, Lemieux recibió la distinción. Una medalla como para toda la vida.

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