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La primera escuela futbolística fueron las calles de tierra. El polvo se levantaba en el santafecino pueblo de Firmat y se convertía en el borroso telón para esos duelos interbarriales que sólo acababan cuando la noche decía basta. Entonces, Walter Adrián volvía a su casa y aprendía los códigos que tiene la vida más allá de una pelota, esas reglas de oro que no habían querido enseñarle sus padres naturales.
Después de 18 años de responder al apellido Luján, Walter decidió llevar de por vida el nombre de sus padres adoptivos: Oscar y Gladys Samuel. La Justicia aprobó la modificación y, a ese chico que se debatía entre la adolescencia y la madurez, le otorgó el orgullo de llamarse Samuel. Un apellido que Walter se encargó de llevar tan alto que anoche fue el que más brillo sacó en medio del emotivo superclásico.
Hombre de contadísimas palabras como pocos, este Samuel que sólo tiene 21 años, pero que parece un veterano de mil batallas, nunca ha sido amigo de las declaraciones ni de las prolongadas exposiciones públicas. Incluso, la determinación de modificar su apellido siempre se disculpó de explicarla para quienes no fuesen los íntimos. "No me gusta contar la historia; ya está, ya pasó y me siento orgulloso de haberlo hecho", se ha limitado a develar Walter, que entre las singularidades que tiene su vida, encierra una más: nació el 23 de enero de 1978, pero fue inscripto en el Registro Nacional de las Personas exactamente dos meses después.
Jamás fue amigo de las controversias. Ni de los planteos caprichosos. Ni aun con razón, como cuando llegó de Newell´s a mediados del 97 y los hinchas de Boca, por entonces, le exigían a Héctor Veira la titularidad en lugar de Fabbri. Pero Samuel nunca protestó. Cómo iba a hacerlo si incluso en el club rosarino era el pilar defensivo leproso y ni siquiera tenía contrato. ¡¿Cómo?! Parece mentira en este fútbol ultraventajista, pero él aparecía en las planillas como un jugador amateur y su arreglo era sólo por los premios.
Boca no le cambió la vida. Sí la notoriedad y la fama a las que sigue dándoles la espalda. Anoche fue uno de los más buscados tras el clásico y, sin embargo, no aprovechó su día de gloria; dejó los vestuarios tan rápido como siempre, desestimó los elogios que al paso le recordaban que había sido el mejor en el partido más importante de la Argentina y se marchó hacia el departamento que el club le alquila en Caballito.
Casi tres años en primera -debutó el 16 de junio del 1996, en un 1 a 1 con Banfield-, 82 partidos en la máxima categoría, sólo un gol -a Belgrano, en el Apertura 98-, campeón Mundial juvenil en Malasia 97 y este año el sueño cumplido de llegar, de la mano de Marcelo Bielsa, a la selección mayor. Y el techo aún está lejos. Mucho más allá de su 1,84 metro. No hace tanto que defendía los colores de Argentino de Firmat, y menos aún que vivía en el pensionado de Newell´s. Pero el suyo no es un ascenso meteórico. Se trata de una paulatina consolidación.
Samuel es sinónimo de categoría y de seguridad. Pero para Walter, Samuel es mucho más que un apellido. Es el agradecimiento para Gladys y para Oscar. Y está muy orgulloso.


