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Quiso ser boxeador, aunque se convirtió en un "futbolista de la calle", como alguna vez lo definió Davis Moyes, su entrenador en Everton. Buscó ser adorado, aunque lo consiguió con un alto precio, involucrado en millonarias deudas de juego y cómplices compañías femeninas. Pretendió convertirse en una figura consagrada y va por su recompensa, entre goles geniales, potencia fulminante y una imagen recia a prueba de adversarios, dentro y fuera del césped.
Wayne Rooney, a los 20 años, es la auténtica joya del seleccionado inglés, un delantero peligroso y eficaz, un joven guerrero, tan inquieto por conquistar redes ajenas como desprejuiciado para moverse en la gran ciudad.
"Es más galáctico que Tevez", graficó, alguna vez, Jorge Valdano. "Su impacto en el Mundial puede ser comparado al de Pelé de Suecia", exageró, alguna vez, Sven Goran-Eriksson, el DT que irá a Alemania con la imagen de Rooney como su mejor presentación. Se lo compara con Paul Gascoigne, con George Best y hasta con David Beckham, aunque su estampa se asemeja más a aquellos, que al volante fashion y talentoso de Real Madrid.
Es un irreverente, Rooney. Capaz de deber un millón de euros en la casa de apuestas Goldschip durante cinco meses, como de luchar cuerpo a cuerpo con un simpatizante, de nombre Patrick Hanrahan, en un bar en las afueras de Manchester; como de polemizar en público con Michael Owen, su posible compañero de ataque, el mismo delantero que fue su ídolo en su infancia de Croxteth, un barrio humilde de Liverpool.
"Siempre quise ser como él", advirtió, más de una vez. "Su gol contra la Argentina fue brillante", recordó, por un tanto en el clásico jugado con el corazón en el Mundial de Francia, con victoria albiceleste en la inolvidable definición desde los doce pasos. El Chico Maravilla -tal apodo logrado en la última Eurocopa-, nació en un hogar humilde, a cinco kilómetros del estadio de Everton, su club favorito, por el que alguna vez tapizó toda su habitación de azul puro.
Se crió en una familia agobiada por las penurias, hijo de un padre desempleado, ex instructor de boxeo, hijo de una madre que fue camarera y empleada en una escuela; hermano mayor de Graham, que prefiere los guantes y de John, que prefiere el balón.
En su niñez, confundido con las matemáticas en el De la Salle School, anhelaba salir a la calle, para disfrazar su mano derecha con un guante, para imaginar una nueva gambeta con un desgastado botín. Sus remates contra el destartalado paredón, enfrente de su casa, resultaron una ocasión más llevadera que los moretones recibidos en su maltrecha nariz. El fútbol ganó por goleada.
Es el futbolista más joven en debutar en la Premier League: 16 años y 361 días; es el jugador más joven en vestirse de selección: 17 años y 111 días. Con Evertón cumplió más de un sueño, luego de convertir decenas de goles en Copplehouse, un equipo barrial.
Goles, entusiasmo, potencia y unas cuantas tarjetas rojas y amarillas le dieron un salto de fama. Se convirtió en ídolo fugaz en Everton, se erigió en famoso precoz en la ciudad, envuelto en riñas callejeras y peligrosas compañías femeninas. La prensa amarilla británica se siente a gusto con este auténtico personaje, de novio con la modelo y actriz Colleen McLoughlin, en una compleja comparación entre Beckham, el chico bien y Rooney, el chico malo de la película.
Empresas de gaseosas, de ropa deportiva y de automóviles luchan por su imagen, mientras sus desventuras en los suburbios se acentúan y sus goles son un sello distintivo de Manchester United, el club que lo arrebató a Everton por unos 40 millones de euros.
El atacante cosecha dólares y premios. Días atrás, la revista France Football advirtió que Rooney es el cuarto jugador más caro de la temporada, con 16 millones de euros, detrás de Ronaldinho, Beckham y Ronaldo. Días atrás, también, ganó por segundo año consecutivo el premio al mejor jugador joven de la Premier League, galardón respaldado por sus colegas.
El Chico Maravilla está de moda. Pelea, sin guantes, por convertirse en la figura del Mundial. Tiene goles y fuerza para poner a cualquiera contra las cuerdas.


